EMMA Regresé hace tres semanas. La ciudad me recibió con el mismo aire gris y ruidoso de siempre, pero esta vez algo era distinto. No por fuera. Por dentro. Me volví a instalar en el pequeño departamento que rento en la 109 con Amsterdam. Las mismas paredes desnudas, el mismo ventanal con la vista cortada por edificios antiguos, el mismo murmullo eterno de la ciudad que nunca deja de vibrar. Pero ahora —extrañamente— me siento diferente. Más sola, sí. Más nostálgica también. Pero también, más... ligera. He vuelto a las clases del doctorado. Administración de empresas internacionales. Suena frío cuando lo digo en voz alta, pero a mí me da estructura. Me pone en movimiento. Entre casos de Harvard y proyectos sobre mercados emergentes, intento mantener la mente ocupada. Porque la verdad es

