Entre bocetos, lápiz, colores, marcadores y todo tipo de materiales se encuentra mi escritorio. Ya he diseñado diez vestidos de primavera, me siento contenta con los resultados. Quedaron muy lindos a decir verdad, todos llenos de distintos colores y diseños. Echo un vistazo hacia mis demás compañeras, por lo que veo soy la primera en terminar.
Guardo los diseños en la carpeta y me me dirijo hacia la oficina de la señorita Camile, quien es la encargada de revisar los diseños y aprobarlos.
Toco suavemente la puerta de su oficina, recibo como respuesta un adelante, así que lo hago. Camile se encuentra firmando unos papeles, cuando me nota deja aun lado lo que está haciendo.
— Que rápidas eres Sarah, a ver,¡sorpréndeme! — expresa con curiosidad en su voz. Alza su mano para que le entregue los bocetos, los revisa y detalla uno por uno, por su expresión creo que le ha gustado.
— Excelente, lograste diseñar lo que al cliente le gusta llevar y quieren tener en sus guardarropas. Los colores que utilizaste son muy cautivadores y van a corde con la primavera. Me ha gustado tu trabajo señorita Steinfeld, se lo mostraré al señor Mengoni.
Felicita mi trabajo. Contenta con eso me retiro a mi puesto a seguir trabajando.
***
Ya es hora del almuerzo, así que camino hacia la cafetería de la empresa. Mi estómago pide a gritos comida, diviso en el vidrio las delicias que hay, como Pretzels, quesadillas, pizza y un montón de postres.
Decido por comprar una pizza mediana, y de bebida una gaseosa. Mi estómago agradece todo lo que le doy, no siempre me doy el lujo de comer así.
Sentada en una mesa con vista a la calle, disfruto de mi almuerzo.
Al terminar voto la caja de pizza en la canasta de basura. Voy al baño a vaciar mi vejiga, aprovecho de darme un vistazo en el espejo para arreglar mi ropa y cabello. Varias compañeras entran donde estoy y no se han dado cuenta de mi presencia. Una de ella habla con voz chillona.
—Mis diseños van a impresionar al bombón de Mengoni, eso lo tengo por seguro — expresa muy convencida, sin modestia alguna.
— Yo que tú no estaría tan segura Giovanna, la tal Sarah terminó muy rápido y según escuché hablar a Camile y el señor Mengoni, sus diseños son uno de los favoritos por ahora. – Escucho que dice la pelirroja de ojos azules, llamada Estela.
— ¡Ay por favor! que haya terminado primero no significa que sea la mejor – alardea de forma discipliente, mientras pinta sus labios grueso de color rojo carmesí.– Además el señor Mengoni dijo que Los mejores diseños serán presentados en exclusiva en las pasarelas de la magnífica Milán. Y seré yo la que esté allí.– finaliza de manera mordaz
Espero a que se vayan y salgo del cubículo. Que minutos más incómodos, escuchar como hablan a las espaldas de otros nunca me ha gustado para nada. No quiero ser la mejor, ni menos ser la favorita del señor Mengoni, solo hago mi trabajo. No le daré importancia a esto, prefiero ignorarlas.
Así termina mi hora laboral, recojo mis cosas y me coloco la gabardina que descansa sobre la silla.
La tarde está fría por las calles de roma, camino sin prisa observando el hermoso atardecer, el sol poco a poco se va ocultando. Los gritos de los niños saliendo de la escuela, parejas tomadas de la mano que comparten juntos tal vez luego de un día tan ajetreado, es todo lo que veo hasta tropezar con alguien.
—¡Rayos!– grito al caer. Mi trasero cae sobre la acera, ocasionado que mi teléfono y cosas personales salgan de mi cartera.
Por un momento quedo mareada de lo rápido que fue, no lo vi venir. El extraño me tiende su mano, haciendo que mi mirada se dirija a esta. Mis ojos recorren desde su torso hasta quedar posada en unos pares de ojos azules tan claros como el cielo, adornados por unas espesas pestañas. su cabello ondulado color n***o azabache caen por su frente. Es un chico como de mi edad, aunque su cuerpo lo hace lucir un poco mayor. ¡Que músculos! dice mi voz interior anonada por lo que ve.
