Capítulo 7 - Samanta

762 Palabras
Samanta corrió hacia la puerta principal para abrirla, pues si no lo hacía, Carlos la tumbaría. Eran casi las seis de la tarde y ella preparaba la cena para ella y su hermana Teresa. Ahora debería poner otro lugar en la mesa, pues algo era seguro, a Carlos le encantaba los macarrones con queso que preparaba Sam. —Pasa, pasa. De prisa. Dejé la cocina encendida y los macarrones ya están casi listos. Sabes que me gustan… —Al dente —completó su amigo, a la vez que cerraba la puerta detrás de él—. Cuéntame. Soy todo oídos. ¿Cómo te fue en la prueba? —¡Genial! —Contestó Sam desde la cocina—. Lo he contestado todo. Creo que obtendré una buena calificación. —Así que… ¿UCLA? —Comentó Carlos y Samanta se percató de cierto dejo de burla en sus palabras. —Sabes que es la opción más… realista —dijo ella. —Claro, claro. Eso y el hecho de que hay algunos pobres plebeyos que deben resignarse a estudiar en una universidad que queda a más de mil millas de sus casas. —Sólo a ti se te ocurre aplicar para una universidad en Utah —le recordó su amiga. —Como sea. No he venido a hablar de mí. Cuéntame. ¿Llegaste a tiempo? —Sí. En la raya —dijo Sam, colocando un par de platos sobre la mesa—. Aunque me sucedió algo muy extraño. Carlos tomó asiento en el comedor, mirando a Samanta que iba y venía de la cocina a la mesa, con vasos, platos y boles con comida. —¿Ah sí? ¿Y qué fue lo que te pasó? —Cuando iba saliendo del aeropuerto, me tropecé con un tío muy peculiar. —¿Qué tan peculiar? —No sé cómo explicarlo. No lo vi bien, pero en el momento en que nos pedíamos disculpas por ser tontos y no ver por dónde íbamos, aparecieron un montón de chicas y fotógrafos… —¿Era una celebridad? —Carlos abrió los ojos con asombro, frenando su acción de agarrar un panecillo del centro de la mesa. Samanta se encogió de hombros. —¿Qué parte de no lo vi bien, no entendiste? —¡Vale! No tienes que ser tan hostil. —¿Sam? —Oyó una voz, proveniente de la puerta principal—. ¡Estoy en casa! —Anunció Teresa, la hermana mayor de Samanta. —¡Estamos acá, Tere! —Indicó la hermana menor—. Ven. Acabo de servir la comida. —¡Vaya que la tienes medida! —Dijo Carlos con sorna. Samanta rió por lo bajo, pues su amigo tenía razón. A las seis en punto llegaba su hermana. Durante el último año, ella se encargó de preparar la cena. Teresa trabajaba todo el día como visitadora social y siempre llegaba agotada y hambrienta. Era lo mínimo que podía hacer por su hermana, quien era como una madre para ella. —¡Oh! ¡Carlos! —Saludó la recién llegada. —¿Qué tal, Tere? ¿Cómo te fue en el trabajo? —Indagó él con cortesía. Teresa cerró los ojos con fuerza y resopló. —Quisiera decir que bien, pero mentiría. Me tocó un caso muy triste. Un pequeño de ocho años. Su padre murió hace un mes, en una guerra de bandas y su madre es adicta a la heroína. Estuve tentada en rellenar la solicitud de adopción. —¿Y por qué no lo haces? —Preguntó Sam—. Me agrada la idea de tener un sobrinito. —Yo podría dártelo —bromeó Carlos—, pero Teresa se niega a abrirme su corazón. —¡Cállate, Carlos! Podrías ser mi hijo —lo reprendió Teresa. —Pero no lo soy —refutó él y le guiñó un ojo. —¿Samanta, cuando piensas darle la oportunidad a este muchacho? —Se mofó la hermana—. Así dejaría de estar pretendiendo a mujeres mayores. —Ustedes van a acabar conmigo —él agitó su dedo en gesto acusador—. Una porque no me quiere —miró a Samanta—, y la otra porque no se atreve a reconocer que está loca por mí —miró a Teresa. —¡Oh por Dios! Me has pillado. Tienes razón. No sé qué hacer con toda esta pasión que siento por ti —dijo Teresa con notoria bufonería. Así era una típica velada en casa de las Andrade. Risas, bromas y anécdotas, mientras degustaban una rica comida.
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