CAPITULO 3: No quiero ser un problema para ti

3650 Palabras
CAPITULO 3: No quiero ser un problema para ti Ninguno se atrevió a decir nada, ambos se decían todo lo que callaban con sus caricias y silencios. Muy rara vez, las personas necesitan hablar para gritarse todo lo que sus emociones le dicten. - De haber sabido que estabas en el hospital hubiera regresado rápidamente- dijo Sebastián en un hilo de voz. - Si decidiste marcharte sin previo aviso – respiro Isabela – era porque así lo necesitabas. Volvieron a quedar en silencio. Cada uno ensimismado en su propia cabeza. Sebastián se auto-preguntaba, si realmente se hubiera regresado al saberla en el hospital. Aunque le era difícil reconocerlo, su madre era más relevante y lo que ella pensaba de él. Isabela por el contrario pensaba que debió decirle donde se encontraba y cual era su estado. Eso les daría la respuesta que ella tanto se preguntaba ¿habría venido sólo por mí? El doctor ingresó en aquella callada habitación. - Isabela – dijo el doctor y pausó – Aaah ya llegó el padre. - No – él no es el padre de mi bebé – dijo Isabela sin poder detener su lengua. - Lo siento creí que era tú pareja – dijo el medico en tono de disculpa. Sebastián había sentido un enorme golpe en el pecho al escuchar que Isabela decía aquello, entendiendo porque decía todo aquello. El medico prosiguió - Isabela ya te puedes ir – dijo riendo – todo este bajo control, debes guardas reposo, solo faltan dos meses y medios para que conozcas a tu hijo. Por favor, trata de estar tranquila, tanto físicamente como mental y emocional, es muy importante. - Así será – dijo Isabela extendiendo la mano y tomando el papel que el medico le daba. Sebastián no había dicho nada, sólo escuchaba atento a las recomendaciones que el medico le daba a su amada. - Cuídate Isabela – dijo el anciano saliendo de la habitación. - Gracias por su paciencia conmigo. Al quedar solos, Sebastián le coloco la maleta en la cama, para que ella buscara algo con que vestirse. - ¿por qué has dicho que no soy el padre? – pregunto Sebastián sentándose en la cama. - Es la verdad – dijo Isabela entrando al baño y dejando a Sebastián descolocado. Isabela entro al baño, se sentó en la taza y recordó la cara de Sebastián al decirle que le dejara ser el padre de ese niño, su pareja, su ayuda incondicional. Ella quiso llorar, sin embargo, se hizo la fuerte y se dedico a vestirse, extrañaba inmensamente su cama. Al salir del baño, encontró a su hermana sentada en la cama. - ¿Cómo te sientes? – preguntó la hermana. - Bien – dijo Isabela y agregó – ya puedo irme. - Ok, vamos – dijo la hermana – pero antes dime ¿qué pasa con él y tú? Dijo señalando hacia la puerta, isabela le hiso seña para que le indicara donde estaba y la hermana dijo – esta contestando una llamada. Isabel se sentó junto con su hermana en la cama y dijo: - Yo ya viví por un hombre que hacía mis días una porquería, ya llamé a un hombre mil veces para saber de él, aun siendo mi esposo, ya viví la angustia de saber si estas actuando correctamente o no y no estoy dispuesta a volverlo hacer. Lo llamé mil veces, es de lógico que si tu pareja te está marcando con insistencia en porque pasa algo. Además, si se supone que soy su pareja, debió por lo menos consultarme que se iría. Realmente ya no quiero vivir así, ni darle a mi hijo un padre que no estará. No sé por qué se fue, pero debió pensar en mi estado. Fue el quien me propuso ser el padre no fui yo quien se lo pidió. La hermana de Isabela, no daba crédito a todo lo que estaba escuchando, también le sorprendida el hecho que su hermana había dicho todo esto sin haber derramado una lagrima. - Perdón- sonó una voz a espalda de ambas mujeres. Ambas se miraban sin saber que decir o actuar. - Bueno es hora de irnos – dijo la hermana de Isabela, intentando darle poca importancia a lo que aquel hombre hubiera escuchado. - No – dijo Sebastián – por favor déjame hablar con Isabela. - Listo, los espero afuera. – dijo la hermana de Isabela, cogiendo la maleta y la pañalera y salió de