Dominik se dio la vuelta, sintiéndose derrotado. ¿Cómo era posible que un par de palabras lo hicieran sentir tan miserable? Sin embargo, no hubo lágrimas. No hubo lamentos ni quejas. Se tragó su dolor como todo un campeón. «Se acabó», pensó. —Dominik —la voz de Carlos hizo que se detuviera y se girara de nuevo hacia él. Necesito que sepa que lo quiero y que lo que hago, lo hago por el bien de ambos. ¿Puedes dársela? La petición de Samanta se reprodujo en la cabeza de Carlos, como si se tratara del eco de la voz de su conciencia. «La carta». Pensó en dársela. —¿Qué sucede? —Indagó Dom. —Suerte en tu próximo partido —respondió Carlos, decidiendo no entregarle la carta que le había dejado Samanta. Dominik se dio la vuelta y se alejó de ese lugar que le traía tantos recuerdos, sintiendo

