Adrianne
Está aquí, frente a mi puerta, mirándome con cara de deseo, mientras yo casi muero de un infarto. Lo observo y recuerdo lo que sucedió hace un rato en la discoteca, y en cómo lo vi marcharse, como si llevara encima al mismísimo demonio.
¿A qué vino?
¿Vendría por ese motivo?
Mil ideas pasan por mi mente e inmediatamente trato de cerrar la puerta, pero me lo impide. Interpone uno de sus pies entre ella y el marco. La empuja con una de sus manos. En cuestión de nada da un paso dentro y cierra. Lo hace sin darme la espalda.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué buscas en mi habitación? —interrogo al tiempo que doy un paso atrás, y lo observo.
Su cuerpo, su rostro perfecto y esa barba de tres días, hacen que pasen mil ideas locas por mi cabeza. Es difícil, pero trato de controlarme.
Mientras lo observo, sujeto con una mano la toalla que cubre mi cuerpo, con miedo de que vaya a caer y me muestre ante él como Dios me trajo al mundo.
«¡Vamos, que ganas no te faltan!».
Me censura la metiche de mi conciencia.
—Estoy aquí por ti. ¡Vine para dejarte claro que eres mía y de nadie más! —exclama con determinación, viniendo sobre mí.
Doy pasos de espalda, pero él no se detiene. Sigue avanzando y tropiezo con la cama, cayendo sobre ella. «¡Virgen Santísima! Todo parece confabular en contra mía y a favor de este demonio».
Es lo que pienso cuando se viene sobre mí, pegando su cuerpo al mío. Pasa uno de sus pulgares por mis labios, dibujándolo, con la mirada clavada en la mía.
Trago grueso cuando puedo sentir el bulto que tiene entre las piernas, provocando el calor al que tanto le temo. El mismo que comienza a invadir mi cuerpo y, se intensifica, cuando lleva sus labios a mi oído.
—¡Eres mía, Adrianne! Lo eres desde el primer momento en que te vi. Desde ese instante me perteneces.
Susurra allí, como si estuviera dibujando las palabras con un pincel, y siento que ya no puedo más. Cierro los ojos, tratando de resistir tanta tentación. Mi corazón brinca con tanta fuerza que podría lanzarlo al otro lado de la habitación.
«¡Por Dios, mujer, qué exageración!».
Bueno, casi. Si exagero es por los nervios.
—Por más que te resistas y lo niegues, todo en ti me pertenece. Eso no se discute, linda —gruñe y siento que muero.
Acaricia las palabras como si las dibujara con un pincel. Su boca se escurre, traviesa, hasta el lóbulo de mi oreja, acariciándolo con su lengua. Provocando un punto en mí en el que ya no puedo resistir.
Mi cuerpo se contrae y trago grueso. Cierro los ojos con más fuerza. Casi rezo para mis adentros, pero mi cuerpo se rehúsa a reaccionar. Por lo menos no de la forma que espero.
Esta vez estoy cediendo al deseo. Las ganas se apoderan de todo mi ser, hasta lograr hacer que sucumba mi cuerpo. No olvides Definitivamente esto es demasiado para mí. Jamás me pasó nada igual.
—Abre los ojos y mírame —habla en susurro.
Está jugando todas sus cartas y cree que no me doy cuenta, pero sí, lo hago, aunque me deje llevar. No ofrezco resistencia y mi mirada choca con la suya, arrasando con todo dentro de mí.
—Dime que no lo deseas tanto como yo. Que no sientes la misma atracción y que no eres mía. Una de las tres y te dejo libre.
Intento abrir la boca para decirle que tengo pareja, que no estoy sola, pero no me deja hablar.
¡Maldito!
Me nombró tres opciones y ni siquiera me dio la oportunidad de elegir.
«¡Vamos, mujer! ¿A qué esperas? Deja de pensar ya en el desgraciado de tu novio».
Devora mi boca en un beso que no puedo describir, mientras se aferra a mi cintura. Me olvido de todo y correspondo a su beso. No puedo resistir tanta delicia junta en un solo cuerpo. Nuestras lenguas se enredan en una danza que parece eterna, al tiempo que sus manos recorren cada parte de mi cuerpo.
Ya es imposible detener este torbellino de pasión que se cierne sobre mí.
No sé como, pero la toalla que cubría mi cuerpo ya no lo hace. Permanece debajo de mí, siendo testigo de tanta lujuria.
