Capítulo 4

861 Palabras
Cuarenta minutos después, tenemos a una madre peinada, que se ve más joven de lo que es y con un maquillaje liviano, fresco y sofisticado. —Lauren, creo que acabo de cambiar a toda esa bola de sanguijuelas… tres personas, por una suma exorbitante y que siempre me dejan mal parada. Pero tú… el triple, y no se diga más. Se pone de pie, me abraza y me pide unas cuantas tarjetas para compartir con sus amigas. Vuelvo a guardar mis cosas, me despido de la novia y le deseo lo mejor del mundo. Porque el hecho de que yo no lo pueda tener, no quiere decir que las demás no lo puedan tener. Soy una especie de madrina casual que las ayuda a hacer sus sueños realidad. Cuando salgo de la casa, pido un taxi. Miro el cielo, suspiro cansada pero con una sonrisa, la que se mantiene cuando mi teléfono suena y veo que es mi amiga. —¡Amy! ¿Cómo vas con tu ogro odioso? —la oigo suspirar y sé que no va bien. —Bien… creo. Pero no te llamo por eso… —¿Qué pasa, pequeña? —llega el taxi y me subo, le digo a donde voy, para volver a prestar atención a mi amiga. —Es que… tengo miedo, Lauren. Abraham está haciendo muchas cosas lindas por mí, pero ya sabes que nadie hace cosas lindas por los demás, sin querer algo a cambio. —¡¿Ese viejo verde te hizo algo?! ¡¿Te dijo algo?! —soy demasiado protectora con ella, es mi hermana menor que la vida me dio y no quiero que nadie le haga lo que me hicieron a mí. —¡No!, él es un caballero, pero no dejo de sentirme nerviosa. —Lo caballero se lo voy a juzgar yo… —la verdad es que, en el preciso instante que Amy me habló de ese hombre, me llamó la atención. Vamos, en esta ciudad… ¡en este país! No hay hombres buenos, que ayuden a una chica como Amy. Mi pequeña amiga es hermosa, pero está escondida en un mal disfraz. Pues, al parecer, ese Abe sí llegó al centro de mi amiga. Y si un hombre consiguió ver lo que ella tiene dentro, es porque ese fenómeno bien puede valer la pena. —Algún día los presentaré… de hecho, quiere conocerte, para que le enseñes a divertirse. Dice que a él ya se le olvidó. —Vaya, creo que eso sería muy malo para mí, tú sabes que no salgo con jóvenes, menos con ancianos. Ese debe estar a punto de usar pañales. —Sí, eso es cierto —pero noto la diversión en su voz—. Yo creo que en unos dos o tres años va a terminar con pañales, postrado en cama y con oxígeno. —No sé por qué siento que me estás mintiendo, Amy Summers —digo entrecerrando los ojos y ella se ríe. —Solo te doy la razón. Creo que tendré que decirle lo mismo que acabas de responder, que no sales con viejitos de bastón y pañales. —Sí, y que no me interesa conocerlo para nada. ¡Mentira! Se me hace de mi más atractivo conocer a ese hombre, pero es mejor que Amy no lo sepa, o terminará haciendo de celestina. Le pregunto por su día, la regaño cuando me dice que el ogro de su jefe la sigue atormentando de vez en cuando, pero lo gracioso es que ella lo aguanta solo porque está super enamorada. Enamorada… sin duda que el amor anula la inteligencia. Especialmente en las mujeres. Me despido de ella cuando la oigo bostezar. Esa chica no para de hacer cosas, la admiro por completo, al menos ha sobrevivido mejor que yo y me aseguro cada día de que siga así. Aunque no niego que me encantaría que el idiota de su jefe la quisiera como ella a él. No me cabe duda que el hombre que llegue a amar a Amy se llevará un tesoro de mujer, dulce y llena de cualidades que no son comunes en las mujeres… ni siquiera yo las tengo, por algo sigo sola. Llegamos frente al edificio donde vivo, le pago al taxista y salgo al fresco de la noche. Creo que hoy se me antojan unos macarrones con queso, en el balcón, con mi pijama de sirenas. Saludo al conserje, me entrega correspondencia que meto en un bolsillo de mi maleta y me voy al ascensor. Mientras subo, comienzo a planear el día de mañana, que será un caos. Entro, tiro las llaves a un lado y luego corro a mi habitación. Me lanzo a la cama, como siempre, ruedo por ella y me voy al baño, por una ducha relajante. Dejo que el agua se lleve mis penas, mi angustias e inseguridades. Como cada día toco mi vientre, lo acaricio y lloro por mi hijo, miro al cielo y lanzo un beso, porque sé que, aunque aquí no llegó a nacer, su alma está con el creador y me espera para estar conmigo y darme la felicidad que aquí me robaron.
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