Renacimiento . . Leo miraba sus pies descalzos en contraste con aquel piso helado de la sala de espera. Tenía los codos sobre sus rodillas y las manos tomando su cabeza como si no pudiera terminar de comprender lo que estaba ocurriendo. Había cargado a Lizzie hasta el auto y ni siquiera al recostarla en el asiento trasero había abierto sus ojos. La oía respirar, había acercado su oído varias veces a su boca para confirmarlo, pero no respondía. Luego de recorrer las calles a gran velocidad por fin había llegado a la clínica y todo se había vuelto tan confuso como vertiginoso. Los médicos, la camilla, las sirenas. El frío, el temblor, el pánico. La prisa, la sangre, la premura. Y luego el silencio. Un silencio ensordecedor. Un silencio conminatorio. Y entonces los minutos más largos de

