Capítulo 24

1558 Palabras
«¿Qué estoy haciendo?», se preguntó Dominik por quinta vez. Sabía que era un completo disparate, y aun así estaba encantado de estar allí. Luego de que Rodríguez lograra recuperar el número de Samanta, Dom comenzó a trazar un plan. Esa tarde por fin tendrían un rato para descansar y distraerse un poco de tantos compromisos deportivos y publicitarios, por lo tanto se hizo con la identificación de Friedrich, mientras este estaba en su habitación, llevándole algunos documentos que Adidas le envió, con el fin de renovar el contrato que tenían. Usó dicha identificación para rentar un vehículo, luego de salir sin ser visto del hotel, pues sabía que si usaba la suya, sería cuestión de minutos para que la prensa lo rastreara y le siguiera los pasos. Idear tal plan le llevó un buen rato, pues no era normal que fuese deshonesto, y sin duda eso que estaba haciendo sobrepasó el límite de lo que era capaz de hacer por alguien. Había visto en películas como la gente hacia ese tipo de cosas, pero nunca imaginó lo incomodo que sería hacerlo él mismo. En la parte externa del aeropuerto yacía un Dominik impaciente y muy nervioso, que por una extraña razón no lograba saber porque esa chica lo hacía sentir tan bien, tan libre… tan él. No era una pasión carnal. No. Era algo que iba más allá de la piel. «Podría pasar horas y horas charlando con ella y nunca me aburriría», pensó él. En la distancia pudo divisar a Samanta. Vestía un jean desgastado y ajustado. Dom tuvo que reconocer que se le veía muy sensual, una blusa amarilla con un pequeño escote, zapatos de tacón bajo de color n***o y el cabello castaño medio recogido en una coleta alta. Lo que más le gustó fue la naturalidad de la mujer, pues sólo llevaba brillo labial y una delgada linea negra que delineaba el contorno de sus parpados, haciendo resaltar sus bellos ojos. Sin poder evitarlo, quiso tocar esa piel bronceada. Sonrió en cuanto la tuvo cerca y notó lo pequeña que era ella. Le llegaba al pecho. —Hola —saludó Samanta con una pequeña sonrisa en el rostro. —Hola. ¿Cómo estás? —El corazón de Dominik se aceleró. —¡Genial! —Contestó ella, sonriendo con más amplitud. —¿Nos vamos? —Dominik dejó en evidencia su nerviosismo. Ella asintió y sonrió de nuevo. También estaba muerta de nervios. Ambos rodearon el vehículo, Dom abrió la puerta del coche y esperó a que Sam abordara, cerró con sutileza, caminó de nuevo rodeando el auto por la parte delantera, abrió la puerta y subió al carro también. El automóvil era muy hermoso, y Samanta lo reconoció en el acto. Era un Ford Mustang Shelby Gt-500 de color plateado. Ella no pudo evitar sacar a relucir su lado freaky, pues era gran fanática de los autos, le gustaba todo lo relacionado a ellos, carreras de coches, la fórmula 1… Eso era lo único que disfrutaba junto a su mejor amigo. Estar a bordo de una “bestia” como esa, era alucinante. Dominik cerró la puerta, introdujo la llave y puso el auto en marcha. Sam soltó un silbido… —Motor DOHC V8 de 5.8, 32 válvulas, 662 caballos de fuerza —extendió su mano y tocó el tablero—. Ronronea como un gatito —ella estaba fascinada. Él se mostró sorprendido. —¡Wow! Sí que sabes de coches, pero… a que no sabes cuantas velocidades tiene —Dominik trató de retarla. —¡Seis! —Contestó ella con total naturalidad. —Posee 4 configuraciones especializadas dependiendo el tipo de terreno en el que se maneja, tracción manual, amortiguadores eléctricos Bilstein ajustables… desde aquí —Samanta señaló un botón en el tablero y los ojos de Dom se abrieron con asombro—. Además, cuenta con suspensión afinada para SVT con resortes —concluyó la mujer mirándolo con un gesto desafiante. —¡Wow! Si que sabes de coches —Dominik estaba alucinando. —Lo que sé, se lo debo a mi padre —la mención de dicha palabra hizo que Dominik se removiera con incomodidad sobre el asiento, al recordar al suyo—. Desde pequeña me he sentido fascinada por los coches. Mi padre tiene un taller automotriz, así que te podrás imaginar que pasé gran parte de mi infancia entre neumáticos, aceite y tuercas. Digamos que es una de mis pasiones ocultas —Sam hizo una pausa y pasó su mano una vez más sobre el tablero—. ¡Ya puedo morir en paz! —Agregó. Dominik frunció el entrecejo. Durante largo rato permanecieron en total silencio, era como si se les hubieran agotado las palabras. Sam miraba todo a su alrededor. Abría la guantera, tocaba los asientos, miraba con detenimiento cada uno de los botones, pinchaba uno que otro, echaba su asiento para delante y para atrás… Dominik sólo se limitó a observarla de reojo mientras reía. Parecía una niña pequeña, y verla así lo llenó de ternura, un sentimiento con el cual no estaba familiarizado. —¿Tienes mucho tiempo viviendo en Los Ángeles?