La mañana amanece fría y oscura, como si la propia naturaleza conspirara con la tensión que se ha instalado entre Sheyla y yo desde ese último mensaje. Cada palabra del texto sigue grabada en mi mente, una amenaza silenciosa que me hierve la sangre. No voy a permitir que nos intimiden. Si alguien nos está observando, entonces hoy vamos a darle algo para ver. —¿Estás lista? —le pregunto a Sheyla, que me mira desde la puerta de la cabaña, su expresión decidida. —Lo estoy, Pablo —responde, y veo en sus ojos la misma firmeza que siento en mi pecho. Hoy no somos víctimas; somos una pareja dispuesta a pelear por lo que tenemos. Nos dirigimos a la ciudad, decididos a encontrar respuestas. Sheyla ha contactado a un amigo de confianza, Roberto, un investigador privado que conoce bien. Según ella

