IAN
—Te traje un nuevo teléfono con tu mismo número. —dijo mi padre un mes después de haber destrozado el mío.
—¿Cuándo me dejarán salir de esta jaula? Tengo casi treinta años y me siguen tratando como un niño de siete.
—Tu estabas actuando como un niño de siete al no querer comer y haciendo berrinches todo el tiempo. —dijo él entregándome el teléfono.
—¿Cuándo podré salir? —pregunté de nuevo. Me estaba volviendo loco aquí encerrado.
—Hoy podrás salir, no de la casa, pero sí de la habitación. Podrás utilizar tu teléfono, y tengo un proyecto para ti, así que si te interesa podrías trabajar en él. Te pagaré por tu trabajo. —dijo y eso me sorprendió.
—¿Me darás un proyecto? Nunca lo has hecho aun después de mi graduación.
—¿Estoy haciendo mal en depositar mi confianza en ti? —negué.
—No, solo que nunca lo has hecho, al menos no por mí. —dije y el suspiro caminando hacia la ventana.
—Quizá una parte de mí siempre supo quién era quién y me siento muy mal de haber permitido que pasara todo esto.
—¿Tu lo sabías? —pregunté sin poder creer.
—No en un cien por ciento, pero una gran parte de mí, siempre quiso negar que alguno de ustedes sufriera el mismo trastorno mental de tu abuela. Si, no fui el mejor padre para ustedes, pero estaré aquí para ti cuando me necesites. —dijo dándose la vuelta y viniendo hacia mí—. ¿Deseas comenzar con las terapias?
Río ante sus palabras.
—¿Estás haciendo todo esto para hacer que acepte las terapias? —pregunté y él negó.
—No, lo estoy haciendo porque lo que menos deseo es ser el captor de mi hijo mayor. Quiero lo mejor para ti y entiendo que ya eres todo un adulto, pero necesito saber desde cuando inicio todo esto. ¿Cómo permitiste que llegara a consumir tu vida de esta manera? —preguntó y miré hacia lo que quedaba del espejo que rompí hace unos días.
—Tenía 6 o 7 años, justo después del nacimiento de Ángel, Alan y Aitor. Cuando mis abuelos se separaron y la familia era un caos. Toda la atención fue para todos ellos. Joaquín y Martin pasaban tiempo con nosotros y la nana, pero ustedes no. Los primeros años siempre fue su trabajo. Nosotros siempre éramos lo segundo.
—Eso no es cierto.
—Fue lo que se notó, la verdad que ahora que lo digo en voz alta me doy cuenta de que, fuimos Liam y yo los que criamos a nuestros hermanos, cuando eran pequeños. Ustedes también pasaban más tiempo con sus sobrinos que con nosotros. Mira, yo todo esto pasó y no los culpo, fueron padres muy jóvenes, especialmente mi madre. Ambos querían estudiar, comerse el mundo con sus carreras y demás. Lo lograron, pero a un precio muy alto. No me voy a desviar más de lo que me preguntaste. Primero apareció Cesar.
—¿Tu amigo de la escuela? —preguntó y negué.
—Cesar era mi amigo imaginario. Si, y antes de que lo digas, desde ese momento mi vida se llenó de miedo. Le preguntaba a Liam si él miraba a alguien o si escuchaba a alguien y él me decía que no. Lo calle para que no me dijeran que era un mentiroso. Ya suficiente tenía con los regaños por las travesuras que hacíamos. Cesar desapareció conforme crecí, pero luego al ver al espejo y verme a mí mismo una persona aparecía y era igual a mí, solo que… —guardé silencio al darme cuenta de que mi padre ya estaba afectado por todo lo que le estaba diciendo.
» Luego esa voz me hacía perder mi autocontrol, creo que en ese momento me gustaba llamar la atención haciendo deportes extremos, exigir ropa de ciertas marcas, mis comentarios eran super fuera de lugar. Conforme crecía se convirtieron en tales como beber o consumir sustancia, no consumía frecuentemente, podía controlar, tenía relaciones sexuales con cualquier chica que se me insinuara. Eso sí, nunca forcé a una chica a estar conmigo, aunque no las trataba de la mejor manera.
» Muchas veces me levantaba sin poder recordar lo que hice o dije, era muy frustrante, pero Liam me decía lo que pasaba. Creo que ahí nació la envidia que yo siento por Liam, Liam siempre era el mejor en todo y al principio no me importaba, pero esa voz destruyó todo diciendo que intentara ocultar la porquería en la que me estaba convirtiendo y así fue. Él fue apoderándose de todas mis acciones, emociones, y aunque ahora estoy hablando lo más lúcido posible sé que está aquí en mi mente esperando el momento para matar mi estado de ánimo y destruirme por lo que te acabo de confesar.
Mi padre se quedó completamente anonadado.
—Y aun sabiendo todo esto, ¿Por qué nunca se lo dijiste a nadie más? ¿Por qué preferiste llevar tu trastorno en silencio? Tu hermano también sufrió al igual que tú, lo obligaste a mentir y hacer cosas que no quería.