En eso estamos, cuando desliza poco a poco su cuerpo, repartiendo besos húmedos por el mío, hasta llegar a mi entrepiernas. Allí se aferra de mi coño como lo hace un niño a su caramelo. Chupa y mordisquea devorándolo. Y en este punto ya no soy dueña de mi cuerpo ni de mis pensamientos.
—¡Por Dios, linda! Como deseaba esto —exclama en un susurro y mii cuerpo reacciona a las palabras, aumentando la excitación.
Aprisiono entre mis manos las sábanas. Disfrutando del inmenso placer que siento. Mi espalda se hace un arco en el momento en el que siento cómo introduce uno de sus dedos en mi coño. En esa entrada que chorrea de placer y deseos por él.
Mis gemidos y sus gruñidos inundan la habitación. Lo que hace, lo hace maravillosamente y el placer es desbordante. Intercala entre chupar, mordisquear y soplar en mi clítoris. Esa combinación me hace experimentar una sensación que jamás sentí al estar con alguien.
Lo siento cambiar la posición del dedo e introduce dos. Los aprieta contra la pared superior de mi coño, imitando el movimiento que hacemos cuando llamamos a alguien. Sabe muy bien lo que hace. Está logrando llevarme a un punto de no retorno en el que siento una sensación extraña, pero jodidamente deliciosa.
Una contracción fortísima invade mi cuerpo y no me resisto más. Me dejo ir gritando su nombre cual perra en celo, desbordándome por completo. Sintiendo cómo mis fluidos escurren y empapan las sábanas, mientras tiene su boca allí, tomando todo lo que puede, de mí.
El morbo de saberlo entre mis piernas, mientras sucede, está acabando conmigo. Cuando no lo siento abro los ojos y lo veo frente a mí, despojándose de la ropa.
Lo observo. Inspecciono su cuerpo bien formado y cincelado, como si hubiera sido esculpido por algún Dios, y me siento extasiada. Abruma ver demasiada perfección.
Sus ojos hacen lo mismo conmigo. Me recorren toda. Visiblemente, disfruta el tenerme así, abierta de piernas para él. Su rostro lo dice a gritos. Mientras tanto, solo ansío que termine de quitarse la ropa y pueda verlo como Dios lo trajo al mundo.
«¡Madre mía!».
Casi exclamo en voz alta, al verlo así. Quedo anonadada. Observo su polla gruesa e imponente y trago grueso, imaginando que me va a partir en dos cuando la tenga dentro.
—¿Te gusta, linda? —pregunta con una media sonrisa dibujada en el rostro. No respondo. Solo trago grueso—. Es toda tuya.
Afirma, al tiempo que juega con ella, y la veo crecer más y más en su mano. Lo hace a tal punto que comienzo a sentir miedo. Luce demasiado imponente. Me causa impresión y aunque trato de mantenerme apacible, lo nota.
—Tranquila, nena. Esto que ves está hecho para ti. No le temas a quien a partir de hoy se convertirá en tu mejor amigo.
¡Presumido!
No he terminado de pensar cuando se viene sobre mí. Devora mi boca, nuevamente. Nos devoramos por completo. Mi sabor está presente en la suya, pero aun así, la como. No importa nada más. Solo este deseo que ya no controlo y que está a punto de llevarme a la locura.
Lo siento posicionar su falo grueso en la entrada de mi coño y me penetra lentamente. Me arranca los gemidos como si realmente fuera una perra en celo. Y todo empeora más cuando su aliento golpea mi piel, y gruñe en mi oído:
—Gózalo, nena. Es tuya, ¡siéntela!
Su mandato hace que me estremezca toda. Sentirlo deslizarse como una serpiente dentro de mí se siente divino. Ya está dentro por completo. Se mueve despacio. Como esperando que me acostumbre a su tamaño.
Cuando la humedad vuelve a crecer y sentimos que ya estoy lista, entonces aumenta las embestidas. Da estocadas certeras y precisas como si quisiera romperme en dos, pero lo resisto.
Mi coño escurre de una manera que casi no puedo creer. Por momentos tengo la sensación de que no lo voy a resistir. Eithan no se detiene. Sigue ese ritmo intenso y profundo, al tiempo que busca mi oído, para maldecir y gruñir cochinadas que me prenden más.
Me atraviesa con esa estaca como si buscara llegar a mi alma, y le cedo el paso. Le dejo vía libre para que lo haga. No quiero ni puedo resistirme.
