Bernadette golpeó la barandilla, resonando como un eco en el parque desierto. —¿Elizabeth sustituyó a su hermana durante casi dos años y nadie lo supo? No me lo puedo creer. —Nadie se preocupó —dijo—. Las dos personas que lo sabían (Elizabeth y James) ya se conocían. No tenían que fingir su relación. Y a Georgia, manipulada por James, la engañaron. He comprobado en Internet la medicación que encontré en su casa. Antidepresivos fuertes que la habrían dejado un estado de ausencia. Entiendo que dejó de tomarlos después de que Emily, quiero decir Elizabeth, los dejara, lo que la impulsó a contactarme. —Y, James, ansioso por agradarle, la dejó, suponiendo que no encontrarías nada. —Tenía razón. He descubierto un maldito embrollo. Pero no he encontrado a su hija. La chica que estaba tumbada

