Desconocido. Mi mano tatuada se aprieta en su cuello hasta que escucho el crack característico. La sonrisa que se desliza en mis labios es inevitable que la esconda. —Ese fue el último— asiento hacia Vadim. —Bien. Vadim me escanea con el ceño fruncido, sacude la cabeza quitándose la idea de lo que sea que haya pensado. —Llamó Kostya, dice que es hora— Limpio mis manos con el pañuelo de mi traje, la sangre empapa el reluciente blanco de la tela, cambiándolo de color. —¿Esta seguro? No viajaré hasta Estados Unidos por nada. Asiente contundente. —Prepara el avión, nos iremos esta misma noche— **** Horas más tarde, el sol en la ciudad de Nueva York golpea mi piel, haciendo que extrañe el maldito frío de Rusia. Kostya Rusak es mi socio, pero a lo largo de los años desde que tome

