Capítulo 3.1

775 Palabras
Elena recorría los interminables pasillos de la mansión, su nuevo hogar, sintiendo cómo cada paso la hundía un poco más en el vacío. Las paredes, adornadas con retratos de desconocidos y tapices cargados de historia, la observaban con un juicio mudo. La casa, con su frialdad casi palpable, no era más que un reflejo de la distancia que Fernando mantenía entre ellos. ¿Cómo podía comenzar un matrimonio con tanto vacío? se preguntaba mientras el eco de sus pasos parecía responderle con indiferencia. No fue una sorpresa descubrir que Fernando le había asignado una habitación separada. Lo que la golpeó fue enterarse de que había partido en un viaje de negocios inmediatamente después de la boda, sin siquiera darle una explicación. La noticia llegó con la crudeza de un balde de agua helada, dejándola estática, temblorosa, pero sin lágrimas. Refugiada en la habitación que le habían destinado, Elena trató de encontrar consuelo. Pero la estancia, con sus muebles de madera oscura y cortinas de terciopelo pesado, no ofrecía más que opresión. Las sombras, danzando bajo la tenue luz de las lámparas, parecían burlarse de su situación. Sentada al borde de la cama, se enfrentó a las preguntas que no dejaban de arremolinarse en su mente: ¿Por qué Fernando? ¿Por qué me haces esto? ¿De verdad soy tan insignificante para ti? El golpe suave en la puerta rompió el silencio, un sonido discreto que resonó como un trueno en su estado de vulnerabilidad. —¿Quién es? —preguntó, alzando apenas la voz, mientras su corazón daba un vuelco. La puerta se abrió lentamente, dejando ver a Consuelo, la anciana nana de Fernando. Su rostro, marcado por los años, no mostraba compasión alguna. Con el cabello recogido en un moño tenso y un delantal impecable, Consuelo parecía irradiar autoridad y desdén en partes iguales. —Oh, Elena, ¿ya te has dado cuenta de tu lugar en esta casa? —preguntó, con una sonrisa que destilaba ironía. Elena, acostumbrada a los constantes desaires de la nana, intentó mantener la compostura. —No sé a qué te refieres, Consuelo. Lo que sucede entre Fernando y yo es algo que solo nos concierne a nosotros. La voz de Elena era firme, pero le costaba sostenerla. Sabía que para Consuelo ella no era más que una intrusa, una pieza reemplazable en el tablero de Fernando. Consuelo soltó una risa seca, inclinando ligeramente la cabeza. —Pobre niña. No te hagas ilusiones. Todos sabemos que solo estás aquí porque Fernando lo necesita para la herencia. Nada más. Eres una sustituta, y peor aún, una que jamás estará a la altura de Carolina. Elena sintió cómo las palabras la atravesaban, cada una golpeando una herida que aún no había cerrado. La mención de Carolina, ese eterno fantasma en el corazón de Fernando, fue la más dolorosa. Ella sabía que él tenía a Carolina como su "luz de luna blanca", un amor idealizado que parecía imposible de eclipsar. Y, aun así, había decidido quedarse. No le importaba mendigar por afecto, humillarse si era necesario, mientras pudiera permanecer a su lado. —No importa lo que pienses, Consuelo —respondió al fin, con un tono contenido pero lleno de una determinación que incluso a ella la sorprendió—. Haré lo que sea necesario para estar junto a Fernando. La nana la observó por un momento, como midiendo el peso de sus palabras, antes de soltar una sonrisa cargada de desprecio. —Eso pensé. Pero recuerda algo, Elena: sin la ayuda de esa herencia, no eres nadie. Fernando no tiene lugar para ti más allá de lo que le conviene. Con esas palabras, Consuelo se dio la vuelta y abandonó la habitación, dejando tras de sí un vacío aún más frío que el que había encontrado. Elena permaneció en la cama por unos minutos, inmóvil, mientras las palabras de la nana resonaban en su mente. Sentía cómo algo dentro de ella se rompía, pero también cómo una pequeña chispa de fuerza comenzaba a arder. Puedo soportar todo esto, pensó, pero no dejaré que destruyan lo único que es realmente mío. Se levantó y caminó hacia el espejo, sus ojos aún húmedos pero llenos de una resolución renovada. No sacrificaré mi dignidad como maestra. Es lo único que me define más allá de este caos. —Seré fuerte —se dijo, mientras las sombras en la habitación parecían retroceder ante la intensidad de su mirada. Aunque la duda y el dolor seguían presentes, Elena decidió que no se dejaría consumir por ellos. Si debía soportar los desprecios, las ausencias y la indiferencia, lo haría. Pero lo haría en sus propios términos.
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