Capítulo XII
Y unas horas antes, pasaba del medio día cuando la conductora del carretón de los perros contentos, llegó a su casa en “La Nopalera” La popular colonia donde vivían la mayoría de los carretoneros de esa área de la ciudad, como siempre, pasó por las calles sin llamar mucho la atención, ya que era muy común ver viejos carretones de basura tirados por caballos en esa zona, su rústica vivienda se podía decir que era la más refundida, hasta el fondo de aquella especie de deshuesadero clandestino, rodeada por auténticas colinas hechas de basura de plástico y metal, entre restos de autos viejos y diversos armatostes que formaban un laberinto en el que era muy fácil perderse, tan solo algunas personas tenían contacto con ella y el área donde vivía, era como un territorio sagrado que muy pocos se atrevían a visitar, ante la constante amenaza de cientos de perros que llegando ahí dejaban de mostrarse contentos, convirtiéndose en auténticos cancerberos, que amenazaban con devorar a quien osara acercarse, ni siquiera los del cártel de Anzaldúas se atrevían a molestarla, ya que cuando su ejército quiso extender su dominio en aquel territorio, sucesos inesperados comenzaron a forjar una historia de misticismo, donde se decía que ahí vivía una bruja: “La bruja del arrabal” le decían, y su historia estaba llena de extrañas desapariciones, luces en el cielo y la inexplicable actitud de los cancerberos que la acompañaban, que aún nadie había podido aclarar.
Estacionó su rustico carretón bajándose ágilmente para tomar el cuerpo del perro que yacía inerte, el labrador blanco, más muerto que vivo, pero, aunque su cuerpo se sentía frio, igual que el frio de muerte que imperaba en el ambiente, no tenía señales de rigor mortis y cargándolo amorosamente lo introdujo a su casa, a los pocos minutos, salió para llevarse cargando también al otro perro que ya no se movía, tan solo se quejaba lastimosamente, con un par de agujeros de bala en un costado.
Nadie sabía de donde había venido, tan solo sabían que siempre había estado ahí, se decía que había llegado antes que todos en aquella ciudad con más de 200 años de haber sido fundada, porque ni los más viejos habitantes de aquel lugar podían decir que la vieron llegar, la bruja del arrabal le decían, y se decía que era la propietaria legal de todo aquel territorio, porque nunca había sido molestada por ningún tipo de autoridad, ni local, ni estatal, ni federal y era la que asignaba los terrenos a los que llegaban a vivir ahí, aunque no lo hacía directamente, ya que algunas personas que fungían como jefes de manzana, se encargaban de organizar a los vecinos, las mismas personas que negociaron la paz con los cárteles que alguna vez pretendieron controlar ese territorio, las mismas que arreglaban todos los asuntos municipales con respecto al relleno sanitario en el que vivían, que eran las únicas que tenían contacto personal con ella, las pocas personas que conocían su verdadero nombre, no se atrevían a revelarlo, y era conocida entre el gremio de carretoneros de aquel arrabal de ropavejeros y carroñeros, como: “La Polaca”