Capítulo 7

1511 Palabras
Magnus dejó escapar un suspiro caliente mientras su imaginación se desbocaba. Qué bien se sentiría si su lengua lamiera su semen en lugar de helado. Alice lamió de nuevo y Magnus no pudo evitar gemir. Alice lo miró, preguntándose por qué había gemido, pero ver el helado untado en sus labios volvió loco a Magnus. Él no quería ver sus labios manchados de helado, quería ver esos labios carnosos manchados con su semen. —Fóllame —maldijo con fuerza mientras su pene se movía. —¿Qué? —preguntó Alice sin escuchar lo que decía. La mirada inocente en su rostro sólo hizo que Magnus se sintiera más caliente. Se levantó de la silla, metió las manos en los bolsillos y se alejó instantáneamente de Alice para evitar que ella viera el resultado de sus inocentes acciones. —Solo come tu helado. Tengo algunas cosas que hacer en mi habitación —respondió y se alejó, dejando a Alice con un pequeño puchero en los labios, preguntándose qué le pasaba. Magnus cerró la puerta de su habitación detrás de él y gimió en voz alta. Había olvidado, quizá, que Alice ya no era una niña, sino una mujer, y que él ya no era un chico, sino un hombre. Tres meses viviendo juntos podrían ser peligrosamente tentadores. —No… —murmuró, intentando racionalizarse. Sabía que Alice nunca cruzaría límites mientras tuviera a Chris. Conocía su carácter: era alguien de principios, alguien que nunca traicionaría la confianza de nadie. En ese momento, su teléfono sonó. Era Liam. Magnus se acercó al escritorio y contestó, sentándose en la silla frente a él. —Hola —dijo con calma. —Hola, Magnus. Ella está contigo, ¿verdad? —preguntó Liam. —Sí, está conmigo. No tienes por qué preocuparte. Está a salvo —respondió Magnus. —Gracias, hombre. —No es nada. Siempre la he cuidado —dijo Magnus, dejando escapar una ligera risa. —Solo… asegúrate de no sobrepasarte. Sé que eres capaz de coquetear, pero no te tomes nada demasiado en serio con Alice. No la lastimes, Magnus. No te involucres más de la cuenta —insistió Liam. Magnus miró el bulto en su pantalón, respirando hondo. —Prométemelo —pidió Liam con firmeza. —Está bien. Lo prometo —dijo Magnus, con seriedad. —Un verdadero hombre nunca… —comenzó Liam. —Nunca rompe su palabra —completó Magnus. —Sé un hombre de verdad, Magnus —añadió Liam. Al día siguiente, Alice llevaba el cabello recogido en un moño mientras contemplaba el armario recién descubierto. No tenía idea de que Magnus lo había llenado hasta los topes hasta que entró esa mañana. Cada rincón estaba repleto de prendas de diseñador, cada una más cara que la anterior. Alice se preguntó cuánto habría gastado Magnus para llenar un espacio así. —Sea la cantidad que sea… dudo que pueda recuperarla en tres años con los trabajos que me ofrecen —murmuró, más para sí misma que para alguien más. La noche anterior había revisado la red; como siempre, las grandes empresas la habían rechazado, y las pocas que aceptaban candidatas eran cafés pequeños a los que había recurrido por desesperación. Pronto se graduaría. Ahora, solo asistiría a la Universidad para presentar algunos exámenes, pero luego de eso tenía que buscar algo que hacer. Suspiró, sacudió la cabeza y finalmente eligió una blusa negra suave y unos jeans ajustados. De regreso a la habitación, decidió llamar a Liam para saber cómo estaba. Él respondió casi al instante: —Justo iba a llamarte —dijo Liam, y Alice sonrió divertida. —Te gané —respondió ella. —Entonces… ¿estás cómoda allí? —preguntó él. —Bastante bien, aunque si hubiera sabido que era Magnus, probablemente no habría traído nada —dijo Alice con un toque de resignación. —Magnus es confiable, te tratará bien. Pero supongo que recuerdas cómo era en la secundaria… sigue siendo un poco playboy, y no quiero que te enamores de él —advirtió Liam. —No necesito que me recuerdes lo mucho que me desagrada —replicó Alice con firmeza—. Es demasiado salvaje, demasiado molesto, y no me gustan los hombres que van por la vida… bueno, siendo un playboy. Lo odio, y tú lo sabes. Nunca me enamoraré de él. —Genial. Ahora déjame escucharte decirlo otra vez —pidió Liam con una sonrisa audible. —Odio a Magnus Beranov —dijo Alice, y pudo imaginar