Con su ayuda logro levantarme del suelo, hasta quedar frente a él. Es muy alto, le llego al pecho y eso que llevo zapatos de tacón.
— Disculpe señorita, no fue mi intención tropezarla – dice con voz profunda, mientras que muestra una sonrisa que hace que se dibujen unos lindos y adorables hoyuelos.
— N-no no pasa nada– mi voz flaquea.
Su sonrisa se ensancha, sabe lo que su presencia puede ocasionar en las chicas. Acomodo mi ropa y voy por mi cartera, algunas cosas se salieron. Veo mi teléfono, llaves de la casa y mi bolso donde guardo mis cosas personales. Las recojo apresurada, ya suficiente pena he sufrido por hoy.
Las personas de mi al rededor me observan sin importancia.
El chico ayuda a recoger mis cosas, es lo mínimo que debe hacer luego de tirarme.
Con las cosas de vuelta a la cartera estoy por irme, cuando el chico aparece obstaculizando mi andar.
— Creo que esto es tuyo– dice entre apenado y gracioso, tendiéndome una toalla femenina, esa que siempre cargo conmigo por si ocurre una emergencia.
¡Que vergüenza! Grito internamente
— Gracias– le agradezco, tomando mi toalla. Su mano roza mis dedos, incrementado el rubor de mis mejillas.
Aparto mis dedos y continúo por mi camino, sintiendo su mirada furtiva.
Su rostro me es familiar, lo he visto en otra parte. Me marcho pensativa.
***
Luego de llegar a casa, me duché con agua caliente y lavé mi cabello. Cené tostadas con un delicioso omelette y jugo de naranja.
Ahora me encuentro recostada del sillón de la sala con mis pies descansando en el mueble donde se haya la televisión. Veo una película de Netflix llamada 'the kissing booth', me encanta el trama sobre todo por Noah, el protagonista. Las películas de romance siempre han sido mis favoritas, creo que mayormente a las chicas nos gusta esa categoría. Libros, canciones y películas que traten de amor. Si tan sólo así fuera la vida real, encontrar un príncipe azul, casarnos, tener hijos y ser felices por siempre.
— Y justo cuando él apareció ella dejó de creer en cuentos– digo recitando las palabras que leí en un libro.
Mi teléfono suena notificando que llegó un mensaje, lo tomo para desbloquearlo y ver de qué se trata. Es de la empresa, curiosa leo lo que dice.
El señor Mengoni me felicita por mi trabajo de hoy, dice que está a gusto con mis diseños y necesita que pase el lunes temprano por su oficina. Después de responder, apago el celular y me dirijo a la habitación, por fin podré descansar.
Cepillo mis dientes y desenredo el enredado cabello con los dedos, bostezando me voy hacia la cama. Apago la lámpara de noche y acomodo mi cabeza en la almohada, logro conciliar el sueño rápido hasta quedarme dormida.
El despertado suena, marcando las 6:00 de la mañana, lo apago y me dirijo con prisa al baño para ducharme y hacer mis necesidades.
Opto por colocarme una falda de corte tubo color blanca y camisa de tela tafetán. Combino mi vestimenta con unos zapatos de tacón promedio color negros.
No me dará tiempo para desayunar si quiero llegar temprano, compraré algo por el camino.
Salgo del apartamento con mi cartera en mano. La mañana está fresca, el viento sopla con fuerza mis cabellos castaños. Las hojas caen convertidas en cáducos, Los otoños en Roma son suaves y breves con un promedio de 15ºC durante octubre y noviembre, donde llega por debajo de los 12ºC. Las lluvias en ésta época son las más fuertes del año.
Camino un poco más de lo habitual para poder tomar un taxi, logro detener un auto y subo a él a pesar de que no fue nada fácil con toda esa gente malhumorada por conseguir llegar a tiempo a sus oficios. Así son todas mis mañanas desde que trabajo en la empresa 'Styles Mengoni'. Ya llevo tres días y aún así no puedo creer que haya obtenido el trabajo, sólo quedamos cinco chicas. Las cuales ni conozco por nombre, mi timidez no ayuda a la hora de hacer amigos nuevos.
Llegué a buena hora, digo mirando mi reloj de mano. Bajo del taxi y me dirijo al imponente edificio.
