El sol se coló demasiado temprano por las ventanas de la cabaña. El calor ya era amenazante desde esa hora, lo que presagiaba que el día rozaría lo insoportable. Se escuchaba el canto de varios pájaros estridentes y su cuerpo reclamaba por más descanso. Sin embargo, Zoe no podía sentirse más feliz. Sólo escuchaba el palpitar pausado del corazón del hombre que amaba debajo de su oído. Se había quedado toda la noche, o al menos las cortas horas que le siguieron a aquel efusivo tercer asalto. Sin querer despertarlo aún, intentó librarse del pesado brazo, que yacía sobre su cintura, pero no le resultó sencillo. Entonces oyó ese bufido de fastidio que comenzaba a adorar. Noah no abría sus ojos, pero parecía quejarse haciendo más presión sobre su cuerpo. -Buenos días, dormilón.- le dijo ella

