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1907 Palabras
Punto de vista de Ethan. *Cinco días después* Me giré en la cama, abrí los ojos y maldije la luz brillante que me cegaba. Al incorporarme, me dio un fuerte dolor de cabeza y gemí, apretando los dientes para ponerme sentada. En cuanto mis ojos se acostumbraron a la luz, vi a Nana sentada en el sofá, con los brazos cruzados. Había una tetera en la mesa frente a ella. Me miró con el ceño fruncido en cuanto se dio cuenta de que la estaba mirando. —Te tomó más tiempo levantarte y salir corriendo de la casa como siempre —murmuró, levantándose de la silla. Se sirvió una taza de té, probablemente para mí, pero luego empezó a beber a sorbos. Fruncí el ceño. —¿No es para mí? Ella se burló. —Definitivamente no. Tomó un tazón que no había visto antes y se acercó a mí antes de ponerme el recipiente caliente en las manos. —Eso, sin embargo, es tuyo. “¡Mierda!” Rápidamente coloqué el tazón sobre la cama antes de poder tirarlo al suelo. —Es sopa. Te ayudará con la resaca —dijo, señalando el tazón con la cabeza, y luego me miró—. Deberías tomarla. Suspiré, mirando fijamente el tazón de sopa antes de volver a mirar a Nana. Nana era como una madre para mí desde que mi madre había fallecido. Me crió desde pequeña. La quería como a mi propia madre. Tomé la cuchara del tazón de sopa, me llevé la comida a la boca y reprimí una mueca ante el sabor amargo. Era como si intentara castigarme a propósito dándome comida amarga. —Nana —murmuré, frunciendo el ceño al ver que J seguía en la habitación. Había dos posibilidades: o quería asegurarse de que me hubiera terminado la comida, o quería decirme algo. No estaba preparada para ninguna de las dos. Lo único que quería era salir de casa y volver a mi rutina. Ella arqueó una ceja, como si esperara a que yo continuara con lo que fuera que quisiera decir. —¿Necesitas algo? —pregunté por fin, dejando el cuenco sobre la cama y esperando a que continuara con lo que tuviera que decir. Siguió bebiendo su té lentamente, mirándome a través de sus pestañas. Puse los ojos en blanco, esperando a que dijera lo que quería y me dejara en paz. Miré alrededor de la habitación y entonces me di cuenta de que estaba en mi cuarto, como era de esperar, pero Alexa no estaba allí. —Veo que tu esposa ha dejado de esperarte a que llegues a casa para poder traerte de vuelta aquí, borracho —dijo, sentándose en una silla frente a mí—. ¿Hay algo que deba saber? ¿A qué te refieres? Se encogió de hombros. “Supongo que finalmente se ha cansado de hacer de esposa obediente”, dijo con desdén. Fruncí el ceño. —No hables así de ella —dije en voz baja. —Mmm —dijo ella, restándole importancia—. No estoy contenta con este nuevo comportamiento tuyo —continuó. —Aquí vamos de nuevo —murmuré, frotándome la frente. —Tienes que parar, Ethan. Hablo en serio. ¿Desde cuándo bebes y te acuestas con cualquiera? —Me miró con el ceño fruncido—. No me gusta ese comportamiento. ¿De acuerdo? —De acuerdo, Nana —le respondí con un gesto de cabeza—. Ya paro. ¿Puedes dejarme en paz? Suspiró, se levantó de la silla y se acercó a mí. Se sentó al borde de la cama y me tomó de la mano. «A tu madre no le gustaría verte así, ¿sabes? Desde que murió, me prometí a mí misma que no te dejaría convertirte en otra cosa que no fueras la mejor. Y no puedo verte seguir con este mal comportamiento y arruinarte la vida. ¿De acuerdo?». Me besó la frente, me dio una palmadita en el hombro y salió de la habitación, dejándome sola con mis pensamientos. *** Al salir de la oficina, mi teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué y me quedé mirando la pantalla. Decía «Jacob». Frunciendo el ceño, me pregunté qué querría Jacob para llamarme. Contesté la llamada y me pegué el teléfono a la oreja. “¿Hay algún problema?“, pregunté, entrecerrando los ojos con frustración y fastidio mientras subía a mi coche. —Vaya. Parece que alguien se levantó con el pie izquierdo —murmuró en respuesta—. En fin. ¿Cuándo vas a anunciar públicamente que te has casado? “¿Por qué debería hacerlo?”, pregunté. “¿Es muy importante que lo haga?” “Sí. Más o menos. Sabes cuánto podría ayudarte esto en tu trabajo. Lo sabes, ¿verdad?” “Oh. Ya encontraré una solución. ¿Es por eso que me llamaste?”, pregunté. —Deja de ser tan idiota —murmuró, colgándome el teléfono. Puse los ojos en blanco, apagué el móvil y me pregunté cómo iba a hacer saber al público que ahora era un hombre casado. No podía simplemente decir: «Oye, estoy casado». Necesitaba hacer un anuncio público. Se me ocurrió la idea perfecta. Invitarla a salir, a algo sencillo como cenar. Sabía que la gente me reconocería y me harían preguntas al verme con ella. Pero la pregunta era: ¿aceptaría si le dijera que quería invitarla a salir? Conociendo a Alexa, probablemente haría un berrinche y no estaba dispuesto a obligarla a salir conmigo. Con un suspiro, me froté la frente y me pasé las manos por el pelo. Supongo que tendré que averiguar si está de acuerdo o no. Punto de vista de Alexa. Estaba sentada en la sala de cine de la mansión, con la mirada fija en la película que se proyectaba en la televisión. Era de noche y, en lugar de quedarme en la sala esperando a que Ethan volviera, como