Aarón No había podido volver al bufete. Fue mi madre quien me comunicó aquella decisión, con la mayor calidez y comprensión que pudo reunir, pero también con el pragmatismo que siempre había utilizado para manejar las crisis familiares: sin dramatismos, sin margen para la queja o el autoengaño. Lo entendí, por más que doliera. Me había enredado con una pasante, y aunque lo nuestro no fue un simple desliz, el peso del poder, la diferencia de jerarquías y las implicancias éticas eran imposibles de ignorar. Ella estaba formándose. Era su sueño, su futuro, lo que había perseguido con esfuerzo y convicción. ¿Quién era yo para interponerme en eso? No podía ser tan egoísta. No podía arrastrarla a las sombras de mi mundo, a un escándalo profesional que habría manchado su nombre mucho antes de q

