Capítulo 8

734 Palabras
CAPÍTULO 8  Minutos antes...  ARIA.  —Estás loca si crees que te entregaré a Dante y regresaras a la tierra—logra decir Hera mientras está pronto de ser asfixiada por mi brazo que rodea su cuello —. Admiro tu valentía por querer matarme, pero eres una estúpida que se arrepentirá —mira a mi madre —. Pedazo de hija te traías escondida, Perséfone.  Clavo mis ojos en los de mi madre, quién está paralizada en su lugar con las manos algo elevadas. Las palmas abiertas y el sudor haciendo brillar su rostro salpicado de pecas.  —No perderé nada contigo si hago que tu alma se quede aquí para siempre, Hera —clavo un poco más la punta del hacha en su mejilla. Ella grita, tratando de liberarse—. No voy a dar el brazo a torcer por no saber perder —se me llenan los ojos de lagrimas —. No voy a perder la oportunidad de vengarme de Dante y ver una vez más los ojos de… de Amenadiel.  Siento como algo en mi pecho se quiebra en cuanto lo nombro.   No es que mi memoria ha quedado vacía luego de todo lo que pasó y que simplemente me he olvidado de su nombre.  En realidad, evito pensar en él porque si su nombre repercute en mis pensamientos seré una egoísta que no puede dejarlo ir.  Tuve la oportunidad de elegirlo, de hacer todo distinto. Sin embargo, la codicia se apoderó de todos mis deseos y escogí a Dante en su lugar.  Pensar en Amenadiel era insultarlo. Y lo que menos quería era eso.  Él merecía tener a alguien mejor que yo.  —Te queda poco tiempo, suegrita—veo como aparece alrededor de la punta del hacha un punto rojo.  Sangre noble.  Hera grita, suplicante. Genial.  —¡Bien!—grita ella, dándose por vencida—¡Te daré lo que pides, ahora suéltame!  La aparto de un empujón y esta cae al suelo con los brazos tendidos. Varios mechones de cabello le cubren el rostro cuando sus ojos recelosos me observan con ira.  La humillé y sé bien lo que se siente.  —¿Estarás bien?—le pregunto a mi madre, quién sigue pálida por la situación.  Rompe contacto visual conmigo.  —Solo vete, hija.  Su voz, decaída y decepcionada me dejan una punzada en el corazón.   —Te veré en la tierra, mamá—le susurro con un nudo en la garganta.  —Pedazo de mierda—me insulta Hera, quién sigue en el suelo mientras me observa pasar un dedo por la punta del hacha la cual contiene su sangre.  Chupo la yema de mi dedo, deseando en silencio lo que tanto ha suplicado mi alma. Su sangre sagrada me ayudara a cumplir lo que anhelo.  —¡Solo cállate, Hera!—el grito de mi madre me sobresalta.  Dicho grito viene acompañado con una patada en el medio de la cara. La esposa de Zeus cae desplomada boca arriba.  Miro a mi madre con los ojos bien abiertos.  No esperaba eso.  —Vete, tengo cuentas que saldar con esta perra—escruta mi madre con los ojos puestos en ella y avanza a paso lento hacía su cuerpo desvanecido.  No tengo el privilegio de ver ansiosa pelea entre diosas porque al instante me dirijo a otro plano.  Esa sensación ya la conozco.  Primero sientes un cosquilleo extraño en el estómago, luego dolor de cabeza, sudor en las manos y de pronto ardor en los ojos que no te permiten ver del todo a dónde vas.  Dolores mundanos para una transportación al mundo mundano, supongo.   Fue la misma experiencia cuando viaje al plano terrenal hace siglos otras.  El tema era a dónde demonios iba a parar.  Abro los ojos con gran dificultad. Los vuelvo a cerrar cuando, lo que supongo que es la luz del sol, penetra finalmente en mí después de tantos días en la oscuridad.  Ese calor extraño, inexplicable e incoloro que irradia en mis pálidos brazos.   Cierro los ojos. Sonrío.  Supongo que funcionó. Y todo gracias a tu esposa, Zeus inútil.  Cuando mi vista se acostumbra, mis oídos se afinan y oigo en la lejanía el cantar de los pájaros. Lo tomo como una bienvenida o el inicio de una maldición.   Da igual. Observo el cielo azul, el cual empieza a marearme por su precioso color.  Estoy de nuevo, perras
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