Ante la reacción de Emili, Joshua solo pudo poner ambos platos en la mesita, sintiendo el peso de su mirada ausente sobre él como un manto pesado y húmedo. Las manos le temblaron ligeramente al acomodar los cubiertos, y el metal chocó contra el vidrio de los platos con un sonido seco que resonó en el sótano. Le ofreció una taza de café, su superficie todavía emitiendo un vapor tenue que se desvanecía rápidamente en el aire frío; un gesto de cortesía que parecía absurdo en aquella situación, donde la cadena que ceñía la cintura de ella era el único verdadero lenguaje que ambos entendían.
El aroma del café mezclado con el de los huevos y el tocino llenó el espacio, pero en lugar de calmar los ánimos, pareció encender una tensión invisible que flotaba entre ellos. Emili movió los dedos sobre el borde de su plato, sintiendo la rugosidad del cerámica desgastada, mientras su mente recorría miles de preguntas que no podía dejar de plantearse.
—¿Por qué comes conmigo? —preguntó Emili con una seriedad notoria, rompiendo el silencio opresivo que los envolvía. Su voz, aunque rasposa, tenía una claridad que hizo temblar a Joshua en lo más hondo. Sus ojos, que hasta entonces habían estado clavados en la mesa, se alzaron para encontrarse con los de él— ¿Por qué se molesta en fingir que le importo? ¿Acaso siente lástima por mí?—pensó, mientras una sensación de calor le subía por el cuello, mezclada con la rabia de haber dependido de él durante tanto tiempo.
Joshua se acomodó en su asiento, sintiendo cómo la madera fría le pegaba la camisa húmeda de sudor en la espalda. Había preparado esa pregunta en su mente cientos de veces, pero nunca había encontrado la respuesta correcta. Alzó la taza de café a sus labios, pero el líquido caliente le quemó la lengua y tuvo que escupirlo en un pañuelo sucio.
—Se siente solo comer arriba —respondió Joshua con sinceridad, buscando una conexión humana en medio de la soledad que lo consumía. La luz tenue del sótano le hacía sombras extrañas en el rostro, ocultando parte de la tristeza que se dibujaba en sus rasgos— Además, así podemos platicar. No recuerdo la última vez que tuve una conversación que no fuera conmigo mismo o con los... con los demás.
Emili frunció el ceño, y su mirada se volvió más aguda. El sarcasmo le subió a la garganta como un ácido, y tuvo que tragarse la rabia para seguir hablando. Al mover la mano para agarrar el tenedor, sintió cómo la cadena rozaba contra el suelo con un sonido metálico que le recordaba por qué estaba allí.
—¿Haces lo mismo con todos tus sacrificios? —preguntó Emili, su voz cargada de sarcasmo. Cada palabra salía como un dardo, pero en su interior sentía cómo la curiosidad comenzaba a superar el odio— ¿Soy solo un experimento para él? ¿Una forma de aliviar su conciencia?—dudaba mentalmente, mientras su mente recorría las cicatrices de su pierna faltante, sintiendo el cosquilleo frío que nunca se había ido.
Joshua bajó la cabeza, y sus manos se cerraron en puños sobre la mesa. La confesión estaba a punto de salir, y no pudo detenerla aunque quisiera. Sintió cómo el peso de los años y de todos los que había llevado al sótano antes que ella se abalanzaba sobre él como un tsunami.
—No, jamás he tenido consideración —confesó, su voz apenas un susurro que casi se perdió en el eco del lugar— Jamás he aflojado sus sogas, comido con ellos, traído cosas. Ni siquiera pregunto sus nombres. Antes, apenas me limitaba a explicar levemente la situación, a decirles por qué tenían que ser ellos, y luego... luego simplemente hacía lo que tenía que hacer. No sentía nada. Nada más que el vacío que me llenaba desde que mi hermana se fue.