La empresa está abarrotada de personas que caminan a toda prisa de aquí para allá. Me dirijo al piso seis, pulso el botón del elevador antes de que se llene de empleados.
Al llegar a mí pequeño cubículo, compuesto por una silla giratoria y un largo escritorio color caoba. Me tomo el tiempo de probar bocado de mi rico desayuno, ese que logré comprar antes de llegar a la empresa. Engullo mi sándwich de pollo hasta terminarlo y bebo mi capuchino.
Voy al baño a lavar mis manos y ver si quedó rastro de comida entre mis dientes, lo hago rápido antes de que sea la hora de trabajar.
***
Entre bocetos, lápiz, colores, marcadores y todo tipo de materiales se encuentra mi escritorio. Ya he diseñado diez vestidos de primavera, me siento contenta con los resultados. Quedaron muy lindos a decir verdad, todos llenos de distintos colores y diseños. Echo un vistazo hacia mis demás compañeras, por lo que veo soy la primera en terminar.
Guardo los diseños en la carpeta y me me dirijo hacia la oficina de la señorita Camile, quien es la encargada de revisar los diseños y aprobarlos.
Toco suavemente la puerta de su oficina, recibo como respuesta un adelante, así que lo hago. Camile se encuentra firmando unos papeles, cuando me nota deja aun lado lo que está haciendo.
— Que rápidas eres Sarah, a ver,¡sorpréndeme! — expresa con curiosidad en su voz. Alza su mano para que le entregue los bocetos, los revisa y detalla uno por uno, por su expresión creo que le ha gustado.
— Excelente, lograste diseñar lo que al cliente le gusta llevar y quieren tener en sus guardarropas. Los colores que utilizaste son muy cautivadores y van a corde con la primavera. Me ha gustado tu trabajo señorita Steinfeld, se lo mostraré al señor Mengoni.
Felicita mi trabajo. Contenta con eso me retiro a mi puesto a seguir trabajando.
***
Ya es hora del almuerzo, así que camino hacia la cafetería de la empresa. Mi estómago pide a gritos comida, diviso en el vidrio las delicias que hay, como Pretzels, quesadillas, pizza y un montón de postres.
Decido por comprar una pizza mediana, y de bebida una gaseosa. Mi estómago agradece todo lo que le doy, no siempre me doy el lujo de comer así.
Sentada en una mesa con vista a la calle, disfruto de mi almuerzo.
Al terminar voto la caja de pizza en la canasta de basura. Voy al baño a vaciar mi vejiga, aprovecho de darme un vistazo en el espejo para arreglar mi ropa y cabello. Varias compañeras entran donde estoy y no se han dado cuenta de mi presencia. Una de ella habla con voz chillona.
—Mis diseños van a impresionar al bombón de Mengoni, eso lo tengo por seguro — expresa muy convencida, sin modestia alguna.
— Yo que tú no estaría tan segura Giovanna, la tal Sarah terminó muy rápido y según escuché hablar a Camile y el señor Mengoni, sus diseños son uno de los favoritos por ahora. – Escucho que dice la pelirroja de ojos azules, llamada Estela.
— ¡Ay por favor! que haya terminado primero no significa que sea la mejor – alardea de forma discipliente, mientras pinta sus labios grueso de color rojo carmesí.– Además el señor Mengoni dijo que Los mejores diseños serán presentados en exclusiva en las pasarelas de la magnífica Milán. Y seré yo la que esté allí.– finaliza de manera mordaz
Espero a que se vayan y salgo del cubículo. Que minutos más incómodos, escuchar como hablan a las espaldas de otros nunca me ha gustado para nada. No quiero ser la mejor, ni menos ser la favorita del señor Mengoni, solo hago mi trabajo. No le daré importancia a esto, prefiero ignorarlas.
Así termina mi hora laboral, recojo mis cosas y me coloco la gabardina que descansa sobre la silla.
La tarde está fría por las calles de roma, camino sin prisa observando el hermoso atardecer, el sol poco a poco se va ocultando. Los gritos de los niños saliendo de la escuela, parejas tomadas de la mano que comparten juntos tal vez luego de un día tan ajetreado, es todo lo que veo hasta tropezar con alguien.