¡Este hombre si sabe como hacerlo bien!
Me tiene desquiciada. Sentir esos movimientos provoca que reaccione de manera incontrolable. Muerdo sus hombros y el pecho. Araño su espalda ancha y dura. Me dejo llevar por el torrente de placer que me devora. Y cuando siento que me voy a correr, sin que lo espere, sale de mí y me da la vuelta.
¡Mierda!
Ha provocado que retroceda mi orgasmo.
Quedo de frente al colchón. Sus manos buscan mi trasero, me acomoda y me la mete de golpe.
Esta vez no puedo evitar gritar.
—Así, linda. Grita para mí. Grita mi nombre —gruñe el mandato y sigo gimiendo, pero sin hacer lo que quiere.
Alcanza mi cabello haciéndolo puño. Lo tensa sin llegar a doler, aprisionándome aún más contra él. En ese instante, deja caer su otra mano sobre un lado de mi trasero, haciendo que escueza donde dio la nalgada.
—¡Te di una orden!
Sentir su voz ronca y autoritaria, ordenándome, me deja más loca de lo que ya estaba. No sé por qué, pero cedo a su capricho. Cedo y me dejo llevar, gritando su nombre, y cuantas cosas llegan a mi mente.
Simplemente estoy descontrolada.
«Hace mucho que debiste hacerlo, ¡mojigata!».
—¿De quién eres, Adrianne? ¡Responde!
—¡Tuya! —exclamo entre el placer y la locura.
—No te escuché. Quiero que quede grabado en mi mente. ¿De quién eres? —Pide que repita y lo hago sin pensarlo dos veces:
—¡Tuya! Soy tuya.
Grito como posesa. Mi juicio está nublado por el deseo y solo después que lo hago, reparo en lo que he hecho.
¡Dios! ¿Cómo pude decir tal cosa?
Este demonio me acaba de arrastrar a su infierno.
En medio de mis pensamientos siento que me clava con más fuerza, mientras se aferra a mi cintura con ambas manos. Las contracciones comienzan a invadir mi cuerpo y me corro intensamente. Disfruto de un orgasmo maravilloso que me traslada a otro universo.
Cuatro, cinco, diez estocadas más y saca su polla, para dejarme sentir los chorros de semen tibio sobre mi trasero.
Cuando terminamos se deja caer con cuidado, sobre mí, empapándonos en ella, y apoyando sus codos a cada lado del colchón.
Se hace a un lado, posicionándose de lado. Nos quedamos así por un rato. Mirándonos a los ojos, sin decir nada.
Detallo su rostro perfecto y bien cuidado. Escudriño esos labios que hace un momento estaban haciendo estragos en mi cuerpo.
—Sabes lo que significa esto, ¿verdad?
¿A qué viene esa pregunta? No entiendo.
—No, no sé a qué te refieres, Eithan.
Me escucha y sonríe. Muestra sus dientes perfectos y casi me derrito.
«Y eso que no querías. Di tú si llegas a querer».
—Bueno, ya que no sabes te lo diré —su mano busca mi mentón y me hace mirarlo—. A partir de este momento eres oficialmente mía. Ya lo eras desde que te vi, mi linda, pero ahora está consumado.
¿Qué?
Mi mente me impide asimilar lo que ha dicho. Necesito responderle con urgencia, pero suelta mi mentón y coloca su índice sobre mis labios, impidiéndome hacerlo.
—Shhh —sisea—, ya sabes lo que tienes que hacer. Mi deseo es que estemos juntos a partir de este momento y no voy a aceptar un no por respuesta.
Pienso en todo lo vivido hace un momento y en todas las cosas que él me provoca, pero también pienso en lo mujeriego que es. Ya pasé por tantas cosas que no puedo permitirme caer en el mismo error.
—Eithan, por favor, vas muy de prisa. Dame tiempo para pensar las cosas. Ahora mismo mi cabeza es un torbellino. No logro pensar con claridad.
—Está bien. Te daré tiempo para que te organices. Tienes tres días para decirle a Alexandre que no quieres nada más con él.
—¿Me estás dando un ultimátum? —no puedo creer que se esté comportando de esta manera—. Porque si es así, quiero que te quede bien claro que esas cosas conmigo no funcionan.
Nos observamos. Sus ojos detallan los míos por un instante y sale de la cama, incorporándose. Se pone de pie y se planta frente al espejo, mirándome a través de él.
