El silencio también hiere

1168 Palabras

Esa noche me arreglé como nunca. Me puse un vestido rojo de esos que sé que le gustan, el maquillaje perfecto, el cabello suelto y ese perfume que, aunque él diga que no le gusta, sé que lo vuelve loco. ¿Para qué? Ni sé. Quizás para ver si reaccionaba, si al menos se le removía algo en el pecho. Pero nada. Max llegó a la casa como si viviera con una compañera de cuarto. Ni un beso, ni una mirada. Solo preguntó por los niños, cenó en silencio y se encerró en la oficina. Yo me quedé sentada en la mesa, con la copa en la mano, mirando la nada. —“Dios mío, ¿en qué momento esto se volvió una rutina sin alma?” —me pregunté por dentro. Cristal me escribió: "Amiga, ¿vas a venir al restaurante o te quedas en casa con el ogro?" Le respondí con un corazón roto y un "ya voy". Me puse los tacones

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