aquella habitación. - Sé que no pensé al marcharme – dijo Sebastián a modo de disculpa – pero necesitaba aclarar mi mente. Era la única opción que tenía. - Si yo hubiera estado en tu misma posición – dijo Isabela – si yo tuviera la necesidad de despejar mi mente, tú serias mi única opción, pero entiendo que tú no me ves como yo a ti. - No es eso Isabela – dijo Sebastián – no quiero ser un problema para ti. - Te conviertes en mi problema desde que decidiste pedirme ser tu pareja. - Lo siento – dijo Sebastián – entendiendo que de todas las formas ella tenia razón, él aun no se explicaba porque decidió irse donde su madre, cuando era cierto que Isabela le hubiera podido brindar paz. - ¿por qué los sientes? Le pregunto Isabela. - Por todo – respondió Sebastián. - No, así no funciona Sebastián. Uno no se disculpa por todo, uno se disculpa por lo concreto que hace. Isabela se encamino a salir de la habitación y Sebastián la tome del brazo impidiéndole la salida. - Yo te llevo – dijo Sebastián como pidiendo permiso. - No, piensa porque te disculpas y cuando lo tengas claro, vuelve a casa. - Déjame llevarte por favor – pidió Sebastián con lagrimas en sus ojos. Ambos salieron de la habitación, como su hermana lo suponía sabía que cada uno se iría por su lado. Sin embargo, él le pidió las maletas y se encamino hasta el parqueadero. - Por favor, espérenme en la entrada – se lo decía mas a la hermana de Isabela que a ella. - ¿está todo bien Isabela? – pregunto la hermana, notando algo enojada a Isabela. Su hermana solo asintió con la cabeza. Sebastián llegó, ambas se subieron a la parte trasera, la hermana de Isabela comprendía muy bien todo, sabía que Sebastián no tendría las cosas tan fáciles con ella. los tres iban en silencio. Cuando Isabela se vio cerca de su casa dijo: - Gracias hermana, por estar este fin de semana conmigo. Estoy muy agradecida. Sebastián miraba de vez en vez a Isabela por el espejo del carro. - Tranquila hermanita – dijo esta besando y abrazando a su hermana – recuerda que tu hiciste esto por mi con cada uno de mis embarazos. - Cierto, como olvidar que nuestra genética es así, lo había olvidado. Al llegar a casa, ambas subieron, mientras Sebastián se quedaba para llevar las maletas. Las hermanas ingresaron a la casa e inmediatamente Isabela pidió irse acostar. La hermana la llevó hasta la cama, asegurándose que estaba cómoda y diciéndole que le prepararía algo. - No te preocupes – dijo Isabela – yo pediré algo de comer, ya coloqué una alarma, ve con tu familia, muchas gracias. - Llámame si necesitas algo Isa. – dijo la mujer y salió de la habitación. Al salir, se encontró con un Sebastián en la cocina tomando agua. - Hola – dijo la mujer para llamar su atención – sé que quizás mi hermana te ha pedido que te vayas, pero no la dejes sola, te lo agradecerá. Esta acostada y dormida, ella colocó una alarma para levarse a comer, pide algo. - Gracias – dijo Sebastián sonriéndole a la mujer, pensando que conocía muy bien a su hermana – así como me dices hare. - ¿a que hora a colocado la alarma? – preguntó Sebastián. - 6:30 de la tarde – dijo la mujer recogiendo su bolso. - Okey- dijo el hombre y añadió – gracias. La hermana de Isabela salió de aquella casa algo tranquila porque no dejaba a su hermana sola. Sebastián, ingresaba a la habitación para vigilar a Isabela. Él era consiente que en ocasiones ella tenía pesadilla cuando se encontraba convaleciente. Estaba decidido a estar para ella. Llamó a una cadena de comidas rápidas y pidió pollo frito con papas a la francesa. Él mientras tanto preparó un jugo de guayaba agria, el favorito de ella. Sebastián escuchó gritar a Isabela y de inmediato salió a ver que sucedía, esta, estaba dormida, pero gritaba, Sebastián rápidamente llegó a ella y la despertaba. . Isa, isa, despierta, es un sueño despierta – decía este mientras le daba pequeños golpecitos en las mejillas. Isabela despertó, notando la cara de preocupación de Sebastián. Al verle, se agarro fuertemente de su cuello, agradeciendo internamente que estuviera