Narra Athalia.
No había dormido muy bien que digamos. A pesar de que le puse pestillo a la puerta, dormí con el celular debajo de la almohada por si tenía que llamar a emergencias y la cama fuera exquisita, no descansé lo suficiente.
La habitación que yo ocupaba era divina. Estaba perfectamente amueblada, y lujosamente. Esta gente de verdad estaba interesada en agradarme en todo, y en hacerme sentir cómoda para que les atendiera al pedazo de animal que tienen como hijo y hermano.
De la poca ropa que tenía opté por unos leggins n***o, una blusa larga que me cubriera tanto la parte delantera como trasera, de color morado y unas sandalias cómodas como para durar mucho tiempo parada y que no me duelan mis pies.
A las mismas siete de la mañana yo ya estaba metida en la cocina, haciendo el desayuno que sería, pan tostado con huevos revueltos, hotcackes, beicon, salchichas de desayuno, frutas picadas, jugo de naranja y también le puse café por si gustaba.
Me preguntaba cuando bajaría a desayunar, y en lo que esperaba su aparición, yo me llené la barriga para poder lidiar con el difícil día que se me venía.
Y me preguntaba, ¿a quién habrá salido tan hijo de puta si su hermana y su madre son buenas personas?
Recuerdo claramente las palabras de su señora madre el día que nos juntamos para conversar sobre la empleada que ella necesitaba para su hijo.
—Si aceptas trabajar para él, solo tendrás que cocinarle y enseñarle a hablar inglés. Me interesa mucho que aceptes por eso, es vital que aprenda el idioma, así en cuanto cumpla la condena convencerlo de mudarse con nosotras a USA. — cuando comenzó hablar, me pareció muy fácil eso que solicitaba en mi para tan buena paga. La cantidad de dinero que ofrecía la señora era exagerada, y no entendía el por qué hasta que prosiguió hablando.
— Asher fue sentenciado a tres años por robo. Después de haber cumplido dos de ellos bajo las rejas, su hermana logró que este último lo pueda cumplir en casa. Es decir, prisión domiciliaria. A pesar de que consumía cocaína, por buena conducta y relaciones, logramos sacarlo de la cárcel con la condición de que, por doce meses, no pise el asfalto.
En la casa solo estarían ustedes dos. La señora de limpieza asistirá los martes y jueves para asear todo el espacio, y tu tendrías desde los viernes en la tarde, hasta el domingo en la noche para irte con tu familia o hacer lo que quieras después de las primeras tres semanas—
Estaría sola con un ladrón las veinticuatro horas del día, dormiría bajo el mismo techo que él... esas eran las dos cosas que más perturbaba la mente en ese momento, y se me notó tanto que la señora me dijo que no era obligatorio aceptar, y que entendía si rechazaba el empleo, ya que unas veintidós personas lo habían hecho.
Sin embargo, estudiar arquitectura era un lujo para nosotros los pobres, yo necesitaba ese dinero, además de que estaría mucho más cómoda. Si tomaba el empleo, no tendría tres trabajos y seguiría ganando aun así una miseria, sino que hasta podría ahorrar con ese salario que la señora me pagaría.
Me dieron las diez y media de la mañana esperando que se levantara, o que llamara su madre o su hermana para iniciar el día, y así poder preguntarles si podía yo tocarle la puerta y mandarlo a levantar. Pero no. Ni una ni la otra cosa.
Tras largo rato esperando, ya a punto de quitar el desayuno de la mesa lo escuché bajar las escaleras.
—Ya no voy a desayunar, almorzaré solamente. Me gusta comer al mismo medio día. Soy muy puntual — fue lo que me dijo, sin ni siquiera mirar la mesa que le había preparado como un verdadero dueño y señor de casa.
Sentí que la sangre me hirvió.
—Primero, buenos días. ¿Usted cree que no vale lo que hago? Estoy de pie desde las siete de la mañana, pendiente a usted. ¿Le hice ese desayuno y ahora resulta que eso me dice? ¿Qué se supone que haga con toda la comida? ¿La desecho? — me llevé ambos brazos a la cintura.
—Usted sabrá que hará con ella. De almuerzo voy a querer ensalada de brócolis, arroz con maíz, pollo frito y un jugo de limón. Esta fácil eso, chacha. Esperaré que me llames, puntual — estuvo a punto de volver a subir las escaleras.
—Fíjese que lo que está sobre la mesa es lo que usted o va a desayunar o va almorzar, como usted elija. — lo encaré.
—¿No recuerda que le dijeron que entorno a la comida yo mandaba? Obedezca. — me miró con superioridad.
—Además, ese desayuno que hiciste no me gusta ni un poco. No me abre el apetito — miró con asco la mesa.
Asentí.
