—¿Tienes problemas con obedecerme dentro de este lugar? —inquiere mientras me ve acostarme en la cama como él me solicitó. —No. Puedes hacer conmigo lo que quieras. Esta vez puedo ser quien tú quieras que sea, solo pide. —Dos copas de vino hacen que mi reticencia y reparo disminuyan. Mi cuerpo en ropa interior me recuerda que el aire está puesto en lo máximo y que mi piel lleva la de perder en todo. Me encanta como él se adueña del lugar. Sin proponérselo, comenzó a gustarme su parte más irritante. —Dame tus manos. —Se sienta a horcajadas sobre mí y tira todo el peso sobre sus rodillas—. Esto no va a molestarte. Si te llegan a lastimar las cintas, me lo dices y lo detenemos. —No soy un cristal de Belén. ¿Se te olvida con quién hablas? Nada de lo que puedas hacerme será lo suficientemen