allí. - Pensé que te habías ido – dijo Isabela mas calmada. - Era tu idea – dijo Sebastián sonriendo – pero no la mía. - Gracias- dijo ella aun agarrada de un fuerte abrazo. Él solo sonreía y se dejaba cautivar de aquel abrazo enternecedor que ella le brindaba. Al poco tiempo de estar ahí juntos, sonó la alarma del teléfono que anunciaba las 6:30 de la tarde. - ¿tienes hambre? Preguntó Sebastián. - No – dijo Isabela – deseo bañarme. - ¿te busco el pijama? Preguntó Sebastián recordando donde la guardaba. Isabela quedo en silencio, pensando que responder y dijo: - Báñate conmigo. Sebastián quedo en silencio sin creer lo que escuchaba. - ¿Qué dijiste? – preguntó para asegurarse que había escuchado bien. - Báñate conmigo, por favor- dijo nuevamente Isabela. - ¿estas seguras? – dijo Sebastián. Isabela solo asentía con la cabeza. Algo apenada, porque sentía que le estaba proponiendo algo indecente. Sebastián, levanto con cuidado a Isabela de la cama y empezó a quitarle la blusa que esta traía puesta, dejando al descubierto una prominente barriga y unos medianos senos aun atrapados por un sostén. Luego le sacó las piernas una a una, al subir, recorrió toda su pierna derecha muy suavemente y depositó un beso en aquella prominente barriga. Isabela lo ayudó a él quitándole el suéter, observando por primera vez aquellos brazos y pechos marcados por el ejercicio, detuvo sus ojos en unos abdominales; no muy marcados pero que se alcanzaban a ver. Acaricio su pectorales y bazos y daba pequeños y suaves besos. Isabela bajo sus manos a la pretina del pantalón de Sebastián y desabrochó torpemente, ambos sonrieron por aquello. Los dos estaban en ropa interior, acariciándose, mostrándose amor en aquellos suaves, silenciosos y cálidos besos. Sebastián dirigió a Isabela hasta la regadera, afuera de la regadera, se deshizo de la ropa interior de ella, besando aquellos pechos redondos que veía por primera vez. Luego se deshizo de su ropa interior, dejando al descubierto su m*****o erguido. Isabela se acercó a Sebastián y agarro suavemente su m*****o, acariciándolo. Sebastián, cerro los ojos por aquel tacto que tanto deseaba. Ambos ingresaron a la ducha y comenzaron a besarse bajo el agua, diciéndose con esos besos mas que cualquier grito o palabra. Ambos se miraban y sonreían, besándose con intensidad y deseo. Isabela cerro la ducha y dirigió a Sebastián hasta la taza, lo sentó ahí y ella abriéndose de piernas se clavó en aquel m*****o, que la recibía con calidez y dureza. Cuando ella se sintió en él y él se sintió dentro de ella, se besaban con pasión, con calma, disfrutando de todo aquello que sentían. Ella comenzó a cabalgar en él, lento iba de arriba abajo. Él disfrutaba de todos sus movimientos, deseando mas de ella. ella comenzó a subir la intensidad de sus movimientos, mientras él subía la intensidad de sus gemidos. Ambos se corrieron, él hundió su cara en el cuello de ella, tratando de recuperar el aliento. Ambos se quedaron en silencio, mirándose profundamente y sonriendo, a él le brillaban los ojos y ella parecía tener fuego en su mirada. Él la recostó en su pecho, mientras daba pequeños besos en su cuello, así se bañaron entre besos, caricias, abrazos e iniciaron un par de veces en amor. Al salir de la ducha; ambos estaban famélicos, la comida llegó un poco tarde, aun así, no fue excusa para que aquellas dos almas saciadas de deseos, saciaron esta vez su hambre física. En la cama, se encontraban abrazados el uno al otro, sentían esa paz de la cual pocos han gozado. Encontrarse con su pareja en un estado de relajación, abrazados uno al lado del otro. Isabela estaba inmersas en sus pensamientos, los cuales solo la llevaban a pensar en aquel hombre que la rodeaba con tanto amor en sus brazos. - ¿por qué haz dicho que ese niño…- dijo Sebastián – es solo tuyo? - y añadió- no soy lo suficientemente hombre para ser un padre? Isabela escuchaba todo aquello, pensando en su respuesta; en el fondo ella sabía que había actuado de mala forma al decir aquel arrebato de cosas. Ella era