Al llegar al cafetín, nos sentamos todos y Paúl pidió café. Antes de que él se sentara de nuevo, Gustavo explotó y comenzó a llorar sin consuelo alguno. Le pedí a los muchachos que le dejaran tranquilo. Él necesitaba drenar el dolor. Me llegué a poner en sus zapatos. Yo habría reaccionado igual si fuera Stefanía la que estuviese en esas condiciones. —Mi amor, por el amor a Dios, no... No mi amor, tú no —gritó. Unas lágrimas cayeron por sus mejillas —¡No! ¡No puedes dejarme, Mandy! —exclamó cayendo de rodillas al suelo. Me partía el alma verle así. Era mi amigo, y aunque no estuviese con Mandy, supe que de verdad le quería—. ¡¡¡No, por favor tú no, tú no mi amor!!! ¡¡¡Tú no!!! —gritó con desesperación y furia, haciendo que todos los presentas le vieran. Me levanté y marqué el número de St