había hecho los dos primeros días, estaba viendo una película. Las mujeres con las que se acuesta podrían llevarlo a casa y a su habitación si quisieran. Pero no iba a ser la tonta que lo hiciera por él. Me mudé de su habitación, tal como él quería. No quería preocuparme por lo que hacía o dejaba de hacer cuando estaba en casa. Además, por fin tuve tiempo de explorar la mansión. Era realmente grandiosa. El vestíbulo era opulento, con suelo de mármol y una lámpara de araña de cristal. Las paredes estaban cubiertas de un papel pintado dorado y ornamentado, y el techo adornado con intrincadas molduras. El mobiliario era impecable, cada pieza una obra de arte. Todo el lugar rezumaba riqueza y distinción. Me sentía como pez fuera del agua, completamente fuera de lugar. Pero no podía negar la belleza del sitio. La biblioteca de la mansión estaba repleta de estanterías que llegaban hasta el techo, llenas de volúmenes encuadernados en cuero. Una acogedora chimenea crepitaba en un rincón, y un mullido sillón invitaba a sentarse. Recorrí con los dedos los lomos de los libros, sintiendo el cuero suave y desgastado. Imaginé todos los secretos y el conocimiento que contenían, como un tesoro a la espera de ser descubierto. Sentí un anhelo de perderme entre las páginas de un libro, de escapar de mi situación actual. Pero sabía que no podía. Recorrí el jardín de la mansión, maravillándome con la exuberante vegetación y las vibrantes flores. Era un verdadero Edén, un paraíso de follaje y fragancia. El canto de los pájaros era dulce y melodioso, y el sol brillaba entre las hojas de los árboles, bañando el suelo con una cálida luz dorada. Todo el lugar parecía estar vivo, vibrando de energía. Sentí una paz interior, un respiro del caos del interior de la mansión. Pero aun así, no podía librarme de la sensación de ser un extraño. El comedor de la mansión era suntuoso, con una mesa de caoba y fina porcelana. La cubertería relucía y las copas de cristal brillaban. Ante ellos se extendía un banquete espléndido, un verdadero festín, probablemente para esa noche. Tal vez Ethan iba a recibir visitas. La cocina de la mansión era un espectáculo digno de admirar, con relucientes electrodomésticos de acero inoxidable y encimeras de mármol. Los armarios eran de rica caoba y los suelos de piedra pulida. Una enorme y ornamentada lámpara de araña colgaba sobre la isla, proyectando una cálida luz sobre la estancia. Todo estaba impecable y perfectamente organizado, sin una mota de polvo. Era una cocina digna de un chef, con los mejores ingredientes y utensilios a mano. Pero también era un lugar cálido y acogedor. Aunque no pude sentirme a gusto allí por culpa de Nana. Salí corriendo en cuanto oí su voz cerca de la cocina. Tomé el control remoto, bajé el volumen de la película que se reproducía en la televisión y me tapé con la manta, comiendo palomitas lentamente. Necesitaba mantenerme ocupada. Si ni siquiera podía pintar como me gustaba, al menos podía despejar mi mente viendo películas. La puerta de la sala de cine se abrió y las luces se encendieron. Aparté la mirada del televisor y miré hacia la entrada, frunciendo el ceño al ver a la persona. Al menos no caminaba como si estuviera completamente borracho. —¡Caramba! ¿Quién te dijo que estaba aquí? —pregunté, deteniendo mi movimiento y cruzando los brazos. —Nadie. No vine a buscarte —respondió con un tono gélido que me hirió profundamente. Supongo que ya me había acostumbrado a la jovialidad y calidez de su voz cuando estaba borracho. Cuando estaba borracho, parecía mucho mejor persona. Parecía más amable, no el tipo frío e insensible con el que me casé. Prefería verlo borracho a sobrio, aunque parecía haber superado la época de las borracheras. «Vaya. Es un milagro que no estés borracho hoy». Me aseguré de que sintiera toda la irritación y el sarcasmo en mis palabras mientras lo miraba fijamente. «Si no viniste a buscarme, ¿qué haces todavía aquí? Como puedes ver, estoy usando este lugar». —¿Y bien? —Sus ojos se encontraron con los míos, me miró de arriba abajo y luego apartó la mirada con desdén—. Menos mal que te conocí aquí. Tengo que invitarte a cenar. Ya sabes, para que todo el mundo sepa que estamos casados. “¿Por qué? ¿Acaso no lo saben todavía?”, pregunté, sintiéndome confundida. “¿Viste algún medio de comunicación o paparazzi en nuestra boda y recepción? Además, ¿cuánta gente viste allí?” Se cruzó de brazos. Me indignó la grosería en su tono. «No tienes por qué ser tan grosero conmigo cuando hablamos, ¿de acuerdo? Soy tu esposa. Creo que merezco tu respeto». Me levanté del cómodo sofá en el que estaba sentada. «Y si quieres invitarme a salir, no hay problema. Solo avísame cuándo». No percibí la sorpresa en sus ojos mientras me escuchaba. Pero apretó la mandíbula y metió las manos en los bolsillos. «De acuerdo. Es mañana». —Bien —murmuré, pasando junto a él y saliendo de la habitación. Deseaba poder volver allí y abofetearlo o estrangularlo por tratarme siempre como si no valiera la pena. ¿Por qué, entonces, decidió casarse conmigo sabiendo que me trataría de esa manera? Con un siseo, entré en mi habitación y cerré la puerta de golpe.
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