Eve La semana se arrastró con una lentitud casi cruel, como si cada hora pesara el doble, como si el tiempo supiera que lo estaba esperando. Desde aquella madrugada en que Aarón llegó a mi apartamento, borracho y roto, no volví a verlo. Apareció en medio de la noche, tambaleándose entre sombras, con el dolor prendido en la mirada y el sabor de una confesión a medio decir en los labios. Pero cuando desperté, él ya no estaba. Se había ido sin dejar rastro, sin un mensaje, sin una nota. Como si lo vivido no hubiese sucedido. Tampoco volvió al bufete. Su ausencia se volvió una presencia constante, una pregunta sin respuesta que flotaba en cada pasillo, en cada rincón de la oficina que él solía llenar con su voz grave y su andar seguro. Y, sin embargo, su madre, Leía, se mostraba más cordi

