Javier — Se había disculpado. Me lancé sobre ella como un maldito adolescente en celo, y era Roxana quien se estaba disculpando conmigo. Había calificado su propio comportamiento de poco profesional e inapropiado, y me había dicho que entendería si la echaba. Había evitado la verdad: que yo me había lanzado sobre ella porque, joder, no podía evitarlo. Ver ese fuego en sus ojos color miel después de que me había puesto en mi lugar por mi mal humor me había hecho sentir algo, o quizá era la lujuria desnuda en su mirada cuando me devoraba con la vista. En ese instante no solo la deseaba; la necesitaba. ¿Y ese beso? Me dejó totalmente impactado. Me tomó por sorpresa, tanto por su intensidad como por su reacción. Roxana ponía tanta pasión en besar como en todo lo demás. Incluso al disculpars