—No, porque de seguro en la cárcel usted comía a la carta. Allá le ponían un bufete y usted escogía que comer, si sushi, cerdo, camarones o cangrejo. — lo vi quitar la cara de burla que llevaba puesta.
—Hágame una lista con las cosas que quiere comer, señor Asher — no me contuve.
Yo nunca había optado por hacer este tipo de trabajos, pero la necesidad obliga a uno a muchas cosas. Sin embargo, siempre he dicho, que ningún trabajo denigra a cualquier persona. Es el trabajo que dignifica al hombre, y que este ladrón, que por querer tener todo fácil, me humille y me quiera hacer sentir inferior a él, solo me llenaba de valentía.
Yo no pensaba bajar la cabeza.
No noté en qué momento avanzó tan rápido hacia mí. Ni siquiera llegué a ponerle la mano a los platos que estaba a punto de recoger, cuando lo sentí detenerse frente a mi como una sombra. Fue el rápido desplazamiento de su cuerpo el que hizo que una brisa se produjera en el espacio, y ese viento llevara mi cuerpo a chocar contra la pared que quedaba al lado de la gran ventana del comedor.
El suceso de mi espalda contra el duro concreto, y su cuerpo casi rozando con el mío, me hizo darme cuenta que estaba casi debajo de él. Sus ojos verdes me miraron fijamente, mientras yo no pude evitar analizar a la persona con la que me enfrentaría diariamente.
Tenía el rostro delgado, se le notaban mucho los huesos en su mandíbula, como si siempre la llevara apretada. Su nariz perfilada y los ojos muy pequeños, en los cuales para ser joven, a su alrededor tenía patas de gallina, en conjunto con el parpado caído. Poseía pocos buches, es decir, tenía las mejillas chupadas, como diría mi madre. Unas bonitas pecas era de lo que disfrutaba su rostro, y en sus labios delgados, un lunar.
Tenía un desastre en la barba, pero creo que eso era lo que lo hacía aparentar más malandro. Sus cabellos eran rojos, no sé cómo describirlo, eran casi anaranjados. Los de su barba eran un poco más claros, casi rubios, y se veían gruesos a diferencia de los de su cabeza. Los de la frente los peinaba hacia delante, mientras que atrás estos estaban más largos y le bajaban como una cola hasta su nuca, rapándose los cabellos de los lados muy bajito.
—¿Acaso no le teme usted a nada? ¿Quién le dio el permiso de hablarme de esa manera? Pareciera que soy yo quien trabaja para usted, o si fuera mi madre — su voz ahora que lo pienso, le quedaba perfectamente bien con su personalidad. Es como si llevara el Auto-Tune siempre activado. ¿Gruesa, áspera, ronca? Una combinación confundible.
—No se atreva a ponerme la mano — le dije sin más ni menos.
—Quien le dijera que quisiera tocarla, le mintió. A mí no me provoque, no me cuestione, ni tampoco me mande —
Trague en seco. ¿Por qué debía humillarme en lo personal?
—Le voy a preparar lo que se le antoja para almorzar, señor. Usted dígame a qué hora iniciamos con las clases de inglés — no iba a continuar con el tú me dices y yo te digo.
Creo que le sorprendió que le dijera aquellas palabras, pues su rostro cambió, y su expresión fue nula. No me dijo nada, se alejó de mí y subió las escaleras sin mirar atrás.
Me apoyé de la mesa de cristal, respiré hondo, me pasé las manos por el rostro y me convencí de que esto debía hacerlo por mí, por mi futuro, por cumplir mi sueño.
Recogí todo lo que había preparado para que desayunara y lo empaqué en unos embaces higiénicos, los metí en una bolsa y puse el arroz a cocinarse, mientras subía, me cambiaba los zapatos, salía con prisa y llevaba los alimentos al parque cerca de la residencia, en el cual había muchos vagabundos sentados en los bancos. Estos me agradecieron muy contentos, mientras yo me sentía bien sabiendo que no los tiré a la basura. Más bien, mi humor cambió, pues me hice de cuenta que no me levanté temprano para que alguien no lo valorara, imaginé que lo hice para llenarle el estómago a personas sin hogar, que no sabían si comerían en el día de hoy.
—¿Dónde estabas? — no entré bien a la casa cuando el señor, estaba de pie, junto a la repisa, en el pasillo de entrada, cruzado de brazos, todavía con la pijama.
—Donde no le incumbe — fue mi respuesta avanzando hacia la cocina. Tenía que mirar el arroz. Lo sentí seguirme.
—No puedes salir sin avisarme, ¿se te olvida que trabajas para mí?— que intenso.
—Trabajo para su madre, que me llame ella y me pregunte donde estaba. Ahora con su permiso, no me gusta que mientras yo cocine, me estén molestando. ¿No le es suficiente con lo que va del día?— no me molesté en mirarlo.
Si pudiera matarme con la mirada, lo hubiese hecho hace rato.