—¿Lo dices por lo que pasó con Clara?
—Lo digo por eso y por la manera en como no detuviste que pasara algo como eso. ¿Por qué lastimar a una joven como Clara de esa manera? —preguntó ya un poco exaltado.
—No puedo darte una respuesta concreta a eso.
—¿Cómo no vas a poder darme una respuesta? Has hablado del pasado con tanta seguridad y si lo recuerdas, ¡¿pero no recuerda de algo que pasó hace 4 años?! —La puerta de la habitación se abrió dejando ver al psicólogo.
—Ya, señor Galeano. —dijo y miré entre ambos.
«Lo más probable es que el psicólogo estaba detrás de la puerta escuchando las cosas retorcidas que hiciste. ¿Ves que hablar de tus sentimientos no le interesa ni a tu padre? Lo único que le molesta es que tocaras a su niño Liam».
Y sin que pudiera evitarlo, mi mente se apagó por completo.
—Ian, Ian. Despierta. —dijo una voz femenina en mi cabeza.
—¿Qué pasó? —dije abriendo mis ojos. Ahí estaba Libby, con su cabello castaño enredado en dos trenzas pegadas a su cráneo.
—Te extraño. —dijo después de darme un beso en los labios. Nuevamente abrí mis ojos, pero esta vez no para un lindo sueño como ese, si no para recordar el infierno en el que vivo. No se cuanto había pasado, pero era de día aún o posiblemente del siguiente día.
—Todo está bien, cariño. —dijo mi madre sentándose en la cama a mi lado.
—¿Qué me pasó? —pregunté y ella suspiró.
—¿No te acuerdas? —negué tomando un poco de agua.
—Recuerdo que el doctor entró en la habitación cuando papá vino a darme mi teléfono, tuvimos una discusión y no sé qué más pasó.
—Oh, mi niño. —dijo ella llorando y cubriendo su rostro.
—Eso fue hace una semana.
—¿Qué? ¿Y qué ha pasado desde entonces? —pregunté tomando su mano y negó.
—Estabas muy violento, tu mirada era diferente, eras como una persona completamente diferente.
—¿Una semana? —pregunté y ella afirmó.
—Nunca me había pasado eso no recordar por tanto tiempo.
—Eso es lo que más nos preocupa. No quiero perder a mi hijo. Por favor, acepta la ayuda que te ofrece el doctor.
—No lo haré.
—¿Por qué? ¿Por qué es tan difícil para ti darte la oportunidad de mejorar? De tener un mejor futuro.
—¡Porque me verán como loco! No estoy loco. —dije y ella asintió.
—Esta bien, me duele mucho verte sufriendo de esta manera. No hemos querido hacer esto a la fuerza, porque nos aconsejan no hacer esto en contra de tu voluntad, pero ¿que estas esperando para solo decir si, acepto ir a una clínica o al menos a terapias?
—No lo entenderías. —el sonido de un teléfono nos interrumpió.
—Es tu teléfono. —dijo mi madre señalando la gaveta de la mesa a mi lado.
—Al abrirlo pude ver el número que me sabía de memoria.
—¿Podrías dejarme solo? —ella asintió y salió de la habitación.
—Hola, Libby —dije y nadie habló del otro lado. Solo su respiración agitada y sus sollozos—. Cierra los ojos, respira. ¿Sabías que si los zombies se deshacen con el tiempo, es porque zombiodegrables? —Su risa al otro lado del teléfono me hizo reír.
—Gracias por contestar —dijo y nuevamente colgó. Marqué su número y me contestó.
—Ha pasado mucho en todo este tiempo. —dije intentando excusar lo que ha pasado hace casi mes y medio.
—No te preocupes, yo me había prometido no volver a llamarte, pero en estos momentos me es imposible olvidarte. ¿Recuerdas la última vez que estuvimos juntos? —preguntó.
—Si, fue hace como cinco o seis meses creo si no estoy mal.
—Seis. —dijo y su voz se quebró.
—¿Qué sucede? ¿esta todo bien?
—Me gustaría decir que sí, pero sería mentir. Ya hemos mentido mucho. ¿No crees? Gracias por contestar a mi llamado.
—Lo sé, gracias a ti por pensar en mí.
—Nuestras almas se entrelazan desde ese día, y desde ese día mi alma te pertenece. Nunca lo olvides. El dolor es parte de nuestra vida, Ian. La alegría es momentánea, pero el amor es para siempre. —Sin que pudiera responder a sus palabras, ella cortó la llamada. Intenté llamar de nuevo, pero me mandaba a buzón.
Intenté escribirle lo que yo sentía, pero, aunque se lo dijera, podría ser algo que no creyera, después de todo lo que pasó entre nosotros.
¿Dos personas con trastornos mentales pueden ser felices y capaces de amarse sin destruirse?
--------
Nos leeremos hasta el lunes, hermosuras. Feliz fin de semana.
Copyright © 2023 Valery Archaga / Valarch Publishing LLC
Todos los derechos reservados.
Obra protegida por Safe Creative bajo el número 2407153751839