Cuando llegamos solté a Rosie para que Thomas la pudiera cargar entre sus brazos y yo poder abrir la puerta.
—Por aquí—caminé escaleras arriba mientras él me seguía. Abrí la puerta de mi habitación y el recostó a su hermana sobre la cama, le quitó las sandalias y la tapó con las mantas.
—Bien, que descansen—dijo dándole un último vistazo a Ro antes de acercarse a la puerta.
—Ni creas que olvidaré que me debes cinco respuestas—levanté una ceja indignada.
—Responderé lo que sea, mañana en tu clase de surf—me sonrió de lado antes de salir de mi habitación y cerrar la puerta tras él.
Comenzaba a arrepentirme de mi propia promesa.
Me puse ropa más cómoda y bajé para dormir en el sofá de la sala, no creí que dormir con Rosie, a quien conozco como hace dos días sea lo más apropiado, o al menos sin preguntarle y en su estado de ebriedad.
Apenas mi cabeza tocó la almohada, quedé profundamente dormida.
Me levanté de un salto al oír un grito que venía de la cocina, prácticamente corrí hasta allá. Cuando llegué me encontré a Ro cocinando o al menos intentándolo, pero mis ojos fueron directo al castaño que estaba a su lado buscando algo entre mis cajones.
—Buenos días, siento despertarte, me quemé—Ro hizo una mueca y luego una sonrisa graciosa.
—Está bien—supongo, esto era raro. Me siento un poco invadida.
—¿Podrías por favor decirme donde está la azúcar? Llevo horas buscándola—suplicó Thomas.
—Está aquí—abrí el primer cajón y la saqué. Él la tomó y la alzo en el aire como si hubiera encontrado oro, luego se la extendió a su hermana, que si estaba haciendo algo útil.
—Ya está, siéntense—dijo ella sonriente y los tres nos sentamos en la mesa del comedor, sobre esta había tres tazas con café y en el centro dejó las galletas con chips de chocolate que acababa de hacer. Estaban perdonados por invadir mi privacidad.
—Tienes una clase en solo cinco minutos —dijo mirando su muñeca como si tuviera un reloj.
—¿Una clase? —pregunté muy confundida.
—Tu clase de surf, te quedan cuatro minutos —volvió a mirar su reloj imaginario.
—Seguramente no me guste el surf así que tal vez me quedé para seguir durmiendo.
—Sube ya, ponte tu traje de baño y nos vamos o te llevaré con la ropa que traes. Tres minutos—rodeé los ojos y subí hasta mi habitación para cambiarme. Me puse un bikini azul y arriba una camiseta blanca y unos shorts de jean. Busqué mi bolso con mi bloqueador solar y toalla y volví a bajar mientras me amarraba el cabello en una coleta alta.
Sobre la mesa ya no quedaba nada, se habían encargado de levantar todo.
—Tampoco tengo una tabla así que, aun sostengo lo de cancelar y quedarme a dormir—mis palabras sonaban como suplicas. Solo pasaría vergüenza.
—Qué suerte que me gusta coleccionar tablas—se rio de mí y abrió la puerta para que salgamos primero nosotras.
Caminamos el corto trayecto hasta la orilla, donde pude ver a varios niños y niñas de entre 5 a 12 años esperando juntos con sus tablas.
—Buenos días a todos. Hoy tenemos una nueva alumna, ella es Maggie—Thomas me presentó burlón frente a los siete pequeños frente a nosotros. Sabía que no era una acción buena de su parte, ¿estaba bromeando conmigo? —Todos saben que hacer, comiencen mientras yo me encargo de su nueva compañera—les susurró a los niños mientras tapaba su boca con su mano como si no lo hubiese escuchado.
—Suerte Maggie—me sonrió amistosamente Ro y se la devolví. Luego se alejó para tomar sol.
—¿Lista? —preguntó él más entusiasmado que todos los niños juntos.
—Claro—rodé los ojos y antes de quitarme la ropa miré hacía ambos lados, deseaba que no hubiera casi nadie, ya era bastante embarazoso.
—No era necesario que te quitaras la ropa, no entraras al mar hoy—me dijo riendo mientras colocaba la tabla sobre la arena. —Comenzaras con ejercicios de equilibrio y confianza.
—Me lo pudiste decir antes—me avergoncé y volví a ponerme mi ropa. Ya era un problema para mi verme frente al espejo, pero que alguien más vea mi cuerpo en un traje de baño, era algo inexplicable, prefería no hacerlo. Estaba al tanto de mi inseguridad, lo trabajé muchos años, pero esto comenzó cuando tenía 14 y desde ese día nunca volví a verme a mí misma de la misma forma.
—Lo siento—no me había dado cuenta de la forma en que se lo dije, fue un poco brusco y me sentí mal. —¿Puedes acostarte sobre la tabla?
Hice lo que me dijo y esta clase comenzó con braceadas sobre la arena mientras lo demás niños lo hacían en el agua, les duplicaba la edad, me sentía tonta.
—Eso es todo por hoy niño. Lo hicieron muy bien—hizo un gran énfasis en ‘’niños’’. —Enserio lo hiciste bien, de hecho, me sorprendiste—dijo ayudando a Max a colocarse la mochila.
—Gracias—le respondí orgullosa de mi misma. Levanté la tabla que yo había usado para poder irnos.
—Creo que será un metro de camino, solo tú y yo. Rosie parece ocupada—se rio al verla jugando con Beck, otra niña de la clase.
—Thomas, te estaba esperando—ambos giramos para ver a la dueña de la dulce voz.
—Sophie. Lo siento, lo olvidé—al principio se sorprendió de ver a la chica y luego se llevó una mano a la cabeza. —Ah, ella es Maggie. Maggie, ella es Sophie, mi novia—se incomodó al instante.
—Hola, es un gusto conocerte al fin—me extendió su mano y una gran sonrisa en su cara.
—Hola, igualmente—le devolví el saludo. —Si ustedes tienen algo que hacer, Rosie y yo llevaremos las tablas, no te preocupes—les sonreí sin mostrar un diente mientras Thomas me miraba con el ceño fruncido, ¿Qué le pasaba?
—Gracias Maggie—volvió a sonríeme la castaña antes de tomar de la mano de él e irse hacia el lado contrario.
—Ya la conociste—dijo Ro llegando a mi lado para verlos alejarse.
—Es malditamente perfecta.
—Lo sé—suspiró y luego me ayudó a levantar la otra tabla para irnos. —¿Estás emocionada?
—¿Por qué? —pregunté confundida.
—Mañana es lunes, comienzas a trabajar y además comenzamos la escuela. Ultimo año, tu y yo—ella estaba saltando de emoción. —No más almorzar en el baño o ser una sombra de Thomas, vamos a disfrutar este año.
—No quiero romper tu ilusión, pero estoy sola, quiero decir que no tengo un tutor así que no puedo inscribirme en una escuela—habíamos llegado así que la estaba ayudando a entrar las tablas a su casa.
—Ya lo veremos.