Otoño, 1970. —Quiero avanzar. Ya no quiero sentir esto en mí, quiero matar a la parte de mí que no puede olvidarla, está mal y lo odio— confesé ante un psiquiatra que me escuchaba atentamente. —Es bueno reconocer el mal que llevas dentro. Ese es un gran avance por hoy. Ahora descansa— contesto el doctor y unos enfermeros me acompañaron a mi habitación y me recostaron sobre la cama, no antes de tomar mis medicinas del día. Me dolía todo el cuerpo, pero debía luchar por salir de aquí, debía volver por ella y su hijo. No permitiría que este centro de rehabilitación inútil me quitara la vida, no les daría el gusto de morir aquí siendo torturada por esta gente y solo porque me gustaba una mujer. Tenía varias cicatrices de quemaduras y marcas de ataduras, con seguridad algunos de mis hues

