A medida que pasaban las horas Zoe comenzaba a sentir que aquella decisión no había sido del todo acertada. El calor era agobiante y la humedad no colaboraba. El pequeño Cassi se movía sin dificultad pero ella comenzaba a sentir un cansancio inusual, sumado al temor latente de cruzarse con algún reptil indeseado. Llevaban 4 horas caminando cuando el joven se detuvo y le señaló unas rocas cubiertas por la apacible sombra de unos altos cañaverales. Zoe comprendió que sugería un descanso y lo aceptó encantada. Bebió agua fresca, intentó secarse el sudor de su frente y su traicionero estómago delató que comenzaba a sentir hambre. Al igual que había hecho Noah en aquella primera visita, Casai, trepó para alcanzar unos plátanos de lo alto de los árboles.Cuando se los ofreció ella sonrió y en