—¡Rayos!– grito al caer. Mi trasero cae sobre la acera, ocasionado que mi teléfono y cosas personales salgan de mi cartera.
Por un momento quedo mareada de lo rápido que fue, no lo vi venir. El extraño me tiende su mano, haciendo que mi mirada se dirija a esta. Mis ojos recorren desde su torso hasta quedar posada en unos pares de ojos azules tan claros como el cielo, adornados por unas espesas pestañas. su cabello ondulado color n***o azabache caen por su frente. Es un chico como de mi edad, aunque su cuerpo lo hace lucir un poco mayor. ¡Que músculos! dice mi voz interior anonada por lo que ve.
Con su ayuda logro levantarme del suelo, hasta quedar frente a él. Es muy alto, le llego al pecho y eso que llevo zapatos de tacón.
— Disculpe señorita, no fue mi intención tropezarla – dice con voz profunda, mientras que muestra una sonrisa que hace que se dibujen unos lindos y adorables hoyuelos.
— N-no no pasa nada– mi voz flaquea.
Su sonrisa se ensancha, sabe lo que su presencia puede ocasionar en las chicas. Acomodo mi ropa y voy por mi cartera, algunas cosas se salieron. Veo mi teléfono, llaves de la casa y mi bolso donde guardo mis cosas personales. Las recojo apresurada, ya suficiente pena he sufrido por hoy.
Las personas de mi al rededor me observan sin importancia.
El chico ayuda a recoger mis cosas, es lo mínimo que debe hacer luego de tirarme.
Con las cosas de vuelta a la cartera estoy por irme, cuando el chico aparece obstaculizando mi andar.
— Creo que esto es tuyo– dice entre apenado y gracioso, tendiéndome una toalla femenina, esa que siempre cargo conmigo por si ocurre una emergencia.
¡Que vergüenza! Grito internamente
— Gracias– le agradezco, tomando mi toalla. Su mano roza mis dedos, incrementado el rubor de mis mejillas.
Aparto mis dedos y continúo por mi camino, sintiendo su mirada furtiva.
Su rostro me es familiar, lo he visto en otra parte. Me marcho pensativa.
***
Luego de llegar a casa, me duché con agua caliente y lavé mi cabello. Cené tostadas con un delicioso omelette y jugo de naranja.
Ahora me encuentro recostada del sillón de la sala con mis pies descansando en el mueble donde se haya la televisión. Veo una película de Netflix llamada 'the kissing booth', me encanta el trama sobre todo por Noah, el protagonista. Las películas de romance siempre han sido mis favoritas, creo que mayormente a las chicas nos gusta esa categoría. Libros, canciones y películas que traten de amor. Si tan sólo así fuera la vida real, encontrar un príncipe azul, casarnos, tener hijos y ser felices por siempre.
— Y justo cuando él apareció ella dejó de creer en cuentos– digo recitando las palabras que leí en un libro.
Mi teléfono suena notificando que llegó un mensaje, lo tomo para desbloquearlo y ver de qué se trata. Es de la empresa, curiosa leo lo que dice.
El señor Mengoni me felicita por mi trabajo de hoy, dice que está a gusto con mis diseños y necesita que pase el lunes temprano por su oficina. Después de responder, apago el celular y me dirijo a la habitación, por fin podré descansar.
Cepillo mis dientes y desenredo el enredado cabello con los dedos, bostezando me voy hacia la cama. Apago la lámpara de noche y acomodo mi cabeza en la almohada, logro conciliar el sueño rápido hasta quedarme dormida.
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Es sábado por la mañana, la semana pasó rápida, llevo rato sentada en la cama revisando mis redes mientras como mi manzana. Los dibujos que veo son magníficos, es impresionante los detalles que tienen cada uno.
Me inspira ver otros diseños, así que voy por mis cosas para aprovechar la mañana.
Con lápiz y papel en mano dibujo un círculo pequeño, luego Trazo una línea vertical en todo el centro del círculo hacia abajo.
Tomo la medida de la cabeza con el lápiz y repito esta medida hasta obtener 10 espacios iguales. Dibujo una línea de movimiento, una línea muy libre por donde imagino que irá la pose. Determino la altura de las líneas principales: hombros, cintura y cadera.
