Es domingo por la mañana y, a pesar de mi desvelo, me levanto temprano. La noche anterior, después de la última interacción con Sheyla, apenas pude dormir. Algo en su manera de mirarme, en sus palabras directas, en la advertencia implícita, me ha dejado inquieto. Ella es, sin duda, la primera mujer que me hace dudar de mis propios pasos. Y eso, en vez de molestarme, me atrae más. Decido que, si quiero descubrir quién es en realidad, debo dejar de intentar controlarlo todo. Tal vez deba darle un espacio, pero también mantenerme cerca, lo justo para que no olvide que estoy aquí, dispuesto a esperar. Mi primer paso es simple: llamarla. Tomo el celular y busco su contacto en mi lista. No he planeado nada concreto, pero siento que cualquier cosa que diga en este momento puede servir. Respiro

