Capitulo 5: Infante parte 1

1364 Palabras
"El niño que deja de ser niño y madura en su interior" Para muchos Joshua era simplemente un enigma, un hombre solitario envuelto en un aura de misterio. A pesar de las circunstancias inusuales de su nacimiento, siendo el hijo ilegítimo de un adinerado hacendado, se había convertido en el único heredero de una considerable fortuna. Sin embargo, la riqueza no había logrado comprarle aceptación ni borrar el estigma que lo perseguía. A los ojos de la sociedad, Joshua seguía siendo un marginado, un extraño al que se miraba con recelo y desconfianza. Pero, ¿cuánto de ese desprecio merecía realmente? ¿Era justo juzgarlo por los pecados de su padre o por las circunstancias de su nacimiento? La vida, como un río caudaloso, a menudo nos arrastra por caminos inesperados, y Joshua había sido arrastrado a una corriente turbulenta desde el principio. La verdad era que Joshua era un alma sensible y compasiva, un hombre que anhelaba la conexión y la aceptación, pero que se encontraba atrapado en una jaula de prejuicios y malentendidos. Su soledad era un muro invisible que lo separaba del mundo, y cada intento de acercamiento era recibido con miradas frías y palabras hirientes. En el laberinto de la vida, a menudo nos encontramos desempeñando roles inesperados. A veces somos los villanos de nuestra propia historia, tomando decisiones equivocadas y causando dolor a quienes nos rodean. Pero otras veces, somos las víctimas, atrapados en circunstancias que escapan a nuestro control y sufriendo las consecuencias de las acciones de otros. ¿Cuál era el papel de Joshua en esta compleja trama? ¿Era el villano, el hijo ilegítimo que había heredado una fortuna inmerecida? ¿O era la víctima, el hombre solitario que anhelaba amor y aceptación, pero que se encontraba atrapado en una red de prejuicios y malentendidos? La respuesta, como un rompecabezas intrincado, dependía de quién estuviera contando la historia. Muchos años atrás, cuando Joshua era apenas un niño de 12 años, su vida ya estaba marcada por la soledad y el aislamiento. Su madre, Isabel, una mujer de gran corazón y espíritu indomable, había hecho todo lo posible para protegerlo del escrutinio público y brindarle un hogar lleno de amor y comprensión. Una tarde, mientras jugaba en el extenso jardín que rodeaba la casa, Joshua escuchó un grito desgarrador que provenía del bosque cercano. Sin dudarlo, corrió en dirección al sonido, impulsado por un instinto de ayuda y compasión. —¡Cariño!... ¿Cariño, dónde estás?... ¡Joshua! —gritaba Isabel con voz angustiada. —Aquí estoy, mamá —respondió Joshua con voz temblorosa—. Perdón, encontré un animalito en una trampa y trataba de liberarlo —dijo con tono triste y lágrimas en los ojos. En sus manos temblorosas, sostenía un conejo blanco con el cuello roto y ensangrentado. Una larga cortada cruzaba su brazo, testimonio de su valiente intento de liberar al animal. —No pude salvarlo, mamá —comenzó a llorar, sintiendo el peso de la impotencia y la frustración. Isabel, conmovida por la tristeza de su hijo, lo abrazó con fuerza y le susurró palabras de consuelo. —Tranquilo, cariño. A veces no puedes salvarlos, pero eso no quita que lo intentaste. Vamos adentro, curaré tu herida. ¿Quieres galletas? Entraron a la gran casa, un refugio de paz y seguridad en medio de un mundo hostil. Se dirigieron a la cocina, donde el aroma dulce de las amapolas recién cortadas llenaba el aire. Isabel bajó del estante más alto las galletas y las dejó sobre la mesa para ir por el botiquín al baño. Regresó con Joshua y, con manos suaves y expertas, comenzó a limpiar y desinfectar la herida en su brazo. —A ver… Esto va a doler, pero solo al principio. Listo… Aquí voy. —Mmm… ¡Auch! ¡Duele! —se quejó Joshua, apretando los dientes. —¿Mucho? —dijo Isabel cálidamente, acercándole una gran galleta de chispas de chocolate. —Bueno, no mucho… Dejará