Marco el ancho de hombros, cintura y cadera teniendo como centro la línea de movimiento y determinando si es el mismo ancho de cada lado de la línea.
Dibujo por donde irán los brazos y las pierna, y así finalizo con todos los detalles.
Teniendo listo mi figurín, creo el el vestido.
***
Aprovecho de limpiar mi habitación, aún tengo cajas por abrir desde que me mudé. En ellas guardo los diseños de mamá, mi tesoro más preciado.
Hurgar entre esas cosas me llena de nostalgia pero también tarde de vuelta a mi memoria gratos recuerdos a su lado. Son esos inolvidables recuerdos que mantienen intento el amor que me brindó; por eso me aferro a ello para continuar haciendo lo que tanto le apasionaba. Mi madre me impulsa a hacer todo lo que ella no pudo.
Horas después termino de limpiar todo la habitación, luce impecable. Voy a tomar un baño caliente para luego dormir una pequeña siesta.
Busco en mi reproductor de Spotify donde encuentro canciones en Italiano, y de todo los géneros. Es mi rutina cuando tomo un baño, la música expresa lo que no puede ser dicho y aquello sobre lo que es imposible permanecer en silencio.
Reproduzco All i want sub de Emma Bale y canto bajo la ducha.
Todo lo que quiero no es nada más
Que oírte tocando mi puerta
Porque si pudiera ver tu rostro una vez más
Podría morir como una mujer feliz, estoy segura
Cuando dijiste tu último adiós
Morí un poco por dentro
Yazco con lágrimas en la cama toda la noche
Sola, sin ti a mi lado
Pero si me amabas
¿Por qué me dejaste?
Toma mi cuerpo
Toma mi cuerpo
Todo lo que quiero es
Y todo lo que necesito es
Encontrar a alguien
Encontraré a alguien
Como tú oh, oh
Oh, oh, oh
Tú
Como tú
Ves, tú sacas lo mejor de mí
Una parte de mi que nunca he visto
Tomas mi alma y la limpias
Nuestro amor fue hecho para la pantalla
Pero si me amabas
¿Por qué me dejaste?
Toma mi cuerpo
Toma mi cuerpo
Todo lo que quiero es
Y todo lo que necesito es
Encontrar a alguien
Encontraré a alguien
Oh, oh, oh, oh, oh
Oh, oh, oh, oh, oh
Oh, oh, oh, oh, oh
Oh, oh, oh, oh, oh
Oh, oh, oh, oh, oh
Oh, oh, oh, oh, oh
Si me amabas
¿Por qué me dejaste?
Toma mi cuerpo
Toma mi cuerpo
Todo lo que quiero es
Y todo lo que necesito es
Encontrar a alguien
Encontraré a alguien
Como tú, oh
Superar la muerte de mamá y papá ha sido muy difícil. Sin darme cuenta lágrimas brotan de mis ojos confundiéndose con el agua, sollozos ahogados salen de mi garganta. Llorar nos ayuda a relajarnos, a liberar emociones y a desahogarnos, pero también nos permite cambiar y reducir la angustia.
Desde que mis padres murieron me he sentido más sola que nunca, caí en una depresión de la que aún no logro salir y me resulta difícil controlar.
En las noches la ansiedad me embarga, justo como ahora.
Siento mi respiración errática, tomo grandes bocanadas de aires pero no es suficiente para llenar mis pulmones atrofiados. Mi corazón se acelera, escucho como late con fuerza, el dolor en mi pecho aparece.
El miedo incrementa, estoy entrando en pánico, pensamientos negativos bombardean mi mente aunque luche contra ellos. Es una batalla interna, una que me dejará agotada y sin fuerzas.
Ya me ha pasado tantas veces y aún así siempre termino perdiendo.
Lágrimas brotan sin frenesí, con las manos temblando y los pies entumecidos me dirijo hacia la cocina para preparar un té de manzanilla y así poder dormir.
Inhalo y exhalo una y otra vez mientras espero que mi té esté listo.
***
Ya ha pasado más de una hora que logré controlar mi ataque de ansiedad, escuchar música siempre ayuda pero esta vez trajo recuerdos de mi niñez, recuerdos que duelen.
