Capítulo 20: Como la primera vista

1303 Palabras
—Puedo darme un baño arriba? —preguntó Emili, su tono aún dudoso, casi como si esperara una negativa rotunda, como si pedir algo tan simple como lavarse fuera un lujo que no tenía derecho a solicitar. La sangre seca y el sudor se le pegaban a la piel, formando una capa áspera y pegajosa que le irritaba la garganta y le hacía sentir sucia por dentro y por fuera. a pesar de que su cuerpo había sido limpiado cuidadosamente por Joshua el día anterior era una incomodidad física constante que contrastaba violentamente con la extraña serenidad que había encontrado en su mente, esa calma que había llegado después de aceptar que su destino estaba atado a este lugar y a este hombre. Joshua la miró fijamente, y en su mirar se libró una lucha interna visible, un duelo silencioso entre la desconfianza que le había sido inculcada desde niño y el impulso, cada vez más fuerte, de tratarla como a un ser humano y no como a una ofrenda, en ese momento llegó a su mente como un recuerdo lejano que el mismo había sugerido que emili conociera la casa pero el no sabía porque lo hablar ofrecido en primer lugar, pero su palabra era su palabra. –Esta bien —aceptó, frunciendo el ceño, y luego añadió, con una advertencia apenas velada que sonó más como una súplica que como una orden: —Pero no intentes nada. No intentes escapar, no intentes buscar ayuda. Por favor, Emili. La confianza que le ofrecía era frágil, construida sobre arenas movedizas, un equilibrio precario que podía derrumbarse con un solo movimiento en falso. —Está bien —respondió Emili, con un leve asentimiento de cabeza, sin apartar la vista de él, transmitiendo con su mirada que entendía las reglas, o al menos que estaba dispuesta a jugarlas por ahora. Joshua asintió, dando por cerrado el trato, y se puso de pie con un gruñido bajo. Caminó por el sótano saliendo de el, al cabo de unos minutos regreso y consigo llevó la silla de ruedas que había pertenecido a su madre, un objeto de metal cromado y asiento de cuero n***o que parecía haber estado olvidado en ese rincón durante años. La llevo donde estaba Emili y comenzó a limpiarla. Con una delicadeza inesperada, casi reverente, Joshua ayudó a Emili a acomodarse en la silla. Sus manos, grandes y callosas, se movieron con sorprendente suavidad al ajustar las correas, asegurándose de que estuviera cómoda y, más importante aún, segura, sin que nada le lastimara los muñones que uno empezaba a cicatrizar y el otro fresco por la noche anterior. Emili sintió el contacto de sus dedos en su cintura, un calor que penetró a través de la ropa raída, y no se apartó; al contrario, sintió una extraña calma en esa proximidad. —Listo —murmuró Joshua, más para sí mismo que para ella, y se colocó detrás de la silla. Luego, con un esfuerzo considerable que hizo que sus músculos se tensaran visiblemente y que su respiración se entrecortaba, comenzó a subir la escalera empujando la silla. Cada peldaño era una batalla contra la gravedad y contra su propia voluntad de mantenerla alejada de la luz. Emili se aferró a los brazos de la silla, pero también, sin darse cuenta, sus manos rozaron las de él cuando pasaron por un recodo, sintiendo el calor de su cuerpo, la fuerza bruta de sus brazos que la estaban sacando de la oscuridad. Cuando finalmente salieron al pasillo principal de la casa, la luz del día, aunque suave por las cortinas, les golpeó los ojos. Emili parpadeó varias veces, acostumbrándose a la claridad, y entonces la primera vista del mundo de arriba se desplegó ante ella: la sala, grande y espaciosa, con muebles de madera oscura que, a pesar de verse antiguos, con líneas clásicas y elegantes, parecían estar muy bien cuidados, pulidos hasta brillar suavemente. El polvo no existía en aquel espacio; todo estaba en su lugar, el orden era impecable, un contraste sorprendente y casi doloroso con el caos húmedo y sombrío del sótano. Era como entrar en otro universo. —El baño de invitados está al final del pasillo —dijo Joshua mientras la llevaba hasta allí y, una vez en la puerta, comenzó a desatar las correas con movimientos rápidos. Su voz sonaba un poco más relajada ahora que estaban fuera del sótano, como si el peso de las sombras se hubiera levantado un poco de sus hombros. —Gracias —murmuró Emili, empujando las ruedas para entrar al baño, mientras lo hacía, su ojo recorrió los detalles del baño, clavándo su mirada en las fotografías antiguas enmarcadas que colgaban de las paredes antes de llegar al baño: familias sonriendo, niños jugando, retratos formales. Vio también los libros en las estanterías altas, de lomos gastados por el uso. Se dio cuenta de que esto era un hogar, un lugar donde la vida había transcurrido, donde se había reído y llorado, un santuario que Joshua protegía ferozmente de la oscuridad que habitaba abajo. —Estaré por aquí, en la cocina —dijo él, señalando hacia el fondo del pasillo con un movimiento de cabeza. —Te llevaré ropa limpia en unos minutos, mientras... bueno te dejo aquí. —Está bien —respondió ella. Joshua asintió, y antes de retirarse, la miró una vez más, con una expresión difícil de descifrar, y luego se dió media vuelta para volver a bajar al sótano, dejando a Emili sola en el humbral de la puerta del baño. Escuchó sus pasos alejarse y luego el crujido de la puerta del sótano al cerrarse, separando de nuevo los dos mundos. Mientras Joshua descendía de nuevo a la oscuridad, Emili se quedó allí, apoyada, observando el mundo que Joshua habitaba cuando no estaba atado a su deber. El baño, la promesa de agua caliente y limpieza, era una distracción bienvenida, un alivio físico que su cuerpo anhelaba, pero su mente ya estaba en otro lugar, procesando todo lo que había visto. Con esfuerzo, llegó hasta el baño y cerró la puerta detrás de sí, echando el cerrojo con un clic suave. El olor a jabón suave y a limpieza llenó el aire, algo totalmente ajeno a lo que había respirado en las últimas horas. Al acercarse al espejo sobre el lavabo, se miró en el, lo que vio le hizo detenerse en seco. Su reflejo era el de una mujer demacrada, con el cabello algo enmarañado, formando uno que otro nudo y el rostro manchado de sangre seca que Joshua no pudo quitar del todo, con ojeras profundas que le daban un aspecto fantasmal. Tenía moretones en las muñecas y en el cuello, marcas visibles de lo que había sucedido. Pero su mirada... su ojo, el único que le quedaba, no reflejaba la imagen de una mujer derrotada. Brillaba con una intensidad inusual, una llama viva que parecía haber sido avivada por el mismo fuego que la había consumido. Había una mezcla extraña de locura en su reflejo, de esa que nace de haber tocado el abismo y no haber caído, y una nueva determinación, férrea y absoluta, como si en ese espejo, por primera vez, estuviera viendo realmente a la persona en la que se había convertido. Se quedó mirando su propia imagen durante largo tiempo, sin moverse, sintiendo cómo el silencio del baño la envolvía. pensando que no saldría de ahí pero la idea ya no llegaba como una realidad dolorosa sino como un lazo; una misión compartida y quizá el deber de Joshua también era suyo mientras dure, mientras termine o hasta que ella muerra, quizá solo un lazo simple y sencillamente un lazo nuevo y solo tenía que aceptarse a sí misma como sacrificio aún que sospechaba que Joshua ya no la miraba como uno.
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