33. Salí del tren sin dudarlo. Afuera la lluvia creaba un manto mucho más denso que impedía ver lo que pasaba unos metros más allá, y yo me estaba empapando de pies a cabeza. No era la única que había preferido bajar, un jovencito de unos quince años y el futbolista, estaban cerca de mí. Un fuerte grito proveniente del tren me estremeció al grado de hacer que mis pies no quisieran detenerse, mis ojos no querían ver hacia atrás, y me concentraban en ver mis propias pisadas sobre el suelo completamente empapado y que salpicaba a mí misma. Los otros dos de más atrás, hablaban, parecía que venían juntos. Llegamos por fortuna, a un servicio de gasolina, y la chica que atendía se cubría con un ponchillo de plástico de color fuerte para llamar la atención. La chica, que por su cara, deseaba es

