Capítulo 13

1327 Palabras
Por fin su turno concluyó y estaba súper agotada. Los viernes eran abrumadores. Le hizo una seña a Carlos, indicándole que lo esperaría en el lugar donde guardaban sus bolsos y pertenencias, pero él le indicó que no saldría todavía. —Horas extras —pudo leer en los labios de su amigo, quien la miró apenado. Sam asintió y fue a buscar sus cosas. De regreso, se acercó a su amigo. —¿Hasta qué hora te quedarás?—Le preguntó. —No lo sé, Gordon me ha pedido que lo ayude y pues… —Vale. Te esperaré. —No es necesario, Sam. Samanta miró su reloj y vio que eran casi las cinco de la tarde y recordó que ese día su hermana iría a cenar en casa de unos amigos, así que no tendría que llegar a preparar la cena. —Teresa no irá a cenar en casa hoy, así que puedo esperarte un par de horas, así aprovecho para ponerme al día con mi lectura —dijo ella y agitó en lo alto su ejemplar de “Mil millas Nilo arriba” de Amelia B. Edwards. Carlos sonrió y asintió. —De acuerdo. Salgo a las siete. ¿Me esperarás? Samanta le respondió con una sonrisa de oreja a oreja. Se alejó de su lugar de trabajo, se sentó en unas bancas metálicas y se dispuso a leer un rato. Se adentró tanto en su lectura que sólo paraba por momentitos a tomar un sorbo de agua de su termo y continuaba leyendo. La historia la atrapó en cuestión de segundos, y sin darse cuenta, habían transcurrido casi tres horas cuando vio su reloj. Se levantó de golpe de la butaca y miró en dirección de la cafetería, pero no había señales de Carlos, y se suponía que debió salir hace 15 minutos. Samanta se acercó un poco para averiguar por qué su amigo tardaba tanto. Al mirar con atención, notó que tenían más gente de lo normal a esa hora. Estaban saturados en el servicio. Carlos miró a Sam con mucha preocupación es su rostro. —¡Lo siento! —Pudo leer Sam en los labios de él, quien se le acercó—. Terminaré de atender a estos clientes y saldré. —¿Cuánto crees que tardes?—preguntó Samanta. —Como una hora. Si quieres te vas, debes estar agotada de tanto esperarme. —Te he esperado por casi tres horas, por esperarte una hora más, no creo que me muera —Sam tocó con ternura la mejilla de su amigo—. No me iré. Te esperaré e iremos a cenar. Hoy es viernes e invito yo. Carlos sonrió y sintió que su corazón daba un brinco. De repente deseó poder abrazarla y darle un beso, de esos que roban el aliento, pero sacudió ese pensamiento de su cabeza. Samanta era su amiga, y nada más. Sam se retiró para dejar que terminara su jornada. Se sentó de nuevo en la misma banca donde estuvo hace un momento, y quiso aislarse un rato del ruido que había en el aeropuerto, así que se dispuso a escuchar música. Buscó su iPod en su bolso, pero no lo encontró. Lo buscó con desespero, pero no estaba, y se le hizo muy extraño, pues no lo sacaba desde el día anterior. Recordó que lo metió en el bolsillo de afuera, al llegar a la cafetería, pero allí no estaba. Sin más remedio, sacó su celular y se puso los audífonos. No le gustaba usarlo para oír música, pues la batería se descargaba en un santiamén y prefería tener el móvil dispuesto por si su hermana la llamaba, pero ese día hizo una excepción. Subió el volumen a todo lo que daba, para no escuchar nada más que la música. Cerró sus ojos y recostó su cabeza en el espaldar de la banca. Estaba muy agotada, pero no se iría sin su amigo. Mientras tenía sus ojos cerrados y oía la música, pudo percibir que alguien se sentaba a su lado. Hizo caso omiso y permaneció en su aislamiento momentáneo. Percibió un aroma delicioso que le indicó que era un hombre. Abrió sus ojos y no pudo creer lo que veía… era él. Un chico de ojos azules y hermosa sonrisa, la miraba fijamente. Verlo tan cerca de ella hizo que se le acelerara el corazón. Con un movimiento raudo se quitó los audífonos de sus oídos. —Ho-hola —Sam tartamudeó. ¿Cómo describir lo que sintió Dominik en ese momento? Era indescriptible. Una mezcla de ansiedad, con nerviosismo y excitación. Ansiedad de saber más sobre esa chica, nerviosismo por miedo a que alguien lo reconociera y que en cuestión de segundos el aeropuerto estuviese plagado de fotógrafos de la prensa, y por último, la excitación del momento. —Hola —respondió él con una amplia sonrisa—. ¿Qué escuchas? —Preguntó con notoria curiosidad, haciendo un gesto para tomar un auricular. —Amm. Algo de música clásica. —¿A quién esperas? —Lanzó otra pregunta, y se asemejó a un niño pequeño, de esos que hacen preguntas acerca de todo. —A un amigo —Sam farfulló mientras miraba hacia la cafetería, tratando de evitar cualquier contacto visual con Dominik. Esos ojos azules la intimidaban. En ese momento, Samanta se percató de que era la primera vez que lograba verlo bien. Pudo detallar sus facciones. Una vez más sintió esa sensación de familiaridad, sabía que había visto ese rostro en algún lado, pero no lograba recordar dónde. —¿Te gustaría caminar un rato? —Preguntó Dom y Sam se giró hacia él, asombrada por la propuesta—. Mientras llega tu amigo —Samanta frunció el ceño— ¿O prefieres esperarlo aquí sentada? —Inquirió él. Sam asintió con su cabeza y se levantó de la banca, aceptando la invitación. Le hizo un gesto a Dominik para que se levantara también. —¿Vamos? —Lo apremió ella. Dominik se quedó inmóvil, era como si su cuerpo y mente se hubiesen desconectado. Tuvo que esforzarse mucho para levantarse del asiento. No entendía sus emociones. A lo largo de su vida sintió cariño y atracción física por muchas chicas, pero nunca supo, ni tuvo la habilidad, para acercarse a una de ellas y eso le generó, muchas veces, sentimientos de exclusión, pena y desolación. La única chica con la cual tuvo una relación afectiva fue Dihanna, y fue porque ella dio el primer paso. Sin embargo, con Samanta sentía la necesidad de buscarla, verla, oírla... de gritarle todo lo que sentía. Era como si ella fuese la cura para su "desapego emocional". —¿Cuánto tiempo llevas trabajando en Starbucks? —fue lo primero que se le vino a la mente a Dominik. —Este lunes que viene cumpliré siete meses —respondió ella. Dominik caminaba manteniendo la cabeza gacha, no quería correr con el riesgo de que alguien lo reconociera. —¿Y qué haces, además de trabajar en la cafetería? —Él tuvo que girarse un poco para evitar la mirada de una turista que lo miraba. «¡Mierda! Por favor, que no me reconozcan», rogó en su interior. —¿De quién te escondes? —Samanta soltó la pregunta al notar el extraño comportamiento del hombre. Él caminaba tratando de evitar ángulos en los que las cámaras de vigilancia del aeropuerto pudieran captarlos, además que caminaba cabizbajo, y con las manos en los bolsillos de su suéter. —No me escondo de nadie. Es solo que no me gusta llamar la atención —Dominik levantó su mirada y volvió a ponerse sus lentes oscuros. —¿Llamar la atención? ¿De quien? —indagó ella. —De la gente —soltó él sin más. —Eres famoso, ¿verdad? —comentó ella—. Esa es la razón por la que toda esa gente te fotografiaba aquel día. Dominik asintió con la cabeza.
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