Había acudido, junto con una muy buena e íntima amiga, al concierto de un conocido cantante de moda que se celebraba en una ciudad a unos 300 kilómetros de nuestra ciudad. A mi amiga ya la conoces, es decidida y además atractiva, de mí sabes que soy discreta, modosa y hasta un punto monjil, pero eso es solo de puertas hacia afuera. Salimos del concierto y antes de volver a casa, decidimos tomar algo. Fue cuando se nos acercaron dos intrépidos jovencitos. Guapitos de cara, buena planta, bien vestidos y con un desparpajo propio de personas seguras de si mismas se empeñaron en ser nuestros acompañantes cuando podríamos ser sus hermanas mayores, pero bastante más mayores. Luchy, que es como llamamos a Luciana, que no se corta ni con un cristal, se lo dijo ―Vosotros lo que queréis es echarnos

