Skye —Llegaste en veinte minutos —dijo Martin con una pequeña sonrisa sexy mientras yo bajaba trotando la escalera—. Imponente. —¿De verdad lo crees? —pregunté mientras pasaba por lo que él llamaba la sala de estar y entraba en la cocina para buscar un destapador de las cervezas artesanales que Aitana me había regalado. Le tendí una a Martin con una sonrisa amplia. —Sí. Esperaba que al menos tardaras más de treinta minutos —rió y dio un largo trago de la botella. Me encogí de hombros y me dejé caer en el mullido sofá azul claro. —No necesito arreglarme para nadie, especialmente cuando ya soy perfectamente adecuada tal como soy. Sonreí con picardía cuando él se congeló. Martin gimió y se tapó la cara con la mano. —Nunca voy a librarme de eso, ¿verdad? —Nope —remarqué la última sílaba