una fea cicatriz —murmuró Joshua, mirando la herida con preocupación. —Será una gran cicatriz, tenlo por seguro. Pero, ¿fea?... Esa cicatriz será un recuerdo de que pusiste tu vida en peligro para salvar a un indefenso, y eso no es algo feo —dijo Isabel con un tono cálido y maternal, transmitiendo a su hijo una valiosa lección sobre el valor del coraje y la compasión. La tarde transcurrió con normalidad. Joshua, con su brazo ahora vendado, jugaba a la pelota en el patio cuando esta entró a la casa por la ventana, rompiéndola. Entró con sigilo y en silencio, buscando su pelota por la sala. Por suerte, estaba junto al sofá, pero algo captó su atención: la puerta del sótano estaba abierta. El sótano era un lugar prohibido, un espacio oscuro y misterioso del que Isabel siempre le había prohibido acercarse. La curiosidad, sin embargo, era una fuerza poderosa, y Joshua se sintió irresistiblemente atraído hacia la puerta entreabierta. Dudó un poco, pero entró. Todo estaba en silencio, oscuro y lúgubre, digno de una película de terror. El aire era denso y húmedo, y un olor extraño y penetrante impregnaba el ambiente. Unos ruidos se escucharon en una puerta pequeña en el piso de madera. Asomó su ojo por un agujero, pero solo vio oscuridad. Tratando de ajustar la vista, revisó cada lugar que su limitada visión le permitió. Estaba a punto de rendirse y levantarse, pero unos dedos afilados se lograron ver desde las sombras. El miedo lo invadió como una ola helada. Sin pensarlo dos veces, Joshua dio un salto hacia atrás, tropezando y cayendo al suelo. En ese instante, sintió unos brazos cálidos que lo rodeaban y lo levantaban. Era su madre, Isabel, quien había entrado al sótano sin que él se diera cuenta. —¿Estás bien, cariño? ¿Te hicieron algo? ¿Te vieron? —dijo muy preocupada, examinando a su hijo de pies a cabeza. —¡Mamá, qué es eso? ¿Qué hay ahí? —preguntó Joshua con voz temblorosa, señalando la puerta en el piso. —Vamos arriba —su tono pasó de ser preocupado a uno serio, tanto que, si era posible estar más asustado, lo estaba. En la cocina, sentados a la mesa, Isabel le reveló a Joshua un oscuro secreto que había mantenido oculto durante años. —Entiendes ahora, cariño. Por eso no debes bajar ahí. Tuviste suerte de que no te vieran, pero no por eso creas que puedes confiarte. Son peligrosos y podrían acabar con todos si no los mantengo a raya. —Y… ¿con qué los alimentas? —preguntó dudoso con la boca un poco torcida, su mirada hacia el suelo y las manos juntas entre sus piernas. Una parte de él ya lo sabía, pero necesitaba escucharlo de su madre. —Con los animales que caen en la trampa que encontraste —admitió con total calma, pero con una mirada triste y desviada. Joshua sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La verdad era aún más aterradora de lo que había imaginado. Su madre, la mujer que lo había amado y protegido durante toda su vida, estaba alimentando a unas criaturas desconocidas con animales capturados en trampas. —Está bien, mamá —dijo tomando su mano—. No volveré a ir al sótano ni a meterme con las trampas, lo prometo. A partir de ese día, Joshua vivió con el peso de ese secreto, un secreto que lo perseguirá por siempre y marcaría su destino aún que aún lo sabia. El sótano se convirtió en un símbolo de miedo y misterio, y la relación con su madre se vió dividida entre el amor y la desconfianza y el corazón de Joshua se tambaleaba en un hilo tan fino y delicado que el más mínimo y sutil soplo podía romperla sin saber hacia que lado caería y el niño que quería salvar conejos entendió que, para que el mundo siguiera girando, algo debía morir en la oscuridad. Y mientras el aroma de las amapolas seguía flotando en la casa, Joshua comprendió que su destino estaba sellado: él sería el siguiente en alimentar a las sombras para proteger la luz de los demás.
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