Llevamos varias semanas instalados en nuestra nueva casa, y cada día siento que el amor que compartimos se vuelve más fuerte, como si este lugar nos hubiera dado la paz que necesitábamos para dejar atrás todo lo que una vez nos hizo dudar. Sheyla y yo hemos aprendido a vivir con nuestras diferencias, a apoyarnos en nuestras fortalezas, y a darle a este hogar un toque que refleja lo que somos juntos.
Es una tarde tranquila, y estoy terminando de organizar unos documentos en mi oficina improvisada. El sonido de la risa de Sheyla desde la sala me arranca una sonrisa. Decido dejar lo que estoy haciendo y me acerco para verla, sorprendiéndola en medio de una llamada con su madre. La felicidad en su rostro me conmueve, y pienso en cuánto ha cambiado desde que nos conocimos. Ahora, cuando hablamos del futuro, no hay miedos ni reservas. Solo ilusión.
Sin embargo, una sensación extraña empieza a rondarme. Una especie de presentimiento que no logro identificar. Quizá sean solo los restos de aquellas inseguridades que aún me rondan, o tal vez es el hecho de que hace días recibí un mensaje inquietante, uno que no le mencioné a Sheyla porque no quería preocuparla sin motivo.
Era un número desconocido, uno que simplemente decía: “Disfruta mientras puedas, porque los secretos no duran para siempre”. Descarté el mensaje como una broma de mal gusto o algún intento de extorsión sin fundamento, pero, desde entonces, el recuerdo de esas palabras me persigue como una sombra.
Días después, mientras Sheyla y yo cenamos en uno de nuestros restaurantes favoritos, noto que su expresión ha cambiado. La chispa de su mirada se apaga por momentos, como si tuviera algo rondándole en la mente que no se atreve a decirme. Intento aligerar el ambiente, lanzando alguna broma y brindando por nuestro nuevo comienzo, pero no puedo ignorar la tensión en el aire.
Ella suspira, y me mira con una mezcla de duda y preocupación.
—Pablo, hay algo de lo que quiero hablar contigo —comienza, en un tono bajo y serio—. Algo… extraño ha estado sucediendo últimamente.
La observo, mis sentidos en alerta, mientras me preparo para cualquier cosa.
—¿A qué te refieres? —pregunto, intentando que mi voz suene calmada.
Ella toma un sorbo de su bebida, como si estuviera reuniendo valor para continuar.
—Hace unos días, recibí una llamada extraña. No sé de quién era, pero… —hace una pausa, y veo que sus manos tiemblan levemente—. Dijeron cosas sobre ti, cosas que no me gustaron.
El aire se vuelve espeso. Mi mente comienza a girar, y las palabras del mensaje que recibí hace días resuenan en mi cabeza. Trato de no mostrar alarma, de actuar despreocupado.
—¿Qué te dijeron exactamente? —pregunto, sin dejar de mirarla.
—No sé, cosas sin sentido —responde, con voz temblorosa—. Que me cuidara de ti, que no confiara en todo lo que me decías. Me hicieron dudar de quién estaba detrás de todo esto, y pensé… bueno, pensé que tal vez tú sabrías algo al respecto.
Tomo su mano y la acaricio suavemente, intentando calmar sus miedos.
—Sheyla, no sé quién puede estar detrás de eso, pero te juro que no he hecho nada que pueda ponernos en peligro. Solo quiero que te sientas segura conmigo —le digo, con la esperanza de disipar cualquier sospecha.
Pero ella parece aún inquieta. A pesar de mis palabras, hay algo en su expresión que revela una g****a de duda, como si, en el fondo, no pudiera sacudirse las palabras de esa llamada.
Esa noche, mientras ella duerme, yo me quedo despierto, mirando el techo, con la mente invadida por un sinfín de pensamientos. Intento recordar a todas las personas a las que les he dado una razón para interferir en mi vida, pero el listado parece interminable. En mi mundo, la gente finge y traiciona con demasiada facilidad.
A la mañana siguiente, despierto con una sensación de urgencia. Necesito saber quién está detrás de todo esto antes de que pueda dañar lo que tengo con Sheyla. Decido buscar ayuda de un amigo de la universidad, alguien que trabaja en seguridad digital y que ha sido discreto en más de una ocasión. Si alguien puede ayudarme a rastrear el número del mensaje y descubrir quién está detrás, es él.
Días después, mientras camino por el parque esperando la llamada de mi amigo, recibo un mensaje: "Necesitamos hablar. Lo que encontré no te gustará". Una mezcla de miedo y seguridad me invade, y en cuanto tengo oportunidad, me dirijo a su oficina.
Cuando entro, su expresión es seria. Apenas me invita a sentarme antes de mostrarme una serie de documentos y capturas de pantalla. En cuanto los veo, siento cómo mi estómago se retuerce.
—Pablo, el número que te envió ese mensaje… está relacionado con alguien de tu pasado. Alguien que ha estado siguiendo tus movimientos. Parece que está obsesionada contigo, y su objetivo no es solo interrumpir tu vida, sino arruinar tu relación con Sheyla.
Mis pensamientos vuelan automáticamente hacia Carolina, mi ex, quien me había causado problemas en el pasado. Pero esto es diferente; esta vez, parece que tiene aliados. Alguien más, alguien que conoce detalles sobre mí y sobre Sheyla, está trabajando con ella.
—¿Estás seguro de esto? —le pregunto, intentando asimilar toda la información.
—Mira, no hay pruebas contundentes todavía, pero la mayoría de los indicios apuntan hacia ella. Lo que me preocupa es que podría tener acceso a información sensible. Si se ha tomado tantas molestias para seguirte, es probable que tenga más planes en mente.
Mis pensamientos se nublan de rabia e impotencia. Carolina es peligrosa, pero si tiene a alguien más apoyándola, alguien que sabe cómo manipularnos, nuestra relación podría estar en verdadero peligro. Mi prioridad ahora es proteger a Sheyla, mantenerla al margen de esta tormenta que amenaza con desmoronar nuestra vida juntos.
Esa noche, mientras Sheyla y yo cenamos en casa, intento ocultar mi preocupación. Ella se da cuenta de que algo está mal y me observa, esperando que le explique.
—¿Estás bien? —pregunta, con dulzura en su voz—. Te noto distante.
Tomo una bocanada de aire, sabiendo que no puedo revelarle todo sin alarmarla, pero consciente de que no quiero volver a esos secretos que casi destruyeron nuestra relación antes.
—Sheyla, quiero que sepas que, pase lo que pase, siempre estaré aquí para ti. Tal vez alguien intente separarnos otra vez, pero no voy a dejar que eso suceda. Ya pasamos por demasiado, como para permitir que nos lastimen de nuevo.
Ella asiente, sus ojos reflejan la misma seguridad que siento. Nos tomamos de las manos, en un pacto silencioso de lealtad, y la abrazo fuerte, deseando que esta tormenta pase sin que toque lo que hemos construido juntos.
Y mientras la tengo en mis brazos, solo puedo pensar en una cosa: sin importar quién esté detrás, no permitiré que nadie destruya lo que tenemos. Esta vez, estoy dispuesto a llegar hasta el final.