Había sido la Marquesa Viuda, desde luego, la que había conseguido astutamente esta condescendencia real. —Su Alteza Real es una autoridad tan reconocida en cuestiones de etiqueta— le había dicho al Príncipe con intención de adularlo—, que quiero pedirle consejo. —Por supuesto…— contestó él encantado. —Druscilla es huérfana— explicó la Marquesa—, no tiene parientes cercanos y me parece algo incorrecto que un m*****o de la familia Lynche la entregue en matrimonio. Sólo son primos lejanos de ella. ¿A quién cree Su Alteza Real que debo acercarme? El Príncipe se había quedado pensativo y después, con voz firme, contestó: —La solución es muy sencilla, mi querida señora. Yo mismo llevaré la novia al altar. La Marquesa había lanzado una exclamación de sorpresa y gratitud, diciendo que se se

