Muy temprano por la mañana, sale Víctor donde el padre y hermano de Amelia, que ya lo estaban esperando en una carreta, también los acompañaba Amelia ese día.
Para Víctor todo lo que le estaban enseñando era un gran descubrimiento. Alimentó a los cerdos, recogía huevos, mientras Amelia les lanzaba trigo a las gallinas. Miraba como cultivan la tierra, y a él el dieron un saco que llevaba colgando al cuello con semillas, para que las depositara en la tierra. Víctor miraba de lejos a los demás que hacían lo mismo y él estaba muy atrasado, así que comienza a apresurar el paso.
— Vamos joven señor, debe golpear más fuerte para que se rompa el tronco — reía Teodoro, el ver el esfuerzo del niño por cortar madera con el hacha
— Es que tengo calor ¿Puedo sacarme la camisa igual que usted? — pregunta Víctor al pasar su mano por la frente, para quitar su cabello n***o que le molestaba los ojos.
— Claro que sí, le ayudaré
Teodoro dobla y guarda la ropa del niño, para que esta no se arrugue.
Víctor estaba sudando, pero ya aprendía a como cortar los maderos y en qué punto debía golpearlos para que estos se rompan.
— ¿Por qué en vez de matar a los pobres árboles no se usa carbón? — pregunta Amelia — el papá de Víctor tiene muchos en la mina
— Eso es para las máquinas de vapor — responde Víctor
— Es porqué el carbón da mucho calor, mucho más que la madera — explicaba Teodoro a su hija — si se usarán en una cocina, esta estallaría.
— Si... y se quemaría la casa — concluía Víctor
— ¿El carbón da tanto calor? Pero el fuego es fuego y es caliente igual — Amelia trataba de comprender aquello.
— Si, pero el carbón de piedra es tan fuerte, que por eso lo ocupan para las máquinas — insistía Víctor
— Que miedo, y yo que quería colocar un carbón en la estufa — decía preocupada Amelia
— Te recomendaría que no lo hagas, le quemaría el estofado a tu madre — ríe Teodoro
Ven a un hombre en caballo aproximarse y Teodoro se acerca para saludarlo. Un niño de la edad de los muchachos, baja del caballo de su padre y se aproxima corriendo donde ellos.
— ¡Hola Amelia! — Saluda el niño de piel morena y cabello n***o.
— Juanito... hola — le saluda alegre Amelia
— ¿Quién es? — pregunta Víctor en voz baja
— Es el hijo del señor de los establos, tiene tu edad
— Hola, soy Juan — Se lo dice a Víctor y le da la mano para saludarlo.
— Hola, soy Víctor
— Él es el hijo del patrón — le comenta Amelia a Juan
— Es por eso que no te he visto, pero podrías salir a jugar conmigo también en vez de estar en esa casa todo el día — decía de manera amistosa Juan
— Si, sería muy divertido, tu mamá dice que no hay problemas para que salgas de casa — intervenía Amelia alegre.
— No lo sé — dudaba Víctor
— Así te enseño a cazar ranas — insistía Juan
— ¿De verdad podemos cazar ranas? — Víctor sonreía muy alegre ante esa propuesta.
— Si, podemos ir al estanque a jugar y atrapamos ranas
— Yo también quiero ir — dice Amelia
— No lo sé Amelia, a las chicas les dan asco esas cosas... esto es solo cosa de hombres — contesta Juan.
— Pero a mí no me da asco — se defendía Amelia
— Yo si quiero ir, le diré a mi madre, ella me dejará salir — dice Víctor alegre por poder salir a jugar con aquel niño.
— Ya me tengo que ir. Estoy siempre en el establo con mi padre, cuando quiera vamos — le invitaba Juan y se marcha corriendo en dirección donde estaba el hombre montado a caballo.
Víctor se despide alegre al ver como el chico se subía al caballo. Fue muy agradable ese día en el campo y ahora Víctor tenía a un nuevo amigo con quien jugar.
Durante los siguientes días, la Señora Mercedes veía a su hijo tan alegre y con tanta ilusión, que le permitió ir a jugar con el niño de los establos, lo único malo de que ahora se juntara con aquel muchacho, es que llegaba siempre sucio y con barro en la ropa, así que se debía bañar todas las tardes. Por su parte, a Amelia ya no le gustaba que se juntara con Juan, sentía que él le estaba quitando a su amigo, pues Víctor siempre llevaba alguno de sus juguetes, como espadas de madera y realizaban combates, en donde ella, siempre tenía que verlos aburrida en una sombra de algún árbol.
— Ya me quiero ir — reclama Amelia sentada en el pasto
— No te puedes ir, eres la princesa, el que gane te tiene que ir a rescatar — dice Juan, chocando las espadas de madera con Víctor.
— No... ninguno me deja jugar, yo también quiero pelear con espadas — insiste Amelia
—No puedes, las niñas son princesas y tienes que esperar a que uno gane — responde Víctor
— Exacto... ahora tienes que fingir que estás durmiendo hasta que llegue el príncipe — continúa diciendo Juan.
