Sus ojos azules recorrieron las líneas de su reflejo, deteniéndose no con vanidad, sino con una curiosidad distante. Su cuello, esbelto y vulnerable. Sus clavículas, crestas afiladas bajo la piel pálida, casi de porcelana. La curva de sus pechos, los pezones rosa pálido que Evan solo tocaba funcionalmente, casi clínicamente, durante sus esporádicos encuentros. Recordaba cómo se veía: concentrado, eficiente, su mirada nunca la veía realmente, nunca despertaba el calor que ella ansiaba. Tocaba sus zonas erógenas como si estuviera marcando puntos en una lista. Las yemas de sus dedos rozaron suavemente su abdomen, justo debajo del ombligo, y luego descendieron hasta el suave triángulo de rizos rubios cuidadosamente recortados. El triángulo apuntaba hacia sus rosados pliegues labiales, anidado