consiente que el ser humano, actúa según las emociones que esta sintiendo en ese preciso momento. - ¡¿Isa’?! – dijo en tono suave Sebastián, haciendo nuevamente la pregunta con aquel nombre. - Sebastián – inicio diciendo Isabela- soy consiente de todo lo que dije, no lo hice porque pienso que no seas un hombre suficiente para mí y para mi hijo, sin embargo, considero que cuando estas conmigo tengo la plena convicción que eres mío, pero cuando no estas o incluso cuando simplemente contestas una llamada, siendo que has dejado ser mío. Quizás no se lo que tu me quieres dar a entender, aun así, es lo que siento. - No entiendo…- dijo Sebastiana lo pensativo – ¿por qué piensas todo eso, acaso no te he demostrado el amor que te tengo? -prosiguió - ¿Qué tengo que hacer Isabela para que estes tranquila, sientas la estabilidad que quiero brindarles? Escuche cada una de las palabras que le dijiste a tu hermana. Yo no soy Eduardo, yo no te hare daño como quizás él lo hiso y no pudo remediarlo. - Sé que no eres él… -dijo Isabela- sin embargo… - ¡no Isabela ¡- le interrumpió Sebastián- de tu boca no debería salir ningún, pero… para cada cosa tienes uno, tienes que aprender a confiar, tienes que aprender a creer que las personas siempre te dejaran algo bueno, todo el mundo puede cambiar por los motivos y personas correctas. Yo sólo no puedo necesito de tú ayuda. - ¿por qué te fuiste? - pregunto Isabela. Sebastián no se esperaba aquella pregunta, tampoco se había tomado el tiempo de preguntarse qué le diría a ella. - De eso no estamos hablando ahora – dijo Sebastián soltando a Isabela del abrazo. - Pues yo he empezado hablar de eso – dijo Isabela sentándose en la cama. - De eso no quiero hablar – dijo Sebastián sentándose también en la cama – te he hecho una pregunta y no la has contestado. La habitación quedo en silencio, cada uno estaba sentado de un lado de la cama, cada quien pensaba en las respuestas de los interrogantes que le habían hecho. - Desde que supe de mi embarazo, mi matrimonio empezó a importarme poco, al poco tiempo mi esposo murió y ese día supe que solo sería yo y este niño que llevo en el vientre, no me di tiempo de imaginarme con otro padre para él, siempre me vi siendo ese niño y yo. Al tú llegar me permití pensar en otro panorama, pensé que las segundas oportunidades si existen. Ahora, ese día que me vi envuelta en aquella sala de hospital, pensé mucho en mi bebe, incluso en ti, fuiste a la primera persona que llamé, te llamé muchas veces. Siento lo que diré, pero… volví a recordar todo lo que viví con Eduardo… las miles de llamadas que el sólo ignoraba al ver mi nombre o incluso apagarme el teléfono para no molestarle. Sé que aun ando jodida, sé que debería olvidar, perdonar y seguir… necesito protegerme, resguardarme. Necesito brindarle estabilidad emocional a mi pequeño. Isabela cruzó torpemente la cama, para ir al lado de Eduardo, sin embargo, antes que ella pudiera llegar al otro extremo, Eduardo se paró con mucha rapidez y miraba por la ventana pensando en todo lo que había acabado de escuchar. Isabela se quedo paralizada en la cama, mirando cada uno de los movimientos que Eduardo realizaba, lo vio moverse a la ventada pensativo, limpiarse los ojos; lo vio buscar a tientas su ropa y vestirse. Eduardo tomó su maletín encaminándose a la salida de la habitación. - ¿A dónde vas? – pregunto Isabela algo angustiada- era claro que Sebastián iba para algún lado, ella no quería quedarse sólo aquella noche. En parte porque se había acostumbrado a dormir con aquel hombre y, por otro lado, porque recordaba la última pesadilla que había tenido, la cual iniciaba con la desaparición de Sebastián de su vida. - Me has dicho – inicio Sebastián – esta tarde en el hospital que pensara bien las cosas y cuando estuviera listo volviera – dijo mirando por la ventana. - Eso lo dije… iba a decir Isabela. - Por rabia – terminó de decir Sebastián y añadió – pues eso hare – y salió de la habitación. - Sebastián – llamo Isabela colocándose de pie de forma muy rápida, pero por su