Amelia estaba enojada, así que comienza a hacer un ramillete de flores muy grande para dárselos a su mamá y otro para la mamá de Víctor, ya que, si tenía suerte, la señora Fortunato estaría comiendo algún postre y la invitaría a servirse. Pronto ve que sus amigos estaban en el estanque con los pantalones recogidos.
— ¿No vendrían a rescatarme? — pregunta enfada Amelia
— Ya nos aburrimos de jugar a eso — contesta Víctor sin mirarla.
— Si, la princesa deberá seguir durmiendo — ríe Juan
— Ahora vamos a cazar ranas, trae los frascos para colocarlas — le pide Víctor
Amelia hace caso omiso, se levanta y se dirige a la mansión, ahí le entrega el ramo de flores a su madre y luego busca a la madre de Víctor que estaba en el balcón bebiendo una taza de té y le entrega las flores.
— Amelia, ¿Y dónde está Víctor? — pregunta Mercedes al ver llegar sola a Amelia
— Él está jugando con el niño de los establos, ya no quiere jugar conmigo — responde cabizbaja Amelia
Mercedes al ver a la muchachita triste, le ofrece un alfajor de la cesta y la invita a que tome el té con ella.
— No estés triste, los niños son así, le gusta jugar con otros niños, pero eso no quiere decir que se olvidó de ti
— Prefiero estar aquí señora
— Claro, no me hace mal un poco de compañía ¿Te gustaría leerme un cuento mientras estás aquí?
Amelia asiente con la cabeza y va por un libro de cuentos a la biblioteca. Pasaron así un rato hasta que llegó Víctor muy sucio y con un frasco en la mano.
— Pero Víctor, me prometiste que no te ensuciarías nuevamente, mira cómo has llegado — le regaña su madre al verlo cubierto de lodo hasta el pecho.
— Es que me resbalé en el estanque, pero te traje un regalo — Víctor estaba orgulloso y le entrega a su madre el frasco.
Mercedes recibe el obsequio de su hijo y hace una expresión de asombro y asco, al ver dentro una rana que saltaba golpeándose en el vidrio.
— Pero Víctor, es un animalito, los animales no le gusta estar adentro de frascos — dice su madre de manera calmada
— ¿No te gusto? — pregunta decepcionado
— Esta muy lindo cariño, pero sería más lindo que lo liberes. Puedes traerme de regalos flores o manzanas del campo, como lo hace Amelia
— Pero ella no se esforzó en conseguir su regalo, yo sí — responde ofendido Víctor.
— Es que las ranas son feas y huelen mal, igual que tú ahora, eso fue por meterte en el barro — contesta Amelia, haciendo muecas de que él olía muy mal.
— ¡CALLATE! — Grita molesto Víctor y empuja a Amelia con tal fuerza, que la hace caer sobre su trasero.
— ¡Víctor! que feo eso, discúlpate con Amelia — le reprende Mercedes
— No... porque tú la quieres más a ella que a mi — Víctor comienza a llorar.
— Claro que no, y aprecio los regalos que me han dado ambos, pero que seas mi hijo, no te da derecho a ser malo con tus amigos
— Mamá, pero de verdad me costó mucho trabajo atrapar la rana — Víctor realizaba pucheros por la decepción que sentía.
— Ve a darte un baño, y la ranita quedará en el estanque de donde la sacaste, y discúlpate con Amalia — ordena Mercedes.
— Discúlpame Amalia por empujarte — dice en voz baja Víctor
— No importa, no me dolió — sonríe Amelia
***
Nuevamente Víctor y Amelia se reunieron con Juan, podían jugar, pero alejados del estanque para no volver a ensuciar sus ropas. Ahora con Juan, hacían participar más a Amelia, después de que esta los amenazara de que no jugaría con ellos si no rescataban a la princesa.
— Princesa, he venido por ti para rescatarte — dice Juan de forma solemne, le da una flor y un beso en la mejilla.
— Gracias valiente caballero — Amelia le regresa el beso y él la baja de un pequeño tronco de árbol caído cargándola en sus brazos.
Ahora yo quiero ser el héroe — dice Víctor al acercarse.
— No. Tengo que ir a buscar manzanas y Amelia quiere recoger rosas — responde Juan, tomando la mano de Amelia, para llevarla donde los rosales.
Víctor estaba molesto de que Juan nunca lo dejara ser el héroe y pudiera rescatar a la princesa, siempre cuando lo pedía, él cambiaba el juego. Fueron a buscar manzanas y posteriormente recogieron las rosas que Amelia quería, mientras estaban en esto, Víctor se da cuenta de que Juan era cada vez más cercano a Amelia y le tomaba constantemente la mano, siendo él desplazado.
— Ya tenemos que regresar Amelia — le dice Víctor a su amiga.
— Juguemos otro día, el domingo después de la iglesia — le dice Juan a Amelia
— Si. Volveremos
Juan le da un beso en la mejilla a Amelia y esta se lo responde, luego le da la mano a Víctor para despedirse.