— Dominik rompió el silencio. —Llegué a este hermoso país cuando tenía trece años de edad —respondió ella sin siquiera mirarlo, pues seguía toqueteando las partes del coche—. Nací el 27 de marzo del año 1998, en Michoacán, México. Soy hija de Eva Teresa Núñez de Andrade y Víctor Gabriel Andrade Villa… —¿Víctor? ¡Caramba! Esto sí que es una extraña casualidad —la interrumpió Dominik. —¿Por qué lo dices? —Sam lo miró con el ceño fruncido. —Mi padre se llamaba Viktor —respondió él—, pero con ‘k’ —Veo que tu familia tiene una fascinación con la letra ‘k’ —bromeó ella—. ¿Dices que tu padre se llamaba? —La pregunta salió de la boca de Samanta, sin poder evitarlo. —Murió hace 18 meses —dijo Dominik sin más. —Lo siento mucho… yo… —ella balbuceó—, no he tenido ningún tacto. ¡Que tonta soy! —Farfulló. —No te preocupes. No tienes por qué lamentarlo. La vida tuvo misericordia con él. Lo normal es que la gente que padece esa enfermedad que lo mató, agonicen por décadas enteras. A mi padre nunca le gustó ir al médico y creo que eso fue lo que lo mantuvo vivo tanto tiempo. Tuvo la enfermedad, pero nunca tuvo los síntomas. Bastó saber que la tenía, para que ésta lo consumiera. Samanta no pudo evitar percibir que aunque Dominik hablaba de la muerte de su padre, parecía que hablaba de alguien a quien ni siquiera conocía. El auto se detuvo. —Tu padre debió ser un gran hombre —balbuceó ella. —No sólo era un padre, era mi amigo, mi cómplice… mi ángel. Él fue quien me apoyó desde el principio, con toda esta locura del fútbol. Mi madre, por la misma condición que los médicos me diagnosticaron, prefería que yo hiciera actividades más… artísticas. —¿Condición? —Sam lo miró con más detenimiento. —A los seis años de edad fui diagnosticado con S. A. o lo que se conoce comúnmente como Asperger. —¿De verdad? —Ella abrió los ojos con asombro—. Ya veo. Ahora muchas cosas tienen sentido para mí. —Hemos llegado —él cambio radicalmente de tema. No le agradaba mucho hablar de su condición, pues la mayoría de las veces, la gente aprovechaba para tildarlo de “bicho raro”. Samanta miró alrededor y le tomó un par de segundos ubicarse. La vista del mar era asombrosa, había personas caminando de un lado para el otro, disfrutando del sol. Estaban en Dockweiler Beach. Sin perder tiempo, Dominik se deshizo de sus zapatos y medias, quedando descalzo. —Listo. Tu turno —Dominik animó a Samanta a hacer lo mismo. Ella también se quitó los zapatos y dobló su pantalón un poco, para que no se llenara de arena. —¿Estás seguro de esto? —preguntó Sam antes de salir del coche—. Alguien podría reconocerte. Él se giró, tomó una gorra que estaba en el asiento de atrás y se la puso, seguido de un par de lentes oscuros. —Creo que esto será suficiente —dijo Dominik. Samanta lo miró con el ceño fruncido, y comenzó a mirar en todas direcciones, como si buscara algo, o a alguien. »¿Qué sucede?—inquirió él. —Busco al chico que vino conmigo. Rubio, de casi dos metros. Hace un segundo estaba aquí… Dominik se quitó los lentes y la miró confundido. Era pésimo para entender esa clase de bromas. —Estoy aquí —dijo él. —Lo sé. Fue un chiste —dijo ella y se mordió el labio, con vergüenza, al recordar lo que Dominik acababa de decirle, pues las personas con Asperger siempre toman las cosas de una forma literal. No es buena idea usar chistes de doble sentido con ellos. Sin decir nada más, bajaron del coche y se encaminaron hacia los bellos senderos de la playa. Caminaron por largo rato, charlando de todo un poco, mientras la deliciosa sensación de la arena en sus pies los hacía sentir relajados.
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