31. —Váyase doctora, no es bueno que se quede en un lugar como este. —¿Por qué me dices eso? —indagué mientras me ponía el uniforme y me hacía un moño en la nuca. Tomé mi celular, pero luego dudé. Podría ser rastreada, así que decidí renunciar a llevármelo. En ese momento, aunque no esperaba que yo lo sepa, Enzo Lorenzo cambió un poco su expresión y me dijo: —Abajo de la casa… —dijo—, es dónde tiene el último cargamento de mujeres… —me reveló, y noté en él, una cierta incertidumbre que asocié luego a la vergüenza por ser parte de todo aquello. Esa noticia no me lo esperaba venir, pero no era momento de otra cosa que no fuera salir de ahí. —Yo sé que no puedo salirme de esto, ya sabe como funciona doctora, estas cosas, si trato de huir, todos irán por mí, me matarán como a un perro,

