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1267 Palabras
Punto de vista de Ethan. Me incorporé en la cama, frotándome los ojos con cansancio. Miré la hora. Ya casi era hora de ir a trabajar. Me levanté, respiré hondo y me pasé las manos por el pelo. La verdad es que no tenía ganas de ir a trabajar hoy, pero no me quedaba más remedio. Tampoco quería volver al hotel donde me había alojado los últimos días, pero ya no parecía tener otra opción. Me había ausentado de casa durante una semana entera, no porque tuviera una razón especial, sino porque quería —no— necesitaba acabar con esta ilusión de amor o la lujuria que creo sentir por Alexa. No funcionaría. No podía funcionar. Y ella y yo éramos polos opuestos. No funcionábamos, para nada. Y no debería haberla besado como lo hice hace una semana. Peor aún, no debería haber sentido la necesidad de repetirlo una y otra vez. Ella no debería haber sido lo único en lo que pensé durante los últimos siete días. Dios mío. ¿Qué demonios me pasaba? Respiré hondo, cerré los ojos y apreté los dientes. Ya era hora de sacarla de mi mente. No necesitaba que su recuerdo me atormentara a cada segundo como lo hacía ahora. Era agotador. Me quité el pijama y me envolví la toalla alrededor de la cintura antes de ir al baño. Entré en el jacuzzi y suspiré, dejando que el agua caliente hiciera su magia y relajara todos mis músculos tensos. Cerré los ojos, y la primera imagen que se formó me hizo aferrarme a los bordes del jacuzzi. Era Alexa. La imagen de su piel redonda e impecable. La imagen de sus labios, carnosos, rosados ​​y perfectos. Toda su menuda figura. Tan jodidamente hermosa y perfecta. Sin embargo, dudo que ella lo supiera. Abrí los ojos, decidido a no pensar más en ella. Me estaba sacando de quicio, y no me gustaba nada. Ninguna mujer me había hecho sentir así. Ninguna. Y no estaba dispuesto a que Alexa fuera la que rompiera esa regla. No me gustaba. Así que tuve que dejar de pensar en ella. Después de bañarme y enjuagarme bien la boca, salí del baño y fui al armario a buscar mi ropa del día. Recorrí con la mirada toda la ropa que había a mi alrededor y, finalmente, me decidí por el traje gris carbón perfecto. El traje estaba confeccionado con el cachemir más fino. Su sastrería era impecable; cada puntada y botón estaban perfectamente colocados. El corte del traje era clásico y priorizaba la calidad sobre las tendencias. Me puse una camisa blanca impecable, una corbata de seda y zapatos muy lustrados a juego con el traje. El traje parecía tener un aura especial por sí solo. Clase, sofisticación, poder, estilo, lujo. Tras aplicarme aceite capilar y peinarme, asentí con satisfacción y me aparté del espejo. Me dirigí a la cama y cogí el móvil. Encendí la pantalla y fruncí el ceño al darme cuenta de que tenía al menos cinco llamadas perdidas de Alexa. Ignoré las llamadas, cogí las llaves del coche y salí de la habitación del hotel. Me dirigí a la recepción y le entregué mi tarjeta de acceso a la recepcionista. «Volveré», le dije. «Y recuerde, si necesito que alguien recoja algo de mi habitación, le llamaré primero para avisarle». Sus labios esbozaron una leve sonrisa. Asintió con timidez y luego desvió la mirada. Luché contra el impulso de poner los ojos en blanco ante sus payasadas. Conocía a chicas como ella. Fingían ser tímidas solo para llamar la atención. Lamentablemente, en ese momento mi atención solo estaba puesta en una persona. —¿Lo entiendes? —pregunté, apretando los labios con fastidio. —Sí, lo hago —respondió ella, aunque su sonrisa se desvaneció un poco, probablemente debido a mi tono. —Bien —le respondí con un gesto de asentimiento antes de darme la vuelta, balancear las llaves en mis manos y salir del hotel. Me subí a mi Maybach S680 y salí disparado. Decidí en el último momento que quería desayunar antes de ir a trabajar, así que detuve el coche bruscamente frente a un restaurante lujoso de cinco estrellas, a solo unas pocas cuadras de mi oficina. Tras dar marcha atrás y aparcar con cuidado, salí del coche y entré en el restaurante por las enormes y ornamentadas puertas dobles. Me recibió el impecablemente vestido maître, quien me acompañó a mi mesa en el elegante comedor. El salón estaba decorado con exquisitas lámparas de araña, lujosas alfombras y sillones de terciopelo rojo. Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos impecables y cubiertos relucientes. La carta era extensa e incluía los platos gourmet más exquisitos del mundo. Sonreí con satisfacción al ver lo que había. Todo el mundo siempre había mencionado este restaurante como uno de los mejores de la ciudad, pero yo siempre había pensado que estaba sobrevalorado y que no cumplía con las expectativas. Sin embargo, con solo ver el interior y su menú, empecé a cambiar de opinión. Pedí un desayuno gourmet que consistía en fruta fresca, huevos Benedict y un capuchino recién hecho. Los camareros, impecablemente vestidos, me trajeron la comida y colocaron cada plato frente a mí con precisión y elegancia. Mientras comía, me dejé envolver por las imágenes y los sonidos del restaurante. La suave música de jazz de fondo, las conversaciones susurradas de los demás comensales y el tintineo de los cubiertos sobre la fina porcelana. Era el escenario perfecto para que un hombre de mi posición disfrutara de su desayuno. Mientras saboreaba mi capuchino, sentí una gran satisfacción. Hasta que sonó mi teléfono. Frunciendo el ceño, lo saqué del bolsillo y miré el identificador de llamadas. La satisfacción que había sentido antes desapareció al instante. Mi ceño se frunció aún más y pensé en ignorar la llamada, pero sabía que no pararía hasta hablar conmigo. Además, sabía con certeza que podía venir a mi oficina si no le contestaba. De hecho, podría estar ya allí. Y yo aún no estaba preparado para verla. Suspirando, contesté la llamada. “Buenos días, mamá“. Sasha no era mi madre. Al menos no mi madre biológica. Era la mujer con la que mi padre se casó años después de la muerte de mi madre, y me hizo llamarla mamá tantas veces que el apodo se me quedó grabado. —Buenos días, Ethan —respondió secamente. Supe al instante que no me gustaría el motivo de su llamada. “¿Está todo bien?” —He oído que te has casado —respondió ella. Aparté el teléfono de mi oído y maldije. “Mierda”. “¿No pensaste que sería apropiado que tu hermano y yo supiéramos que estabas planeando hacer algo así?”, continuó diciendo mientras yo me volvía a poner el teléfono en la oreja. “No, yo-” “¿Por qué no le avisaste a nadie? ¿Por qué tenía tanta prisa? ¿Está embarazada?” “No-” “Bien… entonces quiero verla.” —¿Qué? —espeté, y luego me recompuse—. No estoy segura de que eso sea posible. Alexa es… “Puedes inventarte la excusa que quieras, Ethan, pero eso no cambia el hecho de que quiero ver pronto a la mujer con la que te casaste. ¿De acuerdo?” Mis hombros se hundieron en señal de derrota. “Está bien.” —Bien. Que tengas un día maravilloso —respondió dulcem ente, como si no se diera cuenta de que acababa de arruinarme el día, y luego colgó.
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