Sus ojos aún siguen conectados a los míos.
—Grábate esto, porque lo repetiré solo una vez —endurece la voz—. Tienes un día o yo mismo le diré que dejaste de ser su mujer, si es que algún día lo fuiste, y que ahora eres mía.
Su posesividad me deja con la boca abierta. No puedo creer lo que estoy escuchando. ¿Cómo se atreve a usar su arrogancia conmigo? No soy una mercancía y, por tanto, no le pertenezco a nadie.
—¡Escúchame tú! No tienes derecho a...
Me corta de inmediato. Gira sobre sus pasos y su penetrante mirada desvanece mis palabras. Sus ojos claros de mirada oscura me dejan sin aliento.
¿Qué diablos me está pasando?
—¡Tengo todo el derecho! —espeta—. El que me diste cuando estuvimos en esa cama, dándome tus gritos y gemidos. Me diste ese derecho cuando gritaste una y otra vez que eres mía. Como una maldita posesa me clavaste las uñas en la espalda. Mordiste mi pecho. ¡Dejé que me marcaras! —vuelve a espetar—. Te permití hacer lo que jamás permití a ninguna. ¿Y ahora me sales con que no tengo derecho? ¡Pues no! —Esta vez gruñe—. Le dirás. Y tienes solo ese tiempo o de lo contrario, lo haré yo.
¡Madre bendita! Tiene razón. Grité que era suya al calor de la lujuria y rasguñé todo lo que alcancé rasguñar. Estaba tan ida de este mundo que ni siquiera lo recordaba.
«¿Y cómo lo vas a recordar si parecías otra persona? Tenías al demonio de la lujuria metido dentro».
—Es muy poco tiempo. Me diste tres días y, ¿ahora me dices que solo uno? —cedo, es inútil ir en contra de esta corriente cuando ya estoy sumergida hasta el cuello.
En mi situación no sería lo más prudente.
—¡Y solo uno tendrás! No necesitas más para decir una palabra. TER-MI-NA-MOS —gruñe y me quedo en silencio. No conseguiré nada queriendo llevar la contraria. Y no puedo permitir bajo ningún concepto que cumpla con su amenaza.
¡Dios mío! ¿Qué hago?
¿Cómo soluciono esto sin que ninguno de los dos salga lastimado?
Lo observo colocarse la ropa y los zapatos. Hurga en uno de sus bolsillos como si buscara algo, imagino que las llaves, y cuando termina, se sienta en el borde de la cama.
—Nena —lleva una mano hasta mi mejilla y la acaricia. Me quedo quieta. Siento rabia pero me contengo. Al fin y al cabo él tiene razón—. Quiero pasar la noche contigo, pero voy a dejarte sola para que pienses en lo que hablamos y en todo lo que ha pasado.
Hace una pausa. Yo solo suspiro.
—Corta con ese tipo de una vez. Es obvio que después de esto no puedes seguir con él. No creo que seas de ese tipo y esta situación me saca de control. Pero juro que no quiero presionarte demás, Adrianne. Tienes los tres días que había dado. Pero no quiero imaginar que te toque una vez más o vas a ser la causante de una desgracia. No permitas que se acerque a ti. ¡No lo permitas!
Demanda y termina dándome un beso exigente. Enreda su lengua a la mía y, cuando está satisfecho, se pone de pie y sale de la habitación, dejándome sola con mis pensamientos.
No sé si podré dormir esta noche. Tengo tantas cosas en las que pensar. Lo mío con Eithan y, por otra parte, Alexandre.
¿Cómo hago para terminar con él si aparentemente no me ha dado ningún motivo?
Lo cierto es que ya no puedo seguir con esa relación. No después de lo que ha pasado esta noche. Me entregué a otro hombre y lo peor no fue eso. Lo peor es que lo disfruté como nunca antes disfruté del sexo.
Sé que Alexandre muy probablemente folle con otras mujeres, pero es algo que nunca he podido comprobar. Tampoco puedo decirle que me he acostado con otro hombre. Y menos que ese hombre es nada más y nada menos que Eithan Scott. Su conocido.
¡Dios mío! ¿Qué hago?
«Solo dile que se acabó y punto. No estás obligada a permanecer junto a nadie si no es tu deseo».
No es tan fácil, pero ya buscaré una solución a mi problema. Ahora a descansar. Mañana será otro día.