19. EN MEDIO DE TANTO RUIDO

682 Palabras
[FRANCESCO] Austin, 12 de octubre – 08:24 AM El calor en Texas es un animal distinto. No muerde de inmediato. Se arrastra. Se instala en la piel como una promesa de asfixia. Apenas bajamos del avión, el contraste con Londres es brutal. El aire vibra con olor a combustible y humedad. Las gafas de sol no bastan para esconder las ojeras ni las verdades. Sofía camina unos pasos delante de mí. Pelo recogido, ropa técnica del equipo, auriculares colgados al cuello. Profesional. Inaccesible. Pero yo sé —porque estuve ahí— que no durmió más de dos horas anoche. Un transfer oficial de la escudería nos espera. El logo bordado en los asientos. Botellas de agua perfectamente alineadas. Tres asistentes, un encargado de relaciones públicas, y el director de rendimiento. Nadie habla de sentimientos en este mundo. Se habla de tiempos, de carga aerodinámica, de eficiencia de combustible. Y sin embargo, todo esto… todo lo que se calla, pesa más que un monoplaza lleno de sensores. Soyer no vino en el transfer. Llega en un par de horas con los inversores. Eso, al menos, nos da un respiro. Ya en el hotel, cuando el ascensor se cierra y quedamos por fin solos, Sofía exhala como si llevara días conteniendo el aire. —¿Te diste cuenta de lo mucho que sonríen cuando estamos cerca? —pregunta, mirando al frente. —Como si fuéramos un milagro publicitario. Ella gira apenas el rostro hacia mí. No hay risa, pero hay algo parecido a resignación compartida. —Quiero que esta semana pase rápido. —Yo quiero sobrevivirla. El ascensor se detiene. Cada uno tiene su habitación. Nos bajamos. Nos separamos sin contacto. Sin palabras. Pero, al fondo, antes de entrar a su cuarto, ella se detiene. —Francesco. —¿Sí? —Esta noche, después del meeting técnico… terraza, si puedes. Sin auriculares. Sin protocolo. —Voy. Claro que voy. Asiente. Entra. Cierra la puerta. Y me quedo ahí, por unos segundos más, como si su ausencia todavía dijera algo. [SOFÍA] Austin – 09:12 PM Las reuniones fueron una coreografía mecánica. Datos, comparativas, configuraciones para el setup del viernes. Las mismas palabras, repetidas con distintos tonos. Pero yo estaba en otro lado. La terraza del hotel es más pequeña que la de Londres. Sin bancos de piedra. Solo una baranda de metal y algunas luces bajas. Pero tiene cielo. Y silencio. Y a eso vine. A encontrar un poco de espacio donde no me pidan que justifique lo que siento. Francesco llega sin anunciarse. Lo hace en silencio, como si siempre supiera cuándo no tengo ganas de hablar. Se apoya junto a mí. No nos miramos todavía. Miramos hacia el sur, donde las luces de la ciudad se mezclan con la negrura del campo. —No sabía si ibas a venir. —No sabía si tu me ibas a esperar. Ambos teníamos dudas. Y eso también es un lenguaje. —Estuve pensando —digo, sin adornos—. ¿Qué hacemos si mañana alguien empieza a sospechar? —Dime qué querés que pase, y lo hago. Lo miro. No como en las reuniones, no como cuando nos vigilan. Lo miro de verdad. —Quiero que lo que hay entre nosotros no sea algo a esconder… pero tampoco quiero que lo usen. Ni para vender, ni para manipular, ni para rompernos. Él asiente. —Entonces guardémoslo, no como secreto, sino como refugio. Que sea nuestro, pero no para ellos. Me duele lo lógico que suena. —¿Y si nos exponen más de lo qué queremos? —Entonces nos enfrentamos juntos. Pero no antes. No si podemos evitarlo. Silencio. Después, me acerco. Apoyo la cabeza en su hombro. —Mañana empieza el Gran Premio. Todo se acelera. Todo se vuelve ruido. —Entonces escuchemos esto. —¿Qué? —Este momento. El silencio. Lo único sin guión. Y cierro los ojos. Porque, aunque el viento de Texas es seco y la ciudad late más allá del hotel, en este instante exacto, todo lo que necesito está acá. Un susurro. Una presencia. Una verdad entre tantas mentiras.
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