Emili se quedó inmóvil, sorprendida por la sinceridad en sus palabras. Había esperado excusas, mentiras, pero no esa confesión desgarrada que parecía sacarse de las entrañas. Mantuvo la mirada fija en él, notando cómo sus manos temblaban y cómo los ojos se le llenaban de lágrimas que no dejaba caer.
—¿Por qué… es diferente conmigo? —preguntó Emili, su curiosidad superando su resignación. Al hablar, sintió cómo la sequedad le ardía la garganta, y movió la lengua para humedecer los labios agrietados— ¿Qué ocurrió con ese cambio? ¿Qué me hacía diferente de las demás víctimas? ¿Qué vio en mí? ¿Acaso soy más que un simple cuerpo para mutilar?—su mente no se permitía descansar pues cada vez surgían más dudas, y una parte de ella temía conocer la respuesta mientras la otra anhelaba entender por qué había sobrevivido tanto tiempo cuando los demás no lo habían hecho.
Joshua levantó la vista, y sus ojos se encontraron con los de Emili. Por primera vez desde que la había traído allí, no intentó ocultar lo que sentía. La cara le ardía, y el sonrojo le subía hasta las orejas, pero finalmente pudo decir lo que llevaba guardado en su corazón desde el día que la vio.
—Es difícil de explicar —reveló, pasándose la mano por el pelo sucio y desordenado— Creo que vi algo… en tus ojos, en tu voz, en tus cicatrices. Supe que eras como yo. No te elegí al azar, te vi cuando intentaste quitarte la vida; tú querías morir y yo a alguien a quien matar, por eso no creí que esto pasaría. No creí que empezara a preocuparme por ti, que me preguntara si te duele el frío por las noches, que quisiera saber si te gusta el café con o sin azúcar.
La frase colgó en el aire como un peso muerto, y el silencio volvió a envolverlos, pero esta vez era diferente —menos opresivo, más cargado de significados que ambos luchaban por entender. Emili sintió cómo su pecho se contraía, y una mezcla de emociones le hizo temblar: sorpresa, lástima, confusión y una extraña sensación de reconocimiento que no podía definir.
—¿Esto? —preguntó Emili, sin comprender completamente el significado de sus palabras. Su mano se fue involuntariamente a la cadena que la sujetaba, y sintió cómo el metal frío le recordaba la realidad de su situación— ¿Qué significa "esto"? ¿Acaso se arrepiente de haberme elegido? ¿O hay algo más que no estoy entendiendo?—pensó, mientras su mente recorría todas las conversaciones que habían tenido, buscando alguna pista que la ayudara a descifrar lo que Joshua quería decir.
Joshua no respondió, su cara sonrojada lo delataba. Las palabras se le atascaban en la garganta, y sabía que no podía explicar lo que ni él mismo entendía. Sintió cómo la angustia lo invadía, y se puso de pie con tanta rapidez que la silla crujió contra el suelo de madera con un estruendo ensordecedor. Solo pudo irse, incapaz de articular sus pensamientos confusos.
—Termina de comer, empezaremos más tarde —dijo antes de subir las escaleras, su voz rota y cargada de emoción que no podía controlar. Los pasos se hicieron cada vez más débiles a medida que ascendía, hasta que el chirrido de la puerta y el sonido del cerrojo confirmaron que se había ido, dejando a Emili sola con sus pensamientos.
El aire del sótano se volvió más frío ahora que no estaba él, y el vapor del café se desvaneció completamente. Emili se quedó sentada por un rato, mirando el plato de comida que seguía intacto frente a ella. Luego, contrario a todo pronóstico, sonrió. Una sonrisa tenue, casi imperceptible, que se dibujó en sus labios agrietados y reflejaba una extraña mezcla de alivio y anticipación. Alzó la mirada hacia las rendijas del techo, donde la luz del sol comenzaba a filtrarse con más fuerza, y sus dedos acariciaron la cadena que la sujetaba como si fuera un talismán en lugar de un símbolo de cautiverio. Quizás... quizás haya algo más en todo esto. Quizás no todo esté perdido.