Sonrió sin fuerza, observando la foto entre mis dedos. Mis padres se encuentran felices mientras sostienen a una pequeña Sarah. Cuanto quisiera poder detener el tiempo y quedarme justo allí.
Ya todos duermen y yo me hallo mirando al techo de mi habitación pensando en tantas cosas. El reloj marca las 3:00 a.m.
Poco a poco mis ojos se van cerrando hasta que caigo en la inconsciencia.
***
El melodioso canto de los pájaros me despierta, me es difícil abrir los ojos, se sienten pesados. Siento la garganta seca y un sabor extraño en la boca.
Es domingo y necesito ir de compras, no tengo nada para el desayuno, la despensa está vacía.
De modo que voy a ducharme tardando más tiempo de lo acordado. El agua fría relaja mis músculos tensos pero no es suficiente para calmar la tempestad que habita en mí, jamás termina de salir completamente el sol, es como si una nube gris me persiguiera impidiendo que persistan los rayos de luz, solo oscuridad.
Cierro la ducha y envuelvo mi cuerpo en un albornoz encontrando la calidez de la que me alejé cuando estaba bajo la cascada de agua fría.
Enfundar mis piernas en unos viejos vaqueros es la mejor opción para salir en medio del viento frío de otoño. Termino de vestirme con una camisa Oxford y de calzado elijo mis viejos Vans.
Me recojo el cabello en una coleta alta desprolija y salgo del apartamento desganada. El viento golpea mi rostro erizando mi piel, la brisa está helada. Me arrepiento de no haberme decantado por un abrigo grueso.
Guardo las manos en los bolsillos delanteros de la gabardina. El frío es ligero, agita suavemente mi castaño. Algunos flecos se saltan sobre mi frente, resulta en vano volverlos a su lugar.
Camino por las desoladas calles de Roma, muchos prefieren quedarse en sus hogares los fines de semanas. Haría lo mismo, si embargo debo hacer las compras. Además el paseo me da la libertad que necesito, salir de las cuatros paredes de mi apartamento es reconfortante, tantas veces me hace sentir una prisionera, pero afuera todo es distinto.
Incluso si dentro de mí las cadenas no se han roto, en el exterior no me siento atada.
Llego al súper mercado en menos de diez minutos de mi caminata, tomo un carrito de mercado y me dirijo por el pasillo de los dulces. Necesito una dosis de azúcar para quitar el sabor de la amargura, por lo tanto meto un paquete de oreo y otro paquete de galletas saladas para untar con Nutella.
Barras de cereal se hallan cerca, así que empujo el carrito hasta alcanzar la barra, pero antes de tomarla escucho una voz familiar que proviene del otro pasillo. Por lo que de forma curiosa giro con el carrito y decido cambiar de dirección, es como si mi cabeza me gritara que debo ir hacia allá. Al tiempo que una pizca de sensatez me detiene, al final decido mitigar la incertidumbre.
Encontrado a dos hombres en el pasillo. Y no es nada menos que mi jefe el señor Mengoni y el otro no tengo idea de quién se trata. Aún no se han percatado de mi presencia, por eso doy una rápida vuelta al carrito que por la rapidez acaba siendo un movimiento brusco de mi parte, ocasionado que impacte donde están los productos de limpieza.
Sólo quería pasar desapercibida, susurro por lo bajo. Cuando estoy por arreglar el desastre que he causado escucho como llaman mi nombre, esta escena me parece tan bochornosa que pido que se abra la tierra y me trague.
¿Por qué a mí? Me lamento,
¿No será porque eres torpe? responde mi subconsciente.
Volteo con la poca dignidad que me queda encontrando dos pares de ojos, uno muestra preocupación más el otro diversión. Me reprendo muestro una sonrisa de boca cerrada a mí jefe.
—Sarah, que gusto verte –saluda afable, pero no abandona la excesiva formalidad, su voz profunda, ese tono cala hasta en mis huesos; entonces siento en la boca de mi estómago un aleteo interminable. La sensación me sorprende. No quiero sentir esto, pero es inevitable, la razón de ese raro vuelo me descoloca. ¿Qué sucede contigo Sarah?
Debo decir algo, no quedarme callada. Creerá que soy tonta, sacudo la cabeza antes de que piense que soy un bicho raro.