Capítulo 2.- De camino a la selva
—Bueno, no me puedo quejar, al menos trae puestos zapatos a todo terreno. —Comentó Carlos, mientras emprendían camino tras una senda impredecible e incierta tras escudriñar el calzado con suela antideslizante ideal para exploración a campo.
—No empiece de nuevo, ¿quiere? —ordenó distorsionando su rostro y volteando los ojos con ademán de fastidio e insolencia.
—Dígame, sin mucho preámbulo, ¿qué tanto trae en ese morral ? ¿Comida? ¿Agua? Le aseguro que será lo único que valoraré.
—Traigo lo mismo que usted, provisiones y mi atuendo personal.
—Le advierto que en este lugar hay Pantheras onca, tigrillos, micos nocturnos; feroces y hambrientos caimanes, víboras venenosas y cuanta alimaña se pueda usted imaginar en el mundo real, así que no se acostumbre a su morral, quizá tenga que prescindir de él para salvar nuestro pellejo.
—Cuanto lo siento, pero ni porque haya osos pardos dejaré mis pertenencias, y si llegase a ocurrir algo así, usted tendría que regresar por mis cosas, ¿o acaso no se ha dado cuenta de que puedo ser lo suficientemente fastidiosa?
—Obvio que lo eres. Típica Cuaima. ¡Deberías platicar menos y caminar mucho más! A este paso de niña exploradora llegaremos en tres semanas santas.
Diana estrujó los dientes y refunfuñó al arrebatar las ramas que a su paso eran lanzada contra su cara y a él le gustó la contorsión de su rostro con cada puchero que hacía y se bufó furtivo del colorido tono que adquirieron sus orejas ante su calentura producto de un evidente enojo. Por un momento, sintió como si estuviese al lado de una colegiala y no de una profesional universitaria, según las conclusiones a las que había llegado con sus deducciones y conjeturas. En Venezuela el anillo de graduación es el simbolismo de tu perfil profesional y él conocía muy bien a los egresados con el suyo. Había formado parte de diversos centros de Investigación Caraqueña y su carrera no le era desconocida. En ocasiones sintió necesidad de conversar acerca de su desempeño y sus anécdotas como estudiante y sus inquietudes como egresado, pero cada vez que recordaba las miradas despectivas que le arrojaba como lanzas inclemente, se abstenía. Después de todo, esa mujer no significaba nada en su vida y si venía con las mismas intenciones que la de todos los demás mineros, no deseaba entablar ningún tipo de amistad o vínculo con ella. Quizá no solo es una aventurera si no también, una peligrosa Mapanare con falda. Así que como no deseaba aplicarse suero antiofídico al corazón, prefirió bloquear todo tipo de concepción, vínculo o idea afectiva con alguien como ella. No pretendía dejarse engañar de nuevo. No, señor, eso sí que no. Le bastó con las cuatro veces en que intentó establecerse sentimentalmente. Inició como un buen amigo. Esperaba que de esta forma pudiese conocer mejor a una chica, pero resultó garrafal. ¡Monstruoso! Le habrían de tocar solo amigas promiscuas que veían con total naturalidad el conversar sobre sus citas y amoríos, incluso, tuvo unas a quien dejo de ver sin explicación alguna luego de que con sus propios labios le contase la forma y cantidad de orgasmos que habría alcanzado sobre el mesón de laboratorio. ¡Negligente y desvergonzada! Ni siquiera le tuvo respeto por sus méritos académicos. Era una mujer de las que debía alejarse. Ni loco que estuviera para meterse en el medio de la cuenca del río Catatumbo. ¡No señor!, estaba convencido de no dejarse electrocutar—en un sentido literal y metafórico—por ninguna mujer. Pensaba en ella cuando extrapoló sus recuerdos al momento. Vio como ella lo seguía a pesar de que luchaba como una señorita de alta alcurnia tratando de abrirse paso entre tantos matorrales. Claro, era evidente que de alta clase socia nada tenía. Sabía reconocerlas a leguas. Vivió lleno de lujos y rodeado de ese tipo de personalidades a quienes la sociedad respeta según el grosor de la billetera y el arca financiera. Sabía que tampoco eran personas del respeto total. Podría extraer con pinzas y colocar en una placa de análisis microbiológico las medidas nanometricas que contabilizaran a quienes consideraba buenas personas. Pero esa muchacha tenía algo. Lo Intuía. Solo eso. Por alguna razón, le parecía buena gente. Buena onda como aprendió a referirse a las personas de buen actuar. De buenas acciones. Claro, también aprendió a ser prudente, así que no podía irse de bruces a abrirles los brazos y darle la confianza a la primera loca de carretera que se le atravesase en el camino. Eso también lo aprendió muy bien desde que llegó a vivir en el país Caribeño que más lo había atraído. Su carrera profesional lo hizo visitar muchos lugares, especialmente del Caribe y las Antillas, aún en contra de su familia europea, que consideraba una locura irse a hacer investigaciones “científicas” , entre comillas y con mucho énfasis, en lugares tan inhóspitos como los de su elección. Lo desaprobaron tanto como desaprobaron su matrimonio con esa mujer hindú, cuyas tradiciones y costumbres, pretendían solapar las de su exquisito linaje.
La joven dejaba ver con descaro su molestia, pero aun así optó por seguirlo obediente, agilizaba el paso de la mejor forma y se hacía la disimulada cada vez que pisaba en falso, tropezaba o caía. Obvio que nunca había estado en terrenos parecidos. Su cabello llegó a enredarse de algunos ramales y tras expulsar una bocana de aire que hizo mucho más evidente la tímida voluptuosidad de sus pechos tras la camisa de cuadros, logró hacer un moño que retuviera en un solo lugar su cabellera. Un intercambió de miradas silenció el espació por unos segundos, él escudriñó su rostro, el contorno de sus labios, los pronunciados pómulos y hasta se atrevió a aspirar suave y discretamente el aroma de su piel que se le antojó a flores. De seguro alucinaba, se dijo a sí mismo, porque con tanta vegetación, petricor y humedad ¿cómo es que podía clasificar las fragancias de su anatomía? Tras unos segundos de contacto visual, él pudo arrancar un tenue rubor de su carrillera y ésta pareció intimidada.