a Liam sonriendo al otro lado de la línea. En ese preciso momento, Magnus entró en la habitación. La llamada de Liam se cortó sin despedidas, y Alice dejó caer el teléfono sobre la cama. —Dije lo que dije —respondió, desviando la mirada hacia él. Se veía impresionante como todos los días. Estaba de pie junto a la puerta, alto y definitivamente orgulloso, sus hombros anchos enfatizaban su figura masculina. Su traje era perfecto y se ajustaba a su cuerpo en los lugares adecuados. Su corbata estaba perfectamente anudada, con el largo justo, y su camisa de vestir era impecable y blanca, acentuando el color gris de sus ojos. Su cabello estaba peinado impecablemente, con la cantidad justa de producto para mantenerlo en su lugar. —Sigue mirándome, Cari —Magnus abrió los brazos con un pequeño encogimiento de hombros. —No te estaba mirando —mintió Alice. —Siempre dices las mentiras más obvias —Magnus negó con la cabeza, caminando hacia ella. —¿Adónde vas? —le preguntó Alice. —A trabajar… No creerás que todo mi dinero apareció por arte de magia, ¿verdad? ¿O no quieres que me vaya? —preguntó Magnus mientras su figura alta y masculina se detenía justo frente a ella. Alice podía respirar su colonia masculina y parecía que la incitaba a cerrar los ojos. —Me puedo quedar si no quieres que me vaya hoy. Nadie reprende ni despide al jefe. —Ve a trabajar. No veo la hora de que te vayas. Tu presencia me ahoga. —Alice apartó la mirada de sus ojos hipnotizantes. Magnus sonrió, con una pequeña curva ascendente en sus labios mientras se alejaba de ella. —Eres la única mujer que conozco que se atrevería a decir que me odia y tal vez sea porque… —Le acercó la mano a la cara y la obligó a mirarlo. —¿Qué estás haciendo? —Alice no podía estar más contenta de no tartamudear. Los dedos de sus pies se curvaron mientras él la miraba fijamente, aparentemente buscando algo que estaba segura que no tenía que darle. —Tal vez sea porque nunca te he follado —le sonrió y observó cómo sus mejillas se enrojecían y sus ojos se agrandaban con sorpresa ante su elección de palabras. Magnus estaba satisfecho, obteniendo la reacción que deseaba de ella. Esto era lo que de repente había deseado ver antes de irse a trabajar. —¿Qué diablos estás diciendo? —Alice quiso gritar esas palabras y no podía explicar cómo su voz había salido tan suave y delgada. —Quizás lo único que necesitas para expulsar todo ese odio de tu corazón es buen sexo. El tonto de tu novio no es capaz de satisfacerte, ¿verdad? —le guiñó un ojo y Alice lo apartó con todas las fuerzas que tenía. —¡¿Qué demonios estás diciendo?! ¿Esto es lo que Liam te pidió que hicieras conmigo? ¿Coquetear conmigo todo el día? —preguntó, indignada. —Solo estaba bromeando. Sí, me encanta coquetear, pero no tienes por qué preocuparte, Cari —dijo él—. No tengo sexo con chicas buenas. Prefiero a mis mujeres salvajes y experimentadas. Alice estuvo a punto de responder, pero se contuvo, limitándose a mirarlo fijamente. —Tus bromas no son nada divertidas. Dejemos eso claro. ¿Cómo me ves? —preguntó, pero Magnus no respondió con palabras; sus ojos simplemente recorrieron su cuerpo—. No soy una de tus mujeres —dijo finalmente. —Lo sé —respondió Magnus, con el ceño ligeramente fruncido. —Se supone que soy como una hermana para ti, ¿no? Y definitivamente no le contarías esos chistes a tu hermana, si tuvieras una, ¿verdad? —insistió ella. —No eres mi hermana, y no deberías serlo —replicó Magnus con firmeza. El rostro de Alice quedó en blanco. —Entonces, ¿qué se supone que soy para ti? La mirada de Magnus se volvió seria, intensa. —Menos que una mujer… pero definitivamente no una hermana. Alice no pudo evitar sentirse herida, aunque no entendía por qué. Él la veía como menos que una mujer, y eso le dolía. —No importa, eres irrazonable —dijo, girando hacia el armario y cerrando la puerta con suavidad, sin saber qué más decir. Se apoyó contra la pared, cerró los ojos con fuerza y se preguntó, por enésima vez, por qué esa sensación de calor volvía a recorrerle el cuerpo cada vez que Magnus estaba cerca. —Contrólate —se dio una palmada en la mejilla.
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