10

1385 Palabras
Las horas pasaron tan rápido que Lizzie no había llegado a secarse el cabello. Había pasado demasiado tiempo bajo aquellos chorros intensos de agua caliente con sus dedos sobre sus labios. Lo había besado. Por fin sabía que sus fantasías no la engañaban, había sido un beso corto pero lo suficientemente íntimo como para confirmarle que deseaba volver a hacerlo. Había cerrado sus ojos y había vuelto a ver esos ojos que la tenían obsesionada. En un principio los había creído oscuros e inquisidores, pero ahora sabía que lo que en verdad albergaban era tristeza. Lo sabía porque las pocas veces que lo había hecho reír, ellos parecía querer brillar. Había tocado una vez más aquello brazos, sabía que Leo iba al gimnasio de la casa por las mañanas y aquellos músculos confirmaban que hacía un buen trabajo. De repente, lo había imaginado sujetándola. Había recorrido sus propios brazos para alentar sus pensamientos y no pasó mucho para que su sexo comenzara a vibrar. No era una chica con muchas necesidades en esa materia, había pasado meses sin compartir su cama, pero de repente un deseo irrefrenable comenzaba a reclamarle. Entonces sus manos descendieron y mientras se apoyaba en aquella pared humedad y las gotas la golpeaban con insistencia comenzó a masajear aquella zona que comenzaba a quemar. Podía sentirlo. Podía imaginarlo tan real que la presión aumentó como si tuviera voluntad propia. Con los ojos cerrados alcanzó el momento exacto en el que hubiese deseado volver a besarlo, solo que esta vez le hubiera dicho cuanto podría disfrutarlo. Algo avergonzada recuperó el ritmo de su corazón y decidió vestirse. ¿Qué estaba haciendo? Estaba allí por su abuela. Leo había dejado claro que no quería nada más de ella. No podía dejar volar su imaginación. Sin embargo, cuando llegó a la cocina y lo vio sentado a la mesa, con los primeros botones de su camisa desabrochados y su mirada perdida, terminó de confirmar que cada vez le sería más complicado no imaginar cosas. -Viniste.- le dijo apresurando su paso, como si temiera que pudiera marcharse en cualquier momento. Leo la observó con los labios apretados. Llevaba su cabello mojado cayendo sobre su frente y una remera enorme pero demasiado trasparente que comenzaba a inquietar a su dormido corazón. -Quería contarte que oficialmente soy el nuevo dueño de la empresa. Al parecer sí convencimos a Gerardo.- le dijo quitando sus ojos de ella. Lizzie aumentó el tamaño de su sonrisa y estiró su mano como si quisiera que él chocara su mano con ella. -Vamos, animate, no le voy a contar a nadie.- le dijo divertida y Leo finalmente sonriendo alzó su brazo para chocar sus manos y darle el gusto. -Buen trabajo, esposo.- le dijo ella mientras tomaba asiento enfrente y observaba el exquisito plato japonés con sus ojos bien abiertos. -¿Nunca lo habías comido?- le preguntó Leo disfrutando de esa autenticidad que transmitía con su mirada. Lizzie negó con su cabeza y se llevó un bocado enorme a la boca, para cerrar los ojos con pleitesía mientras lo saboreaba. Leo quedó prendado de su gesto de placer. La había imaginado demasiadas veces en actitudes similares pero no quería delatarse. Carraspeó algo incómodo al sentir como su cuerpo comenzaba reaccionar a ese gesto, que combinado con sus pezones presumidos marcando la tela de la remera comenzaban a excitarlo. -Veo que te gusta.- dijo volviendo a mirar hacia la mesa. Creyó que llevaba demasiados días sin sexo y por eso había reaccionado de esa manera. No había pensado que aquel aspecto pudiera representar un problema, pero ya no podía echarse atrás. La junta había cumplido con el testamento de su abuelo, al menos debía permanecer unos meses más casado para no despertar sospechas. -Creo que es mi nuevo plato preferido.- le respondió ella abriendo nuevamente sus ojos para mirarlo. -Voy a pedirle a Aida que lo prepare más seguido entonces. ¿Se puede saber a que plato acaba de destronar?