Lorraine.
La mesa se quedó en silencio, esperando la respuesta de Noel.
Mi madre me pellizco la pierna cuando no dejaba de subir y bajar.
Respire hondo.
La madre de Noel, Adele, soltó una carcajada insegura.
—Por favor, Roman, eso no es posible, míralos— Roman sonrió de lado, y siguió mirando a Noel.
—Si, pero fue un error, jamás cambiaría a mi Lari, por nadie—
Lari.
Lori.
Que puto cabrón.
Despacio, me levanto, tranquila, respirando lento.
—Lo siento, necesito ir al tocador— asintiendo, sali del comedor.
Con paso rápido, salí al porche, dónde había un par de sillas y un columpio.
El aire fresco golpeó de inmediato mi rostro, sacudiendo mi cabello.
Respirando, una y otra vez, no podía seguir soportando esto. No lograba que el nudo en mi pecho se deshiciera, no podía hacer que mis pulmones tomarán aire suficiente.
Apoyando mis manos en la barandilla del porche, deje que mis lágrimas se derramarán.
Una, tras otra.
Mis mejillas empapadas, mis labios apretados, tratando de que mis sollozos no escaparan. Mis hombros se sacudían ante el llanto.
—Mierda, mierda...— me reprendía.
Soy tonta, demasiado crédula.
Tragando grueso, queriendo que está noche termine miro al cielo.
Limpio, hasta para su noche de compromiso el cielo estaba perfectamente limpio.
—Supongo que tú eres la chica— asustada, me volteo ante la voz de Roman.
Sus manos metidas en sus bolsillos, su chaqueta había desaparecido, y sus mangas dobladas, dejando sus antebrazos llenos de tatuajes a la vista.
Supongo que no puedo evitarlo, es el jefe de papá.
—Si...— susurro, sin poder mirarlo a los ojos.
Me apoyo en la barandilla mientras el se acerca a mi lado, apoyando sus antebrazos en la barandilla.
—¿No lo sabías?— niego, mordiendo mi labio.
—Hasta ayer por la noche— imitando su postura mire al frente.
—Mhm— limpie mis mejillas, mi cara ya debe de ser un cuadro.
—Lamento que tú relación de tres meses no saliera bien— solté una risa sarcástica.
—Cuatro—
—Cuatro— reafirmó, levantándose en toda su altura.
—Cuatro años— el me miró con los ojos muy abiertos, luego, su mandíbula se apretó y desvío la mirada
—Cuatro putos años— gruñó.
No sabía que más decir, la presencia de Roman me daba una seguridad que no había sentido, mucho menos con Noel.
Pero vamos, era su hermano, debe de ser igual de cabrón.
Las personas comenzaron a salir, dándole asentimientos a Roman, en señal de respeto.
—Creo que la cena ya terminó — el asiente sin apartar la mirada de mi.
Trago grueso, mirando cualquier cosa menos a él.
Pregunto.
—¿Que tan difícil es ser el Don?— jamás me había interesado en los asuntos de la mafia, pero Román era joven, tal vez de la edad de Justin.
El sonrió de lado, soltó una suave risa y cruzó los brazos sobre su pecho, sin dejar de verme.
—¿Quieres unirte?— abro los ojos asustada.
—No, claro que no. Es la primera vez que pregunto algo sobre esto. Solo tenía curiosidad, eres joven y tú padre se ve saludable— me mordisquee el labio, nerviosa por haber metido la pata.
El soltó otra grave risa, más fuerte, atrayendo la atención de los demás.
—Un placer conocerte, Lorraine —
—Igualmente, Don— Roman se quedó quieto, mirándome, mientras sus ojos se oscurecen, luego siguió su camino.
Soltando un suspiro, camine hasta la camioneta de mi padre, esperando.
Cuando salieron, pude ver el enojo en mi padre, la decepción en mi hermano y el enojo en mi madre y hermana.
Suspirando, sabía que sería un largo camino.
Subimos al auto, en silencio.
Y así llegamos a casa.
La tensión flotaba, y mis hombros estaban tensos, esperando los gritos.
Llegando a la sala, me deje caer.
Mamá fue la primera.
—Una vergüenza lo que hiciste saliendo de esa manera. El Don se fue molesto por tu culpa, lo arruinaste todo — su voz era fuerte y llena de furia.
Trague mirando mis manos, sin mirarla.
—¡Mírame cuando te hablo!— levanto mi rostro, sabiendo que las lágrimas ya cubren mis mejillas.
Mi madre suelta una carcajada llena de burla y altanería.
—Lo siento...— el silbido de la bofetada retumba en toda la sala, mi cara se voltea violentamente, el dolor se extiende hasta mi cuello, mientras la sangre se acumula en mi boca.
Llevo mi mano a mi rostro, cubriendo mi mejilla caliente, dejando que caigan más lágrimas.
—¡Estoy cansada de tus malditas excusas!— tragando el líquido metálico, la miro nuevamente.
—No sabía que pasaría eso, lo siento...— gimo, mientras lloriqueo, queriendo que todo esto termine.
Miro a mi padre.
—Papá...— suplico, el solo se acerca, con esa mirada depredadora y furiosa, esa que solo veía cuando llegaba a casa cubierto de sangre después de un trabajo.
—Nos has decepcionado y humillado, Lorraine— sollozo cerrando los ojos, mientras espero que la bofetada sea todo lo que recibiré.
—Te he conseguido un trabajo— mi rostro se levanta veloz, haciendo que un latigazo me atraviese la columna.
—¿Que?— gimo, mirando a mis hermanos, Justin, tiene la decencia de estar ligeramente perturbado. Mientras Clarissa sonríe altanera.
—Trabajaras de mesera en uno de los clubs del Don, luego de la boda tomarás tus cosas y verás tu propio camino—
¿Me estaban echando?
—No queremos estar ligados contigo, desafortunadamente, todos ya saben que serás mi madrina, y si lo cambio, eso me haría quedar mal como hermana ante mi nueva familia— la sonrisa chulesca de mi hermana me retorció el estómago.
Mi madre me dió una última mirada y salió de la sala.
Y así, hasta que yo me quedé sola, sin nadie.
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Mirando mi rostro, hice lo mejor que pude para cubrir el enorme moretón que dejaron las uñas de mi madre en mi mejilla, y también el moretón de mi brazo.
Tal cual, me habían aplicado la ley de hielo, no me hablaban, ni mucho menos me habían esperado para desayunar, no es que me sorprendiera.
Mirando mi atuendo, respiro hondo. Hoy sería mi último día aquí, después, no sabía que haría.
No tenía donde quedarme, mucho menos sabía si me pagarían en el club.
No sabía si tendría que desnudarme en ese lugar, era lo desconocido de todo eso lo que me estaba atormentando.
Ya había llegado a la conclusión de que mi familia hace mucho no me tomaba en cuenta.
Luego de llegar a la iglesia, espere a que la organizadora nos alineará.
Mire a Roman junto a Noel, esperando entrar.
Se veía guapísimo, su cuerpo era musculoso, y estaba segurísima que estaba bien dotado.
Dios, debería de pensar en que voy a hacer, no en qué tan bien está dotado el cuñado de mi hermana.
Al menos, hoy era mi hermana, mañana sería una extraña para todos ellos.
Las damas de honor tomaron sus lugares detrás de mi junto a sus parejas, y yo me posicione en frente, detrás de Noel.
No quería verlo, pero mi hermana me había dado un lugar en primera fila para ver cómo se llevaba al amor de mi vida.
Una presencia a mi lado me hizo levantar la mirada.
Roman.
—¿Madrina?—
—¿Padrino?— sonriendo, me ofrece su brazo, con nerviosismo, deslizó mi mano en el.
Caminando hasta ponernos en nuestros respectivos lugares, esperamos a la entrada de mi hermana.
Cuando las puertas se abren, aferró las manos en el pequeño ramo, observando el vestido de novia que había escogido.
Y mi corazón se destroza más, porque no es el vestido que había visto antes. No, era el vestido que yo había dicho que quería al casarme, ella lo sabía. Mi madre lo sabía.
Agache la mirada sintiendo las lágrimas derramándose, tragando, me las limpie disimuladamente.
Mire a Noel limpiarse unas cuantas, y ahí deje que salieran. Total, era la hermana sentimental.
Me mordía el labio mientras mi hermana tomaba la mano de Noel, después de que papá le dijera lo suficientemente fuerte para que yo escuchará.
—Te llevas a mi única hija, mi corazón entero— Noel asintió apretando su mano.
¿Dónde quedaba yo?
Alzando la mirada, me tope con el ceño fruncido de Roman, la mandíbula apretada y las manos en puños, observando.
Le trato de sonreír.
Sacude la cabeza mirando a Noel nuevamente.
Debo de verme patética, y lo confirmo cuando sin querer, miro a mi familia.
Me pierdo, después de que Clarissa me entrega con una sonrisa su ramo.
La ceremonia se me hace eterna, y son solo ecos, cuando escucho el si quiero de los novios.
Volteo la mirada cuando se besan y sellan su unión.
En automático, sigo a todos, volviendo a tomar el brazo de Roman, yendo hacia el salón de fiestas.
Me aparto del guapo hombre y voy al bar a buscar un trago.
Pido un whisky y espero a que los nuevos señor y señora Russo aparezcan, y en cuanto lo hacen, los aplausos y silbidos no se hacen esperar.