CAPÍTULO VILa voz de Druscilla se apagó y el Marqués vio, con perfecta claridad, cómo estaba reviviendo aquel momento de terror. El fuego ardía ahora con fuerza en la chimenea y su luz se reflejaba en el cabello rojo, de ella, convirtiéndolo en una verdadera llamarada de oro viviente. Pero los ojos de Druscilla se oscurecían por el temor, le temblaban los labios y sus delicados dedos se entrelazaban en un gesto de angustia. Recostado en el sillón, el Marqués la observaba en silencio. Después de un momento, ella continuó diciendo: —Dicen que cuando un hombre se ahoga toda su vida pasa ante sus ojos como en relámpagos. En ese instante vi con toda claridad cómo había preparado Lord Walden las cosas para tener acceso al salón de clases, que yo siempre mantenía cerrado con llave una vez que