- le preguntó mientras le servía una porción. -Bueno, a riesgo de parecerte ordinaria, mi plato preferido siempre ha sido la pizza. - le respondió apretando un poco sus labios como si en verdad la avergonzara. -La pizza es riquisima.- le respondió él sin intenciones de que perdiera su sonrisa. -Sí, pero no es mi preferida por eso. La verdad es que me adoptaron cuando cumplí cinco años, hasta entonces sólo había vivido en hogares en los que la comida competía por no tener sabor. Pero cuando llegué a la casa de mis padres, la primera noche, ellos ordenaron una pizza. Una de esas cuyo queso exagerado rebalsa hasta pegarse en el cartón que la trae. ¿Sabés de qué hablo, no?- le dijo con ese brillo especial en su mirada, al que Leo sólo pudo responder con una sonrisa. -Bueno, si en verdad existe el amor a primera vista, creo que ese fue el momento en el que me enamoré de la pizza. No podía creer que pudieran traer algo tan rico en una moto cada vez que uno quisiera. - dijo divertida inclinándose un poco en su asiento. Leo continuó sonriendo con genuina ternura, Lizzie comenzaba a crear un espacio que se comenzaba a sentir adictivo. -Podemos pedir pizza cuando quieras.- le respondió mientras se servía una copa de vino. -¿Queres?- le preguntó antes de servirle. -Mejor no, no quiero que…- comenzó a decir recordando lo que acababa de pasarle en la ducha minutos antes. -¿Qué?- le preguntó Leo curioso, al notar el tinte en sus mejillas. -Nada, hoy mejor no.- respondió ella volviendo a colocar un bocado en su boca. Leo prefirió no continuar indagando, él tampoco debía beber demasiado, pensó volviendo a tentarse con aquellos pechos que asomaban por el escote de aquella remera. Terminaron de comer envueltos en una conversación amena que no profundizó en ningún tema en particular, conocer su pasado había comenzado a despertar una gran curiosidad en Leo, pero no quería conocerla. O mejor dicho, ansiaba hacerlo pero sabía que no debía. Lizzie comenzó a juntar la mesa y cuando se disponía a lavar Leo se le acercó. -No hace falta que laves.- le dijo. -Lo sé, pero no me molesta hacerlo, a parte son sólo dos platos, tampoco es que se me vayan a caer los anillos por eso.- dijo divertida. Pero Leo no rio, frunció su ceño y se acercó aún más. -¿Dije algo malo?- le preguntó ella temerosa. -No, no, para nada. Pero me acabo de dar cuenta de que no llevamos anillos.- le dijo alzando sus cejas. Lizzie lo miró mientras colocaba el último plato en el sector de secado. -No pasa nada, algunas parejas no los llevan.- le dijo ella restándole importancia. -No somos de esas parejas. Deberíamos comprarlos. No quiero que nadie sospeche.- le dijo regresando a su tono formal. -Bueno, gracias por obligarme a cenar, creo que hoy voy a dormir mejor.- agregó colocando sus manos sobre su abdomen que parecía no haber recibido nada. -De nada, podríamos hacerlo a diario…digo… Si no te molesta.- le respondió con sus ojos suplicantes. Leo hizo una pausa inquietante. No quería prometerle nada, no era un hombre que supiera compartir, había crecido solo, no conocía otra forma de vivir. -¿Te molesta?- le preguntó ella acercando sus ojos a su rostro con una sonrisa algo provocativa. -No me molesta, es sólo que a veces tengo mucho trabajo. - le respondió comenzando a caminar hacia la escalera. -Entiendo.- respondió ella siguiéndolo con algo de decepción en su andar. Llegaron a la puerta del cuarto de Lizzie en silencio, ella tomó el picaporte y alzó su mano para despedirse, cuando Leo vio sus ojos cargados de desencanto, suspiró. -Creo que puedo arreglarlo.- le dijo logrando que ella lo mirara sin comprender. -Lo de cenar juntos, digo, si aún queres. - le dijo obteniendo por fin esa sonrisa enorme que contagiaba a sus ganas de sonreir. -Gracias.- le respondió y cuando iba a saltar hacia su cuello, contuvo su impulso. -Lo siento, se que no te gustan las demostraciones, pero me alegra poder hablar con algún adulto al menos.- le confesó tomando sus propias manos para no tocarlo. -Qué descanse Elizabeth.- le respondió él sin querer aceptar que aquel abrazo le hubiese gustado más de lo debido.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR