Paolo había entrado en un mundo peligroso siempre había sido el tipo de hombre que prefiere la paz a la guerra, la conciliación al conflicto. Pero desde que su espoda Eva había enfermado ella se había negado a ser su mujer muchas veces. Él se acercaba a su esposa con una caricia y obtenía de respuesta: ¡Paolo estoy enferma, me duele mucho el cuerpo! Paolo le daba su espacio para que Eva se sintiera mejor y después de días de espera, veía a su esposa jugar con su nieta arrodillarse y no quejarse de ningun dolor hasta que ella se iba. Esa era la rutina diaria. Así qué contrato a una enfermera para su esposa, una que estuviera dispuesta a ayudar a su esposa con la casa. Alguien que no se quejara y que tuviera paciencia con su Eva. Y llegó a su puerta una mujer bonita y vuida que dese

