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1016 Palabras
"¿Bienvenida, señorita Maya? ¿Quiere subir? Yo la llevo", comentó, y negué: "Me gusta caminar, gracias. Después de tantas semanas, volver a ver a la persona que me había roto el corazón era raro". A pesar de mi orgullo herido, me subí. "Me alegra mucho que haya regresado. Siempre ha sido una secretaria muy eficiente, así que era necesario que volviera", dijo. "¿De verdad?", pregunté confundida. "Sí, además ahora va a tener más trabajo", explicó. "¿Por qué?", cuestioné sin entender, y él sonrió. Pronto llegamos a la mansión. Indicó a otro empleado que llevara mi maleta a la casa y comencé a avanzar. Llevaba ropa ancha que ocultaba mis curvas, y no me veía nada en el reflejo que vi a través de la puerta. Avanzamos, con Adán adelante. Ansiaba abrazarlo y decirle cuánto lo extrañaba, pero no lo hice. Llegamos a su oficina; al abrir la puerta, vi a una mujer rubia y muy hermosa. Se puso de pie en cuanto entramos y besó a Adam en los labios. "Aldana, ya llegué, cariño", comentó. Ella sonrió. Sentía ganas de vomitar, era poco decirlo. El dolor en mi cuerpo me desestabilizó por un momento, pero recuperé la compostura en segundos. Sonreí con aire amable y profesional: "Mucho gusto, soy Amaya". "Amaya, mi Ada ha hablado mucho de ti. Eres una mujer muy eficiente. Me alegro mucho de que vuelvas a trabajar con nosotros", comentó. Al parecer, la condenada no solo era bonita, sino también muy amable. Adán la tomó de la cintura y sonrió: "Qué linda pareja, ¿no?" sarcástico. Los dos se miraron de una manera que me hizo sentir ganas de vomitar. Entonces pregunté: "¿Cómo se conocieron?" Temía la respuesta. "Ella era enfermera de Emma. Sé que no está bien, pero nos costó mucho aceptar que ambos sentíamos algo. Adam se sentía culpable por su prometida", explicó. "Pero ella se fue", comentó Adán, mostrando un rastro de tristeza en sus ojos que desapareció al sonreír. "Les deseo mucho éxito. Se ven como una pareja linda", dije con una sonrisa más falsa que un billete de dos dólares antes de dar la vuelta. Los odiaba, y lo peor era que Camila no me había dicho nada. Fui corriendo hasta la casa de Camila y golpeé la puerta. Ella salió y me miró confundida. "¿Qué pasa?", preguntó. "¿Por qué no me dijiste que ya estaba con otra mujer?", reclamé molesta, dándole un pequeño empujón. Suspiró: "No lo sé, Amaya. No sé por qué no te lo dije. Da igual, se ve muy feliz y me alegra que tú también lo estés. Básicamente, le sacaste muchos meses de su vida". "No, claro que no. Él te ama. Eso es por lo que te cuidaba hoy. No se hubiera enamorado de otra mujer, mucho menos de una enfermera mía, si te hubiera amado de verdad", murmuró. Sentía tristeza y decepción. Me dejé caer en un sofá, intentando encontrar una explicación a todo lo que pasaba, pero no encontraba ninguna. Me sentía herida, desplazada, sobre todo traicionada, pero no sabía que no tenía derecho a sentirme así, porque en realidad no había sido yo la perjudicada. Con dolor, bajé la vista, me puse de pie y avancé con cuidado hasta abrir la puerta, aunque Camila me hablaba y yo no la escuchaba. Sentía su voz como un eco lejano mientras avanzaba hacia mi casa, la cual lucía exactamente como la había dejado. Eso me golpeó; sin poder evitarlo, me recosté en la cama y lloré, anhelando un abrazo materno. Mis lágrimas se aferraban a la almohada, intentando ahogar los gritos de llanto que me causaban un dolor inmenso. ¿Cómo era posible que él hubiera encontrado a alguien mientras yo atravesaba esta situación? Me dolía el corazón y me sentía profundamente triste. Había creído que él me amaba de verdad, pero al parecer me había equivocado. Lloré amargamente hasta quedarme dormida. Al despertar al día siguiente, estaba frente a la oficina del señor Adán con unas carpetas, a pesar de que antes mi trabajo era de limpieza. Él dijo que sería una excelente secretaria, una idea que consideré. También pensé en retomar la universidad, una buena idea. "Pase, señorita Amaya", dijo al verme entrar. "No estaba Aldana". Cerré la puerta y él preguntó por Emma, lo cual me desconcertó. No esperaba que me preguntara por ella, menos después de estar con alguien. "¿Está con alguien?", inquirió en tono seco, mirándome mal. Al darme cuenta de lo que había dicho, traté de aclararlo, pero él... dijo, "No entiendo por qué te molesta, Emma es tu prima, pero fue complicado". "Tan complicado como buscar a otra persona cuando tu prometida tiene amnesia, me imagino", comenté con una sonrisa que no llegó a mis ojos. Suspiró. "Fueron momentos difíciles, y sé que está mal, pero en ese momento no pasaba nada con Aldana. Simplemente sabíamos que nos gustábamos, pero nada más". "Y ahora, ¿han concretado su relación?", pregunté. "Así es", respondió, y suspiré. "¿Qué necesita?", pregunté, intentando cambiar de tema. Insistió en saber si sabía algo de Emma, pero opté por no hablar más al respecto. Pasaron los días y, de vez en cuando, me preguntaba por Emma, lo cual avivaba una chispa de esperanza en mí. Sin embargo, cada vez que lo veía junto a Aldana, esa chispa se desvanecía, aplastada hasta el suelo y sumida en un hueco invisible. Servirles a ambos no había sido sencillo, y nunca me di cuenta de lo bien que se me daba ser su secretaria. A pesar de eso, dolía profundamente saber que todo lo que había pasado me había llevado a un conflicto interno, sin saber qué hacer o qué seguir. Mis ojos se llenaron de lágrimas al darme cuenta de que había perdido a la persona que más amaba en el mundo, aunque no había sido culpa mía. Sentí la carga de ese incidente que me había robado la memoria y, en ese día, tras cuatro días de volver a trabajar, el dolor seguía ahí.
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