estado, se sintió mareada y volvió a sentarse, cuando logró recuperarse, escuchó que la puerta se cerraba, intentó caminar lo más rápido posible pero su panza se lo impedía. Llamó al ascensor, sintiendo que demoraba una eternidad. Al llegar subió a él y muy desesperada miraba como iba marcando cada piso que bajaba, hasta que marco el piso del estacionamiento, cuando la puerta del ascensor se abrió, vio como el carro de Eduardo pasaba muy rápido por su lado, esta se encaminó muy rápido detrás del auto, diciéndole con la mano que la esperara, este se detuvo por un instante, Isabela trataba de caminar casi correr para llegar a él lo mas rápido, sin embargo cuando la puerta del estacionamiento terminó de abrirse, Sebastián desapareció, dejando a una Isabela muda, desconsolada, triste y con lagrimas en los ojos que empezaban a salir. Isabela quedó viendo la puerta por un buen tiempo, hasta que una bocina sonó y de un brinco la hiso volver a su realidad. Isabela no podía creer todo lo que le había ocurrido durante todo el día, había vuelto a ver a Sebastián, salió del hospital, hizo el amor por primera vez con él, pero ahora se encontraba sola, triste y con millones de pensamiento que no sabia como canalizar. Como si estuviera en una nube, subió a su habitación. No escuchó que uno de sus vecinos le preguntaba si se encontraba bien, tampoco se dio cuenta de la mujer que la saludaba, como tampoco se fijó que había salido sin nada en los pies y algo le había cortado el talón. Al mirarse los pies, se fijo en la sangre que rodeaba su pie, se asustó al pensar que provenía de su vientre, así que reaccionó rápido y se revisó, se sintió aliviada y respiró. Por primera vez, desde que había salido casi corriendo y sin nada en los pies, sintió un ardor, fue hasta el bañó e intentó limpiarse aquella sangre, sin embargo, pudo constatar que la herida era profunda y grande, inmediatamente, llamó un taxi para que la llevara al hospital y le hicieran una sutura. En el camino, se dio permiso de pensar en todo lo sucedido. Recordaba con mucha nostalgia, el semblante tan extraño que había evidenciado en el rostro de Sebastián al decirle todas aquellas cosas. Creyó que todo hubiera sido más sencillo no decirle nada, callar y tragar como hacia con Eduardo… - Señora – le dijo el chofer mirándola por el retrovisor – hemos llegado. - Gracias – dijo bajándose del taxi y extendiendo un billete. Iba cojeando un pie, pues la herida estaba en el costado de un talón derecho y había empezado a sangrar. Una señorita iba saliendo y al verla en embarazo y cojeando, creyó que estaba en labor de parto. - Señora – dijo la señorita- ¿está usted bien? - Si, si – dijo Isabela dándole una sonrisa tranquilizadora a la enfermera – solo me he cortado un poco el talón y ya empieza a doler. - Vale – dijo la muchacha haciendo un gesto con la mano a un hombre que se encontraba en una de las puertas. Rápidamente el hombre se acercó en con una silla de ruedas, Isabela fue sentada e ingresada a un cubículo, donde le pidieron acomodarse en la camilla. La jovencita ingresó con una bandeja en aluminio, en la cual se veía una jeringa y varias cosas más. - Isabela – dijo una voz algo familiar – parece que te gusta este recinto. Isabela miro en dirección a la voz y se encontró con el anciano que la había atendido en la mañana. Isabela sólo sonrió. - Te voy a revisar, quiero asegurarme que el bebe se encuentra en buen estado. - Doctor – dijo Isabela – se me ha caído un vaso, se ha roto y me he cortado, creo que no me fije muy bien. - Entiendo Isabela – dijo el medico algo incrédulo. - Karla – añadió el médico – te hará una curación y te va a suturar cinco puntos, también te dará medicamento para el dolor. - Gracias – dijo Isabela sin mirar a ninguno de los presentes en aquel lugar. Isabela, pensaba que las heridas del cuerpo son muy sencillas de cubrir o remediar. Pensó que todo sería más fácil si pudiera suturar las heridas del alma como hacia aquella enfermera con su pie.
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