Víctor estaba muy molesto de que Juan quiera ser cercano a su amiga y que ella le corresponda, eso tenía que ser porque siempre tomaba el papel de héroe en el juego de espadas. Apenas llegan a la sala de juegos, Víctor seguía molesto. Pasa unos minutos y entra en el lugar el ama de llaves.
— Señorito Víctor, baje por favor, el sastre ha venido para confeccionar sus nuevos trajes.
— No quiero ir — responde con fastidio Víctor
— Es una orden de sus padres — insiste Celenia
— Pero no quiero. Estar de pie en ese escabel por mucho tiempo, es muy aburrido
— Por favor señorito, el sastre tiene mucho trabajo — Celenia lo toma por una mano y lo jala.
Víctor le retira la mano molesto.
— Te dije que no. No quiero ir, pídele que te haga ropa a ti y quédate tú en el escabel
Inmediatamente Víctor sale corriendo y el ama de llaves tras de él, pero rápidamente lo pierde de vista, regresando a la habitación.
— Amalia, ve a buscarlo
— Pero señorita Celenia, se tuvo que haber escondido
— Eso ya lo sé niña, por eso vas a buscarlo
— Es que cuando se porta así, se vuelve muy pesado — insistía Amelia
— Ese es tu trabajo. Búscalo y llévalo al salón de abajo. ¡Rápido!
Amelia sale corriendo y comienza a buscarlo en cada habitación. Luego de unos minutos, se le unen en la búsqueda otras sirvientas, así que, decide ir a las habitaciones de los pisos superiores.
— Amelia, aquí
Ella mira para todos lados, hasta que ve abrirse un poco la puerta de un armario, corre y entra. Víctor estaba sentado y con dificultad se acomoda y se sienta cerca de él, luego su amigo cierra nuevamente la puerta del armario.
— Todos te están buscando — dice Amelia
— Si, por eso me escondí aquí
— Vamos, te castigarán
— No quiero
— ¿Por qué no?
— Siempre hago lo que todos quieren, ahora estoy cansado y no quiero estar de pie esperando a que me tomen medidas
— Deberíamos salir, te darán nalgadas y si nos ven aquí, también me castigarán
A pesar de las insistencias de Amelia, Víctor estaba realizando un berrinche y nada le haría cambiar de parecer. Paso casi una hora, y veían como las sirvientas seguían buscándolo, pasando varias veces cerca del armario.
— Ya a pasado mucho tiempo... salgamos
— hem... bueno — accede Víctor finalmente
Amelia lo lleva de la mano al salón donde debería estar el sastre, pero cuando llegan, estaba el ama de llaves con una sirvienta. .
— Señorito, su padre quiere verlo — Celenia lo mira molesta.
Víctor la siguen hasta otra habitación junto con Amelia, a quien no le soltaba la mano. Cuando ingresa, estaban sus padres esperándolo.
— Pero Víctor, ¿dónde estabas? — pregunta Mercedes
— No me gusta el sastre, pero ya vine, así que terminemos rápido — responde Víctor con fastidio
— ¿Estás dando órdenes? — dice Agustín furioso.
— No papá
— El sastre ya se fue
— Pero se puede ir por él otra vez.
— Cuando se te ordena algo, tú lo haces, no se te tiene porqué explicar — dice Agustín de mal humor, quitándose el cinturón de cuero desde la cintura, viendo como su hijo se atemoriza y se esconde tras su madre.
— No papá, perdona
— Agustín, solo fue una travesura de niño — intercedía Mercedes
— No lo defiendas, si no se corrige, en el futuro hará lo que quiera — responde molesto Agustín.
Víctor comienza a correr por la sala con su padre persiguiéndolo.
— No papá, ya aprendí... cuando venga el sastre llegaré rápido
Amelia mira como Víctor se dirige a la puerta para escapar, pero la señorita Celenia le corta el paso. Ella estaba asustada y se apega a la pared, comienza a llorar cuando el Señor Fortunato toma a su hijo de un brazo y comienza a azotarlo en las nalgas con el cinturón.
— ¡YA PAPÁ!... AH... YA APRENDÍ... — Víctor gritaba y lloraba con cada azote que recibía.
Luego de un rato el Señor Fortunato lo suelta y Víctor se dirige donde su madre para que lo consuele, esta lo abraza, mientras su padre y ama de llaves salen de la habitación. Amelia se dirige donde Víctor, estaba gimoteando y le acaricia la espalda y besa su cabeza, mientras siente que la señora Fortunato también la abraza.
— Te dije que te castigaría — dice Amelia
— Lo lamento Víctor, pero tú padre tiene razón... debes obedecer cuando se te ordena algo — dice Mercedes acariciando a los pequeños
Víctor seguía llorando, pero le dolía más que su padre estuviera enojado con él, que los azotes recibidos, puesto que lo admiraba y solo quería ser un hombre para parecerse a él.